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En la calle, la gente corría intentando, sin éxito, zafarse de los insectos o dar con alguna puerta abierta. Pero los que ya estaban dentro de los edificios habían cerrado con llave o bloqueado las puertas, para evitar que se colaran más insectos al interior, abandonando a su suerte a los desafortunados que se hallaban en el exterior. Como anunció la profecía, sólo los que llevaban «la marca de Dios sobre la frente» -los miembros del Koum Damah Patac, con su sangrienta señal inscrita sobre el ceño- se libraron de la plaga. Una pareja de miembros del KDP, que se encontraba en la acera de enfrente del edificio de la ONU a la llegada de Decker, permanecía allí observando el ataque, sin que los insectos se les acercaran.

En torno a Decker, los gritos y palmoteos iban en aumento, a la vez que más y más gente de la plaza de delante del edificio atravesaba las puertas giratorias y dejaba entrar más insectos. En su agonía, Decker olvidó por completo que todavía llevaba otros insectos prendidos de la ropa. De repente sintió un feroz picotazo en el tobillo izquierdo, justo por encima del zapato, y casi de inmediato otro en el muslo izquierdo, y todavía otro más en la pantorrilla derecha, cerca de la parte de atrás de la rodilla. Los tenía por todas partes, mordiendo y machacando la tela del traje con sus dientes y sus patas espinosas, hundiendo la cabeza y el aguijón en su carne. A cada picotazo, Decker atrapaba al insecto y lo lanzaba contra el suelo, pero el dolor era tan agudo que no remataba la labor pisándolos. Así que los insectos permanecían unos segundos en el suelo aturdidos por el golpe, se espabilaban y volvían a levantar el vuelo, para atacar a otra víctima o prenderse de nuevo a Decker. Finalmente, Decker cayó al suelo retorciéndose de dolor, mientras dos insectos más se escurrían por el interior de la espalda de la chaqueta y empezaban a mordisquearle la camisa. El dolor era demasiado intenso para seguir luchando; hizo acopio de fuerzas y rodó sobre su espalda, con la esperanza de aplastarlos, pero sólo consiguió que los aguijones se le clavaran más adentro.

Entonces se produjo una estampida para salir del vestíbulo, con empujones, codazos y atropellos. Los que encontraban un despacho abierto se colaban dentro y cerraban la puerta tras de sí, para dejar fuera a quienes venían inmediatamente detrás.

Decker estaba tumbado boca arriba en el suelo, sin poder moverse, y sintió que un insecto se le posaba en la cara. Cuando ya iba a clavarle el aguijón, Decker perdió el conocimiento, y el insecto, curiosamente, pareció perder interés y se fue volando. Lo mismo hizo el resto de criaturas que seguían prendidas de él. Las dos que permanecían atrapadas entre su espalda y el suelo dejaron de mordisquear, y empezaron a retorcerse y escurrirse por el dorso intentando escapar de allí. Los entomólogos descubrieron después que los insectos no atacaban a las víctimas que ya habían perdido el conocimiento a causa de las picaduras.

En el exterior, miles de insectos se lanzaban volando contra las lunas de cristal, para alcanzar a la gente del interior. El impacto sólo los aturdía un poco, y las aceras a los pies de los ventanales empezaron a bullir con hexápodos tambaleantes, que intentaban recomponerse para reemprender el vuelo.

El punto débil de los insectos era, probablemente, su persistencia; una vez aterrizados sobre una víctima, no cesaban en su ataque hasta quedar saciados de sangre o hasta que aquélla quedaba inconsciente. A su persistencia se sumaba la fiereza del asalto, que los convertía en blancos fáciles. Cuando llegaron al vestíbulo los refuerzos del personal de seguridad, la mayoría de los insectos que habían penetrado en el interior del edificio ya se hallaban prendidos de sus respectivas víctimas y, a excepción de los que abandonaban sus cuerpos inconscientes, quedaban muy pocos libres para interferir en la labor del personal de seguridad. Así, mientras un grupo se ocupaba de evitar que entraran más insectos por las puertas, otros corrieron en auxilio de las víctimas y descubrieron, como lo había hecho Decker, que la mejor forma de matar a las criaturas era arrancarlas de la piel, arrojarlas contra el suelo y pisarlas con todas sus fuerzas.

