Los Asha’man habían utilizado la Curación con los hombres de Ituralde, pero sólo se podían centrar en los casos más graves. Ituralde saludó con la cabeza a Antail, que se encontraba con los heridos en una zona acordonada de la plaza. El Asha’man no vio el saludo. Estaba sudoroso, concentrado en su tarea, utilizando un Poder en el que Ituralde prefería no pensar.
—¿Estáis seguro de que queréis verlos? —preguntó Yoeli.
Sostenía sobre el hombro una lanza larga de caballería, de cuya punta colgaba un gallardete triangular, negro y amarillo. Los saldaeninos lo llamaban la Enseña del Traidor.
La ciudad rebosaba hostilidad; diferentes grupos de saldaeninos se miraban los unos a los otros con gesto adusto. Muchos llevaban tiras de tela de color negro y amarillo enroscadas entre sí y atadas a las vainas de las espadas. Ésos saludaron a Yoeli.
«Desya gavane cierto cuendar isain carentin», se dijo para sus adentros Ituralde. Era una frase en la Antigua Lengua que significaba: «Un corazón resuelto vale por diez disputas».
Imaginaba el significado que tenía el banderín. A veces, un hombre sabía lo que tenía que hacer a pesar de que otros creyeran que se equivocaba. Los dos caminaron por las calles durante un tiempo. Maradon era similar a la mayoría de las ciudades de las Tierras Fronterizas: muros rectos, edificios cuadrados, calles estrechas. Las casas parecían fortalezas, con ventanas pequeñas y recias puertas. Las calles estaban dispuestas en extraños giros y no había ningún tejado de paja, sólo tejas de pizarra incombustibles. En varias intersecciones clave resultaba difícil distinguir la sangre seca en la oscura piedra, pero Ituralde sabía qué buscar. Antes de que Yoeli saliera a rescatar a sus tropas, los saldaeninos se habían enfrentado entre ellos.
Llegaron a un edificio corriente que no destacaba en nada. Ningún extranjero habría adivinado que esa vivienda pertenecía a Vram Torkumen, un primo lejano de la reina al que Tenobia había nombrado administrador de la ciudad en su ausencia. Los soldados que guardaban la puerta lucían las tiras de tela en negro y amarillo. Saludaron a Yoeli.
Ya en el interior, Ituralde y Yoeli se metieron por un estrecho hueco de escalera y subieron tres tramos. Había soldados en casi todas las habitaciones. En la planta alta, cuatro hombres que llevaban la Enseña del Traidor custodiaban una gran puerta con incrustaciones doradas. El pasillo de estrechas ventanas y con una alfombra de color negro, verde y rojo, estaba oscuro.
—¿Alguna novedad, Tarran? —preguntó Yoeli.
—Nada, señor —respondió el hombre con un saludo.
Lucía un largo bigote y tenía las piernas arqueadas propias de quien se siente como en casa cuando está montado en un caballo.
—Gracias, Tarran —respondió Yoeli con un cabeceo de asentimiento. Por todo lo que haces.
—Estoy con vos, señor. Lo estaré hasta el fin.
—Que tus ojos no pierdan de vista el norte ni tu corazón el sur, amigo mío —deseó Yoeli, que inhaló hondo antes de abrir la puerta.
Ituralde fue tras él.
En el interior de la estancia y sentado junto al hogar, un saldaenino vestido con ricos ropajes de color rojo bebía una copa de vino. En la silla situada enfrente de él había una mujer que bordaba; también llevaba un vestido de buena calidad. Ninguno de los dos alzó la vista hacia la puerta.
—Lord Torkumen —saludó Yoeli—. Os presento a Rodel Ituralde, el comandante del ejército domani.
El hombre sentado junto a la chimenea dejó escapar un suspiro sin apartar la mirada de la copa de vino.
—Entráis sin llamar, no esperáis a que me dirija a vos primero y me molestáis a pesar de haberos hecho saber mi necesidad de dedicar esta hora a una serena meditación.
—En serio, Vram —dijo la mujer—, ¿acaso esperas que este hombre tenga modales? ¿Después de lo que ha hecho?
