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Christopher se encogió de hombros.

– No sé, a lo mejor es eso.

– Bueno, pues no hay razón para estarlo. La última encuesta realizada a los miembros revela una elevada intención de voto a tu favor.

– No, si eso está muy bien, pero no creo que mi elección sea lo que me inquieta.

– ¿Ah, no? Entonces, ¿qué?

– Supongo que soportar el peso de la responsabilidad del cargo una vez gane. Ya te he contado que mientras estaba en el desierto, en Israel, mi padre me dijo que sólo cuando comprenda la verdad sobre mí mismo sabré que es mi hora de gobernar. -Christopher se encogió de hombros reflejando su confusión-. No creo que sepa más ahora de lo que sabía entonces. A lo mejor nos hemos precipitado. A lo mejor Bob se equivocó; a lo mejor debería haber rechazado la candidatura hasta estar seguro de que el momento había llegado.

Decker se quedó pensativo un momento; no era fácil dar con palabras de aliento útiles, en una situación semejante.

– Puede que la elección sirva de catalizador y por fin te sea revelado eso que todavía no comprendes. -No era una sugerencia demasiado convincente, pero por lo menos era algo-. Sea como sea -continuó Decker-, lo que no te va a servir de nada es perder horas de sueño dándole vueltas al asunto.

– Ya -coincidió Christopher-, pero ¿cómo voy a controlar mis sueños?

– ¿A qué te refieres?

Christopher resopló con fuerza.

– Oh, pues al sueño ese tan absurdo de la caja. Probablemente no lo recuerdes. La última vez que lo tuve fue la noche que explotaron las cabezas nucleares sobre Rusia. Hace ya casi veinte años de aquello.

Decker meneó la cabeza.

– Recuerdo que esa noche te despertaste a causa de un sueño, pero no me acuerdo muy bien de qué fue lo que soñabas.

– Bueno, es un sueño muy raro; me produce una extraña sensación. Es como si lo hubiese soñado hace mucho, mucho tiempo; puede incluso que cuando era Jesús. Y aun y todo, la imagen es clara y fresca. Al principio estoy en una habitación rodeado por pesados cortinajes bordados con hilo de oro y de plata. El suelo es de piedra, y en el centro de la estancia, sobre una mesa, hay una vieja caja de madera, parecida a las que se usan para embalar. No sé por qué, pero en el sueño siento el impulso de mirar en su interior, aunque a la vez sé que lo que hay es aterrador. Cuando me acerco para mirar y no estoy más que a un par de metros de la caja, miro hacia abajo y veo que el suelo ha desaparecido. Empiezo a caer, pero consigo asirme a la mesa sobre la que descansa la caja. Intento aguantar allí colgado, pero al minuto se me resbalan las manos. Entonces oigo una carcajada terrible y espantosa.

– ¿Y anoche volviste a soñar lo mismo? -preguntó Decker.

– El sueño se ha repetido todas las noches desde que fui nominado.

Se hizo una larga pausa mientras Decker intentaba, por un lado, buscar alguna pista que le revelara el significado del sueño, y por otro, pensar en algo con que reconfortar a Christopher.

– Y hay algo más -añadió Christopher-. No dejo de preguntarme si no nos hemos precipitado con la candidatura, pero también me preocupa la posibilidad de que, tal vez, hayamos esperado demasiado. -Christopher meneó la cabeza, en un gesto no de confusión, sino de turbación más bien-. Lo que sea que tienen Juan y Cohen en mente para su próxima maldición va a ocurrir muy, muy pronto; es cuestión de días. Y tengo la absoluta certeza de que va a ser mucho peor que todo lo que han hecho hasta ahora.

