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Chris Mooney

Desaparecidas

Darby McCormick, 1

© Chris Mooney, 2007

Título de la edición originaclass="underline" The Missing

Traducción del inglés: Toni Hill

Para Jen, que me enseñó el cómo,

y para Jackson, que me enseñó el porqué

En el corazón del hombre hay partes que aún no existen, y en ellas penetra el sufrimiento para que cobren vida.

LEON BLOY

Las auténticas tragedias no son conflictos entre el bien y el mal. Son conflictos entre dos fuerzas del bien.

G. W. F. HEGEL

PRIMERA PARTE

El hombre del bosque
(1984)

Capítulo 1

Darby McCormick agarró a Melanie del brazo y tiró de ella hacia la zona más agreste del bosque. Nadie solía ir por allí. La atracción real quedaba al otro lado, cruzando la carretera 86: los caminos de montaña para ciclistas y excursionistas que rodeaban el estanque de Salmón Brook.

– ¿Por qué me llevas por aquí? -preguntó Melanie.

– Ya te lo he dicho -contestó Darby-. Es una sorpresa.

– No te agobies -intervino Stacey Stephens- Te devolveremos al convento en menos que canta un gallo.

Veinte minutos más tarde, Darby soltaba la mochila en el lugar al que ella y Stacey solían acudir a pasar el rato y a fumar: una pendiente de tierra salpicada de colillas y de latas de cerveza vacías.

Como no quería estropear los tejanos Calvin Klein recién estrenados, Darby palpó el suelo antes de sentarse para asegurarse de que no estaba húmedo. Stacey, por supuesto, se limitó a plantar el culo en tierra sin más miramientos. Había en Stacey algo que transmitía una impresión de desaliño: ni el vistoso maquillaje, ni los tejanos gastados, ni las camisetas siempre una talla mayor conseguían enmascarar el aura de tristeza que flotaba a su alrededor como una nube de polvo.

Darby conocía a Melanie desde… bueno, desde siempre, la verdad, ya que ambas se habían criado en la misma calle. Y mientras que Darby podía rememorar todos los acontecimientos e historias compartidos con Melanie, no habría sido capaz de recordar cómo había conocido a Stacey o cómo se habían hecho todas tan amigas ni aunque le hubiera ido la vida en ello. Era como si Stacey hubiera aparecido un buen día, de repente. Estaba con ellas a todas horas: en el instituto, en los partidos de fútbol y en las fiestas. Stacey era lo más. Contaba chistes verdes, se relacionaba con la gente más popular y había llegado casi hasta el final con algún chico. Mel, en cambio, parecía una de las figuritas de Hummel que coleccionaba la madre de Darby: objetos preciosos y frágiles que debían guardarse en lugar seguro.

Darby abrió la cremallera de la mochila y sacó las cervezas.

– ¿Qué haces? -preguntó Mel.

– Te presento al señor Budweiser -dijo Darby.

Mel empezó a palpar las cuentas que colgaban de su pulsera. Era un gesto que hacía siempre que estaba nerviosa o asustada.

– Venga, Mel, cógela. No te va a morder.

– No es eso. Lo que preguntaba es a qué viene todo esto.

– Es para celebrar tu cumpleaños, boba -dijo Stacey mientras abría la lata.

– Y tu permiso de conducir -añadió Darby-. Ahora ya tenemos a alguien que nos lleve al centro comercial.

– ¿Tu padre no notará que le faltan latas? -preguntó Mel a Stacey.

– Tiene seis cajas en la nevera de abajo, no echará de menos seis asquerosas cervezas. -Stacey encendió un cigarrillo y le arrojó el paquete a Darby-. Pero si él o mamá llegaran a casa y nos pillaran bebiendo, no podría sentarme ni ver bien al menos durante una semana.

Darby alzó la lata.

– Feliz cumpleaños, Mel… Felicidades.

Stacey engulló la mitad de su cerveza. Darby dio un buen sorbo. Mel la olió primero. Siempre lo olía todo antes de probarlo.

– Sabe a tostada rancia -dijo Mel.

– Sigue bebiendo y verás cómo mejora el sabor… Y tú también te sentirás mejor.

