Eres rápido en culpar, Joven Toro. Surgió la imagen mental de un lobezno que aullaba una y otra vez frente a la guarida, montando jaleo. No es propio de los lobos.
Saltador desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Perrin gruñó y dirigió la vista hacia el este, en la dirección donde percibía a los lobos. Salió en pos de ellos, esta vez con más precaución. No podía permitir que el lobo lo consumiera o acabaría como Noam, encerrado en una jaula y sin el menor vestigio de humanidad. ¿Por qué Saltador lo animaba a recorrer esa senda?
«No es propio de los lobos». ¿Se había referido a las acusaciones o a lo que le estaba pasando a él?
El resto sabía cuándo finalizar la cacería, joven Toro, proyectó Saltador a lo lejos. Fuiste el único al que hubo que parar.
Estupefacto, Perrin se frenó en seco a la orilla del río. La cacería del venado blanco. De pronto, Saltador se encontró a su lado, junto al río.
—Esto comenzó al empezar a percibir a los lobos —proyectó Perrin—. La primera vez que perdí el control de mí mismo fue con esos Capas Blancas.
Saltador se tumbó y descansó la cabeza sobre las patas delanteras.
Sueles estar aquí con demasiada fuerza, transmitió el lobo. Eso es lo que haces.
Saltador ya lo había dicho lo mismo de vez en cuando, desde que conocía al lobo y el Sueño del Lobo. Pero, de repente, a Perrin se le ocurrió otro significado. Quizá se refería a la manera de estar en el Sueño del Lobo, pero quizás también se refería al mismo Perrin.
Había empezado a culpar a los lobos de lo que hacía, por su forma de ser al luchar, por su manera de enfocar la búsqueda de Faile. Pero ¿eran los lobos los causantes de eso? ¿O quizás era una parte de sí mismo? ¿Cabría la posibilidad de que fuera eso lo que ocasionó que se convirtiera en un Hermano Lobo, en primer lugar?
—¿Se puede correr a cuatro patas sin estar aquí con demasiada fuerza? —preguntó.
Claro que es posible, le trasmitió Saltador, que rió del mismo modo en que lo hacía el resto de la manada, como si Perrin acabara de descubrir la cosa más obvia del mundo. Tal vez lo fuera.
Quizá no era como los lobos porque él era un Hermano Lobo. Quizás él era un Hermano Lobo porque era como los lobos. No tenía que controlarlos a ellos. Tenía que controlarse a sí mismo.
—La manada, ¿cómo la alcanzo? ¿Moviéndome más rápido?
Esa es una manera. Otra es estar donde quieres estar.
Perrin frunció el entrecejo. Entonces cerró los ojos y pensó en la dirección hacia la que corrían los lobos, para adivinar dónde podían estar. Se produjo un cambio.
Al abrir los ojos, Perrin se encontró de pie en la ladera arenosa de una colina en la que crecían matas de cañuelas. A su derecha se elevaba una montaña enorme, cuya cúspide truncada de bordes aserrados daba la impresión de haber sido golpeada por la mano de un gigante.
Una manada de lobos salió de improviso del bosque. Muchos de ellos reían. ¡Joven Toro cazando cuando tendría que buscar el final! ¡Joven Toro buscando el final cuando tendría que disfrutar de la caza! Perrin sonrió e intentó no hacerse mala sangre por las risas a pesar de que, para ser sincero, se sentía igual que un día en que su primo Wil preparó un cubo de plumas mojadas para echárselo por encima.
Algo revoloteó en el aire: una pluma de pollo con los bordes húmedos. Perrin dio un respingo al comprobar que había más en el suelo, a su alrededor. Pestañeó, y las plumas desaparecieron. Los lobos olían a estar pasándolo en grande y enviaron imágenes de Joven Toro cubierto con plumas.
Si aquí te pierdes en sueños, Joven Toro, esos sueños se convierten en este sueño, proyectó Saltador.
Perrin se rascó la barba para reprimir la vergüenza. Ya había experimentado otras veces la naturaleza impredecible del Sueño del Lobo.
—Saltador —preguntó, volviéndose hacia el lobo—. Si quisiera, ¿hasta qué punto podría cambiar lo que me rodea?
