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Jurad lealtad al Dragón, pues él invalida todos los juramentos. No desperdiciéis vuestra vida. Luchad a mi lado en la Última Batalla.

No me escudaré en ninguna excusa, lord Ituralde —dijo el hombre, reemprendiendo el descenso por la escalera—. Del mismo modo que tampoco pude ver cómo morían vuestros hombres. Venid, supervisemos el alojamiento de los Asha’man. Me gustaría mucho ver esos accesos de los que habláis. Si pudiéramos utilizarlos para enviar mensajes y traer suministros, ciertamente sería muy interesante ver cómo nos sitian.

Ituralde dio un suspiro, pero lo siguió. No habían dicho nada de huir a través de los accesos. Yoeli nunca iba a abandonar la ciudad, e Ituralde comprendió que no abandonaría a Yoeli ni a sus hombres. No lo haría después de todo lo que habían sufrido para rescatarlos.

Ése era un lugar tan bueno como cualquier otro para plantar cara. Y, sin duda, mejor que un buen número de las situaciones en las que se había encontrado en los últimos tiempos.

Perrin entró en la tienda y encontró a Faile cepillándose el pelo. Era preciosa. Aún se maravillaba cada día por tenerla de vuelta.

Ella se volvió y le sonrió con satisfacción. Se peinaba con un nuevo cepillo de plata que él le había dejado sobre la almohada. Lo había obtenido de un trueque con Gaul, que lo había encontrado en Malden. Si esa celebración, el shanna’har, era importante para su esposa, él tenía la intención de tomarla tan en serio como Faile.

—Los mensajeros han regresado —dijo Perrin dejando caer los faldones de la entrada—. Los Capas Blancas han elegido el campo de batalla. Luz, Faile, me van a obligar a borrarlos de la faz de la tierra.

—No veo que haya ningún problema en eso —respondió su mujer—. Venceremos.

—Es muy probable —contestó. Se sentó en los cojines, junto al catre que compartían—. Pero, aunque los Asha’man hagan casi todo el trabajo al principio, tendremos que ir y luchar cuerpo a cuerpo. Habrá bajas. Hombres buenos que serán necesarios en la Última Batalla. —Hizo un esfuerzo para aflojar los puños apretados—. La Luz abrase a esos Capas blancas por lo que han hecho y por lo que están haciendo.

Entonces, ésta es una buena oportunidad para derrotarlos.

Perrin soltó un gruñido a modo de respuesta, pero no explicó el por qué de la frustración tan grande que sentía. Fuera cual fuese el resultado de la batalla, él iba a perder. En ambos lados morirían hombres; unos hombres que hacían falta.

Los relámpagos centelleaban fuera y proyectaban sombras sobre el techo de lona. Faile se acercó al baúl y sacó un camisón para ella y una bata para él; era de la opinión de que un noble tenía que tener una bata a mano por si acaso lo necesitaban durante la noche. De momento, las circunstancias habían demostrado un par de veces que Faile tenía razón.

Entonces pasó junto a él y, a pesar de que la expresión de su esposa era placentera, olía a preocupación. Perrin había agotado todas las opciones para resolver de manera pacífica el conflicto con los Capas Blancas, pero dentro de poco —y, a la vista de los hechos, lo quisiera o no— matar sería de nuevo su destino.

Después de quitarse la ropa excepto los calzones, Perrin se acostó y se quedó dormido antes de que Faile hubiera acabado de cambiarse.

Entró en el Sueño del Lobo bajo la gran espada que se clavaba en el suelo. En lontananza distinguía la colina que Gaul había catalogado como un buen lugar desde donde vigilar. Un arroyo fluía por detrás del campamento.

Perrin se dio media vuelta para dirigirse a toda velocidad hacia el campamento de los Capas Blancas; era como el dique de un río que le impedía seguir avanzando por la corriente.

—¡Saltador! —llamó.

Deambuló entre las tiendas inmóviles de los Capas Blancas montadas en campo abierto. No obtuvo respuesta, así que investigó por el campamento un poco más. Balwer no había reconocido el escudo de armas del sello que Perrin le había descrito. ¿Quién estaría al frente de esos Capas Blancas?