Stacey señaló hacia lo que parecía un Mercedes que se dirigía hacia la 86.

– Algún día conduciré uno de ésos -comentó.

– Puedo imaginarte perfectamente con el uniforme de chófer -dijo Darby.

Stacey le hizo un significativo gesto con el dedo índice.

– ¡Que te den! Para tu información, alguien me sacará a pasear en un coche como ése porque pienso casarme con un tipo rico.

– Odio tener que ser yo quien te dé la noticia -dijo Darby-, pero en Belham no hay tipos ricos.

– Por eso pienso irme a Nueva York. Y el hombre con el que me case no sólo estará para chuparse los dedos sino que me tratará como a una reina. Cenas en restaurantes caros, ropa chula, el coche que quiera… Incluso tendrá un avión privado para que podamos volar a la fabulosa casa de la playa que tendremos en el Caribe. ¿Y tú qué dices, Mel? ¿Con qué clase de chico te vas a casar? ¿O sigues empeñada en meterte a monja?

– No pienso tomar los hábitos -dijo Mel, y, como prueba de su decisión, bebió un largo sorbo de cerveza.

– ¿Significa eso que por fin llegaste hasta el final con Michael Anka?

Darby estuvo a punto de atragantarse.

– ¿Te has estado enrollando con Booger Boy?

– Se echó atrás cuando estábamos en tercero -dijo Mel-. No me ha vuelto a hacer caso.

– Mejor para ti -dijo Darby, y Stacey estalló en risas.

– Venga -dijo Mel-. No seáis así. Es un encanto…

– Claro que es un encanto -dijo Stacey-. Todos los chicos lo son al principio. Una vez que consiga lo que quiere de ti, te tratará como a la basura de ayer.

– Eso no es verdad -dijo Darby, pensando en su padre.

Solían apodarlo Big Red, como al chicle. Cuando su padre vivía, siempre le abría la puerta a su madre. Los viernes por la noche, cuando sus padres volvían de cenar, Big Red ponía uno de los discos de Frank Sinatra y a veces bailaba con su madre, muy pegado a ella, mientras tarareaba sus melodías favoritas.

– Hazme caso, Mel, es todo puro teatro -dijo Stacey-. Razón de más para que dejes de ser tan tímida. Si sigues así, se aprovecharán de ti a todas horas, te lo prometo.

Entonces Stacey se lanzó a dar otra de sus peroratas sobre chicos y sobre los trucos que empleaban para engañarte y conseguir así que les dieras lo que buscaban. Darby entrecerró los ojos, apoyó la espalda contra un árbol y miró a lo lejos, hacia la grande y reluciente cruz de neón que daba a la carretera 1.

Mientras apuraba la cerveza, Darby observaba el tráfico que circulaba por ambos carriles de la carretera y pensaba en la gente que viajaba en esos coches: gente interesante con vidas interesantes a punto de hacer cosas interesantes en lugares interesantes. ¿Cómo conseguía una ser interesante? ¿Era una cualidad con la que se nacía, como el color de pelo o la altura? ¿O era Dios quien decidía por ti? Quizá Dios elegía quién era interesante y quién no, y una tenía que vivir con lo que se le asignaba.

Pero cuanto más bebía Darby, más fuerte y clara oía aquella voz interior que le decía que ella, Darby Alexandra McCormick, estaba destinada a cosas mejores: tal vez no a la vida de una estrella de cine, pero sí algo sin duda más importante y trascendental que el universo Palmolive de su madre: un mundo de limpieza, cocina y cupones descuento. La mayor afición de Sheila McCormick era la búsqueda ávida de gangas en las rebajas.

– ¿Habéis oído eso? -susurró Stacey.

Crac, crac, crac. Ruido de pasos que aplastaban hojas secas y ramas.

– Será un mapache -susurró Darby.

– No me refiero a las ramas -repuso Stacey-, sino al llanto.

Darby bajó la lata de cerveza y asomó la cabeza al otro lado de la pendiente. El sol se había puesto hacía ya un rato; lo único que vio fue la difusa silueta de los troncos de los árboles. El rumor de pasos se intensificó. ¿Había alguien allí?