¿Si quisieras?, respondió el lobo. No tiene que ver con lo que quieres, Joven Toro, sino con lo que necesitas. Con lo que sabes.
Perrin frunció el entrecejo. De vez en cuando, aún lo confundían los razonamientos del lobo.
De pronto, los otros lobos de la manada se giraron a una y miraron hacia el suroeste. Desaparecieron.
Han ido aquí. Saltador proyectó la imagen de una lejana hondonada con árboles y se preparó para seguirlos.
—Saltador—llamó Perrin acercándose al lobo—, ¿cómo lo sabes? Me refiero a donde han ido. ¿Te lo han dicho ellos?
No. Pero sé seguirlos.
—¿Cómo? —preguntó Perrin.
Es algo que siempre he sabido hacer, transmitió Saltador. Al igual que caminar o saltar.
—Sí, pero ¿cómo?
El lobo olía a confusión.
Es un efluvio, respondió al fin. Sin embargo, era mucho más complejo que un «efluvio». Era una sensación, una impresión y un efluvio, todo en uno.
—Ve a algún lugar —dijo Perrin—. Deja que intente seguirte.
Saltador desapareció. Perrin caminó hacia el lugar que había ocupado el lobo.
Huélelo, proyectó Saltador a lo lejos.
Pero estaba lo bastante cerca para trasmitir pensamientos. De manera instintiva, Perrin expandió la percepción y notó la presencia de docenas de lobos. Se quedó sorprendido por el gran número de ellos que había por la zona, en las laderas del Monte del Dragón. Perrin nunca había percibido tal cantidad en un mismo lugar. ¿Por qué estarían allí? ¿Era impresión suya o el cielo parecía más tormentoso en este lugar que en otras zonas del Sueño del Lobo?
No percibía a Saltador. De alguna manera, el lobo había cerrado la mente y evitaba así que localizara el lugar donde estaba. Perrin se concentró. «Huélelo», le había trasmitido Saltador. Olerlo, ¿cómo? Perrin cerró los ojos y dejó que la nariz le hiciera llegar los olores del entorno. Pinos piñoneros y savia, plumas de aves y hojas, cedro y sapino.
Y algo más… Sí, captaba otro olor. Un efluvio lejano, persistente, que parecía estar fuera de lugar allí. Muchos aromas eran iguales: la misma percepción de naturaleza fecunda, la misma abundancia de árboles. Pero ésos se mezclaban con el olor a moho y a piedra húmeda. El aire era diferente. Polen y flores.
Perrin apretó los párpados con fuerza al tiempo que hacía una profunda inspiración. De algún modo, reprodujo una imagen mental de esos efluvios. El proceso no se diferenciaba apenas de la forma en que un lobo proyectaba imágenes traducidas a palabras.
Allí, pensó. Y se produjo un cambio.
Abrió los ojos. Se encontraba sentado en un afloramiento rocoso rodeado de pinos; estaba en la ladera del Monte del Dragón, a varias horas de marcha en ascenso de donde se hallaba antes. El afloramiento, cubierto de liquen, se proyectaba por encima de los árboles que se extendían más abajo. Allí, en un lugar donde los rayos del sol llegaban a las flores, crecía un rodal de aromáticas violetas. Era agradable ver flores que no estaban mustias o a punto de morirse, aunque fuera en el Sueño del Lobo.
Ven. Sígueme, trasmitió Saltador.
Y desapareció.
Perrin cerró los ojos y olfateó. En esta ocasión el proceso resultó más fácil. Roble y hierba, barro y humedad. Era como si cada lugar tuviera un olor específico propio.
Perrin sintió un cambio—, abrió los ojos. Se hallaba agazapado en un campo aledaño a la calzada de Jehannah. Era el sitio donde la manada de Danzarina del Roble había estado antes y Saltador se movía de aquí para allá por la pradera, olisqueando con curiosidad. La manada había proseguido su marcha, pero todavía se encontraba cerca.
—¿Puedo hacer siempre eso? —le preguntó a Saltador—. ¿Oler hacia dónde fue un lobo en el sueño?
Cualquiera puede. Si sabe hacerlo como lo hace un lobo, respondió con esa mueca que era una sonrisa.
Perrin asintió con un cabeceo, pensativo.
Saltador atravesó la pradera a largas zancadas hasta donde se encontraba Perrin.