Los efectivos de la división de servicios médicos de la ONU no tardaron en llegar y empezar a socorrer a las víctimas. Había multitud de personas tendidas en el suelo, inconscientes; otras gritaban de dolor a causa de los verdugones de las picaduras. Un guarda de seguridad, que había capturado vivos a dos insectos, los sujetaba uno en cada mano por la parte superior de su extraño abdomen, mientras éstos se retorcían lanzando picotazos al aire con sus aguijones. Se los había arrancado a una anciana de la cara y la pierna, donde éstos se encontraban succionando la sangre de su víctima semiinconsciente. Seguro que alguien tendría interés en echar un vistazo a aquellas peculiares criaturas; y allí de pie, empezó a preguntarse dónde podría encontrar un tarro de cristal lo suficientemente grande para meterlas dentro.

Afuera, el estruendoso aleteo de los insectos subió de volumen, en el momento en que millones de ellos levantaban el vuelo. Treinta segundos después se habían esfumado rumbo a otra zona de la ciudad, en busca de nuevas víctimas. Los cuerpos encogidos de personas desmayadas salpicaban las aceras y el asfalto.

* * *

Los entomólogos no se ponían de acuerdo, ni tampoco se atrevían a hacer conjeturas sobre la especie o el género de los insectos. Como fuere, no había noticia hasta entonces de su existencia; se trataba de una mutación extraña e inexplicable. El tamaño de las criaturas variaba entre seis y medio y más de siete centímetros y medio de largo, y el abdomen medía unos dos centímetros de ancho por algo menos de espesor. Las alas eran robustas, aunque transparentes, y la envergadura superaba ligeramente los quince centímetros. Un grueso dermatoesqueleto de color gris oscuro les cubría casi todo el cuerpo, como una coraza. Éste era el escudo que convertía en tarea casi imposible aplastar a los insectos. Sobre la cabeza, el caparazón era espinoso y ostentaba un tono dorado luminoso, que le otorgaban el centenar de finas fibras de unos dos centímetros y medio de largo que brotaban de debajo, y que eran sorprendentemente similares al pelo humano. La cara del insecto guardaba un espeluznante parecido al rostro humano, aunque algo más plano. En la boca, comparativamente dos veces más grande que la humana, exhibían un par de colmillos de aspecto imponente, que empleaban para desgarrar rápidamente la ropa y luego morder a su víctima. Remataba la cola un enorme aguijón, con el que el insecto inyectaba a la víctima un veneno no identificado.

Los insectos viajaban en enormes enjambres de hasta veinticuatro kilómetros de ancho, y permanecían en cada lugar el tiempo justo para alimentarse de sus víctimas, mientras éstas seguían conscientes, luego proseguían su camino. El enjambre que había aterrizado en la plaza de Naciones Unidas volaba ahora hacia el nordeste, pero no era el único; cientos como él habían aparecido, como por arte de magia, en distintos puntos del globo. Allí donde las construcciones no ofrecían la protección que brindan materiales tan resistentes como el hormigón, el acero o el cristal, el número de personas afectadas por las mordeduras y picaduras de los insectos fue muy superior al contabilizado en Nueva York.

La disección no hizo sino sumar un nuevo elemento de confusión sobre el origen del insecto; para desconcierto de los entomólogos, no se pudo identificar ningún tipo de órgano reproductor.

* * *

Cinco horas después, Decker volvió en sí. Tenía en el brazo una vía intravenosa por la que se le suministraba suero para evitar que se deshidratara. Estaba en uno de los dispensarios del edificio de Naciones Unidas rodeado de otras víctimas, algunas conscientes y otras no. Los que estaban despiertos, como él, hubiesen deseado no estarlo. Ya no se escuchaban aquellos penetrantes gritos de agonía, solamente quejidos penosos, pero no porque se hubiese aliviado del dolor a quienes los emitían, sino porque estaban demasiado agotados para seguir gritando. El dispensario no tenía ni mucho menos la capacidad necesaria para hacer frente a tan elevado número de pacientes, pero los hospitales neoyorquinos se encontraban totalmente colapsados por la afluencia de víctimas del ataque. Sencillamente, no había otro lugar donde ubicarlas.