Cinco días después

Era el día en que Christopher Goodman debía dirigirse a la Asamblea General, y Gerard Poupardin telefoneó para decir que estaba enfermo. Saltando del telediario de una cadena de televisión a otro, miraba los reportajes sobre Christopher a través del humo de cigarrillo que viciaba el ambiente. A su alrededor, tirados por el suelo de su apartamento, por lo general siempre impecable, había docenas de artículos sobre Christopher que había recortado de los periódicos o arrancado de revistas. Poupardin apenas se movió mientras consumía el cigarrillo casi hasta el filtro y luego lo apagaba aplastando la colilla contra un platito que usaba a modo de cenicero. En los tiempos que corrían, el arte de fumar había quedado reducido a un puñado de incondicionales de las películas antiguas, y los ceniceros se vendían básicamente como cachivaches inútiles en los anticuarios. Poupardin no había vuelto a fumar desde la adolescencia y se quedó pasmado al descubrir que el precio de la cajetilla rondaba los veintiséis dólares internacionales. Con todo, no era un precio muy alto a pagar si, a cambio, conseguía calmar los nervios. Además, pronto no necesitaría el dinero.

Podría haberse acercado a cualquier tienda y comprar sin más algo más fuerte y seguro que más barato que los cigarrillos -casi todo era legal ya, siempre que se contase con una receta médica y no se consumiera antes de conducir o manejar herramientas pesadas-. Y con el pasaporte diplomático, incluso estos obstáculos dejaban de serlo. Pero Poupardin necesitaba permanecer despierto, en pleno control de sus facultades. No iba a tener más que una oportunidad para ejecutar la tarea que se había impuesto.

Poupardin extrajo otro cigarrillo de la cajetilla. El último. No había hecho bien los cálculos, la cajetilla tenía que haberle durado veinte minutos más. Ahora sólo le quedaba un cigarrillo y todavía faltaban veinte minutos para matar. Decidió darse una buena ducha y empezar a prepararlo todo. Se reservaría el último cigarrillo para después. Por el momento, lo volvió a introducir en la cajetilla, que depositó al extremo de la mesa junto al revólver calibre 38, corto, que había comprado dos días atrás.

* * *

Decker estaba sentado en su despacho releyendo el discurso de Christopher por enésima vez. Volvía a sentirse como un novato, agobiado por cada palabra, consultando su viejo y manoseado tesauro, leyendo el texto a viva voz, para asegurarse de que las palabras brotaban con fluidez y penetraban suavemente en el oído del oyente, al tiempo que transmitían sinceridad y confianza. En las tres últimas relecturas del texto, no había realizado corrección alguna, pero decidió leerlo una vez más por si acaso.

Cuando se disponía a hacer la última lectura del discurso de dieciocho páginas, sonó el zumbido del intercomunicador del teléfono.

– Señor Hawthorne -dijo una voz femenina.

– ¿Sí? -contestó Decker sin levantar la vista del texto.

– Disculpe si le interrumpo.

– No te preocupes, Jody. ¿Qué pasa?

– Llaman de Seguridad del vestíbulo de visitantes. Hay un hombre que pregunta por usted. Le he explicado que está usted ocupado y que tendría que pedir cita, pero dice que es amigo suyo. Ha insistido mucho.

– No espero a nadie. ¿Cómo te ha dicho que se llama?

– Señor Donovan.

Decker se quedó pensativo un momento.

– Me parece que no conozco a nadie con ese nombre. ¿Te ha dicho por qué quiere verme?

– No, señor. Sólo que es amigo suyo y que deseaba verle. ¿Le digo que está ocupado?

– No -contestó desganado-. Puede ser que le haya conocido en alguna fiesta o en algún acto oficial. Anda, pásame la llamada aquí al despacho.

– Sí, señor -contestó ella; un segundo después sonaba el teléfono de Decker.

– ¿Hola? -dijo Decker-. Soy Decker Hawthorne.

– Sí, señor. Soy Johnson, de Seguridad del vestíbulo de visitantes. Está aquí el señor Tom Donafin, que quiere verle.

Decker se quedó repentinamente en silencio.

– ¿Señor? -dijo el guarda pasados unos instantes, no del todo seguro de si Decker seguía al otro lado del auricular.

– ¿Ha dicho Donafin? -preguntó Decker. Su secretaria había dicho Donovan.

– Sí, señor -contestó el guarda.

– ¿Podría deletrearlo, por favor? -Decker escuchó como el guarda de seguridad le preguntaba al visitante que deletreara su apellido, y en respuesta, oyó una voz que casi hace que se le pare el corazón.