Alrededor de una hora más tarde, Perrin aún no había llegado a ninguna conclusión al respecto. Sin embargo, estaba bastante seguro de saber en qué tiendas guardaban las provisiones. Esas tiendas no estarían tan vigiladas como las de los prisioneros y, con accesos, a lo mejor tenían posibilidad de incendiarlas. Tal vez.

Las cartas que había recibido del capitán general estaban llenas de frases como «Otorgo a tu gente el beneficio de la duda respecto a que desconocen tu naturaleza». O «Mi paciencia se acaba con tus dilaciones». Y «Sólo hay dos opciones: ríndete para que se te juzgue como corresponde o trae a tu ejército para afrontar el juicio de la Luz».

Un extraño sentido del honor conducía a ese hombre; así lo había intuido Perrin cuando se había reunido con él y así lo constataban las misivas. Pero ¿quién era? Había firmado todas las cartas como el capitán general de los Hijos de la Luz.

Perrin siguió hasta llegar a la calzada. ¿Dónde se habría metido Saltador? —Acto seguido, Perrin echó a correr a toda velocidad. Tras unos segundos salió de la calzada a la hierba. La tierra estaba tan blanda que cada paso que daba parecía impulsarlo en el aire.

Proyectó la mente y creyó percibir algo hacia el sur. Echó a correr hacia allí. Deseó ir más rápido, y así lo hizo. Los árboles y las colinas pasaron zumbando junto a él.

Los lobos sabían que se acercaba. Era la manada de Danzarina del Roble, con Desvinculado, Chispas, Luz Matutina y otros. Perrin percibía la comunicación que había entre unos y otros, lejanos susurros de imágenes y efluvios. Apretó más el paso, y el viento se tornó un rugido a su alrededor. Los lobos empezaron a alejarse en dirección sur.

¡Esperad!, proyectó Perrin. He de reunirme con vosotros.

Como respuesta, sólo percibió regocijo. De pronto, los lobos se dirigían hacia el oeste, y Perrin se detuvo y giró. Corrió tan rápido como sabía; pero, cada vez que se acercaba a la manada, ésta se encontraba de pronto en otro lugar. Se desplazaban continua y repentinamente, desapareciendo de un punto para aparecer en dirección opuesta.

Perrin gruñó y, de repente, se puso a cuatro patas, con el pelaje agitado por el aire y la boca abierta mientras corría hacia el norte bebiendo el viento que silbaba a su alrededor. Pero los lobos no perdían terreno y se mantenían alejados.

Perrin aulló, y en respuesta le llegaron las burlas de la manada.

Hizo un esfuerzo para correr más rápido, saltando de la cresta de una colina a otra, brincando por encima de los árboles. El suelo era un borrón. En poco tiempo, las Montañas de la Niebla aparecieron a su izquierda y las dejó atrás en un momento.

Los lobos giraron hacia el este. ¿Por qué no lograba alcanzarlos? Los olía delante de él. Joven Toro les aulló, pero en esa ocasión no obtuvo respuesta alguna.

No entres con tanta fuerza, Joven Toro.

Joven Toro se detuvo en seco, aunque el mundo a su alrededor tardó unos instantes más en hacerlo. La manada seguía alejándose hacia el este, pero Saltador se encontraba sentado sobre los cuartos traseros junto a una anchurosa y serpenteante corriente de agua. No era la primera vez que Joven Toro veía ese sitio, un lugar cercano a la guarida de sus progenitores. Había viajado Por el río, encima de uno de esos troncos flotantes de los humanos. Él…

No… no… ¡Ten presente a Faile!

Su pelaje se convirtió en ropa. Con las manos y las rodillas clavadas en el suelo, le lanzó una mirada furibunda a Saltador.

—¿Por qué huiste? —demandó Perrin.

Deseas aprender, le trasmitió el lobo. Te has vuelto más diestro. Más rápido. Alargaste las patas y corriste. Eso es bueno.

Perrin miró hacia atrás, hacia el camino por el que había venido mientras pensaba en su velocidad. Había saltado de la cima de una colina a otra. Había sido maravilloso.

—Pero me tuve que convertir en un lobo para hacerlo —dijo—. Y eso me puso en riesgo de estar aquí con «demasiada fuerza». ¿De qué me sirve aprender si hago cosas que me has prohibido?