Yoeli desplazó la mano a la empuñadura de la espada, despacio. En la estancia había un revoltijo de muebles: varios arcones, armarios roperos y a un lado una cama que, sin duda alguna, no pertenecía a esa habitación.
—Así que vos sois Rodel Ituralde, uno de los grandes capitanes —dijo lord Vram—. Me doy cuenta de que es ofensivo preguntarlo, pero tengo que cumplir las formalidades. ¿Os dais cuenta de que al traer un ejército a nuestro país habéis corrido el riesgo de provocar una guerra?
—Sirvo al Dragón Renacido —respondió Ituralde—. El Tarmon Gai’don se acerca, y todas las leyes, alianzas y fronteras previas están sometidas a la voluntad del lord Dragón.
Lord Torkumen chasqueó la lengua. Un Juramentado del Dragón —dijo lord Torkumen—. Había recibido informes al respecto, claro. Y esos hombres que utilizáis son una indicación obvia. No obstante, me resulta tan extraño escuchar algo así —. ¿No os dais cuenta de lo estúpido que os hace parecer hablar de ese modo?
Ithuralde miró al hombre a los ojos. No se consideraba un Juramentado del Dragón, pero uno no podía llamar roca a un caballo y esperar que todos los demás le dieran la razón.
—¿No estáis preocupado por la invasión de los trollocs?
—Ya hubo trollocs antes —dijo lord Yram—. Siempre los ha habido.
—La reina… —empezó Yoeli.
—La reina volverá pronto de su expedición para desenmascarar y capturar a ese falso Dragón —lo interrumpió lord Vram—. Y, cuando eso ocurra, hará que os ejecuten, traidor. Y vos, Rodel Ituralde, lo más seguro es que seáis perdonado por vuestra posición, pero no me gustaría ser un miembro de vuestra familia cuando reciban nuestra demanda de rescate. Espero que vuestra riqueza se equipare a vuestra reputación. De lo contrario, pasaréis muchos de los años venideros como el general de las ratas de vuestra celda.
—Entiendo. ¿Cuánto hace que os pasasteis a la Sombra? —preguntó Ituralde.
Lord Torkumen se levantó de la silla con los ojos abiertos de par en par.
—¿Osáis llamarme Amigo Siniestro?
—A lo largo de los años he conocido a varios hombres y mujeres saldaeninos —explicó Ituralde—. A unos los he llamado amigos, y he luchado contra otros. Pero, que yo sepa, jamás hubo uno que no ofreciera su ayuda al ver a otros hombres luchar contra Engendros de la Sombra.
—Si tuviera una espada… —dijo lord Vram.
—Así os abrase la Luz, Vram Torkumen —dijo Ituralde—. Vine a deciros eso de parte de los hombres que he perdido.
El noble se quedó estupefacto al ver que Ituralde le daba la espalda y se marchaba. Yoeli salió de la habitación y cerró la puerta.
—¿No estáis de acuerdo con mi acusación? —le preguntó Ituralde mientras se dirigían a la escalera.
—A decir verdad, no sé discernir si ese hombre es un necio o un Amigo Siniestro —respondió Yoeli—. Tiene que ser lo uno o lo otro para no haber encajado las piezas: el invierno, esas nubes y los rumores de que al’Thor había conquistado la mitad del mundo.
—Entonces, no tenéis nada que temer —dijo Ituralde—. No seréis ejecutado.
—Maté a mis conciudadanos, organicé un levantamiento contra el administrador nombrado por mi reina, me hice con el control de la ciudad… Eso sí, no derramé la sangre de ningún noble —detalló Yoeli.
—Todo eso cambiará una vez que Tenobia regrese, os lo garantizo —afirmó Ituralde—, En verdad os habéis ganado un título.
Yoeli se detuvo en la oscura escalera, que sólo estaba iluminada al inicio y al final.
—Veo que no lo entendéis. He traicionado mis juramentos y He matado a amigos. Pediré ser ejecutado, estoy en mi derecho.
«Malditos fronterizos», pensó Ituralde mientras un escalofrío le recorría la espalda.