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Trevor se retiró de encima de ella pero sin dejar de abrazarla. Ambos concentraron su atención en Aaron.

– Debe haber convencido a su indulgente abuelo de que lo sacara de la cuna -aventuró Trevor.

Encantado con la atención que se le prestaba, Aaron se adueñó del escenario y empezó a realizar algunos de sus mejores números. Las risas de Trevor y Kyla lo animaron aún más. Con una sonrisa tontuela, empezó a dar vueltas en redondo sobre sí mismo. Desoyendo las advertencias que le hacían, continuó haciendo lo mismo hasta que se mareó y alzó los brazos para intentar agarrarse a algo.

Lo que sus manos alcanzaron fue el tirador decorativo del cajón de la mesilla. La gravedad impuso su ley y Aaron estaba demasiado mareado para resistirse a ella. Su trasero aterrizó en el suelo enmoquetado y el cajón salió del hueco y cayó sobre su regazo.

No se hizo daño, pero los dos adultos se incorporaron inmediatamente en la cama al ver que iba a suceder lo inevitable. Aaron se quedó mirándolos, perplejo, y luego bajó la vista al cajón que tenía en el regazo.

Lo único que había en su interior era una foto de ocho por diez de un marine con uniforme de gala. Aaron golpeó con la mano el cristal antirreflejos y dijo:

– Pa. Papapapa.

Sonrió a sus espectadores, convencido de recibir una ovación por su brillante actuación.

Los brazos que todavía rodeaban a Kyla se volvieron más duros que el acero y la fueron soltando poco a poco. Ella notaba que su calidez la abandonaba. Luego, con un movimiento violento, Trevor saltó de la cama por el otro lado y se puso los pantalones que había dejado en el suelo la noche anterior. Se subió la cremallera mientras se dirigía hacia la puerta.

– ¡Trevor, por favor!

Él se giró para mirarla, con el torso desnudo, descalzo y furioso. Tenía la mandíbula contraída con rabia y había un brillo frío en su mirada que traspasó a Kyla, la cual seguía sentada en la cama con el pelo revuelto, la cara pálida, los labios temblorosos y ojos suplicantes.

– No pienso ser un suplente -gruñó-. En tanto haya otro hombre contigo, no hay sito para esto -con crudeza llevó la mano a su sexo. Luego hizo un gesto con la barbilla para dar mayor énfasis, antes de salir hecho un basilisco.

– Es Lynn Haskell -informó Kyla, con la mano tapando el micrófono del auricular-. Nos invitan a un picnic a la orilla del lago el Día del Trabajo. ¿Quieres ir?

Había transcurrido una semana desde la visita de George Rule. La más triste de la vida de Kyla. La tensión en la casa crujía como el papel viejo y era igual de inflamable. El suspense de no saber qué desataría la inevitable conflagración acababa con los nervios de cualquiera.

Trevor nunca perdía el control, nunca levantaba la voz. Kyla se habría alegrado de que lo hiciera alguna vez. Más bien era como una tormenta oscura que se cernía sobre ella pero se negaba a estallar. Sobrevolaba su cabeza, amenazante y ominosa.

Seguía tratándola tan educadamente como siempre, pero había suprimido las demostraciones de afecto. Rara vez la tocaba, sólo en caso de necesidad. Con Aaron se comportaba del mismo modo cariñoso que siempre. Con ella se mostraba lejano y mecánico.

«Eso era lo que querías al principio, ¿no?», se apresuraba a recordarse cada vez que ansiaba que suspiraba por una de sus resplandecientes sonrisas, por una mirada cómplice, por una caricia o un beso.

Ahora, en respuesta a su pregunta, él se encogió de hombros, sin comprometerse.

– Lo dejo a tu elección, Kyla. Lo que tú quieras hacer.

Ella lo fulminó con la mirada. Él hizo caso omiso y volvió a inclinarse sobre el puzzle de piezas grandes en el que estaba trabajando pacientemente con Aaron por décima vez esa tarde.

No podía seguir haciendo esperar a Lynn. Tenía que darle una respuesta. ¿Cuál? Los Haskell eran amigos de Trevor. Aunque no lo dijera, estaba segura de que quería ir. Lynn era lo bastante lista para no dejarse engañar por una excusa vaga. Salir y pasar el día en el lago probablemente sería bueno para todos. Y podría aliviar la tensión que había entre ellos.

– Lynn, iremos encantados -por el rabillo del ojo, vio que Trevor alzaba la vista hacia ella, pero inmediatamente volvió a concentrar su atención en Aaron-. ¿Qué puedo llevar? No, no, de ninguna manera.

Invariablemente, el primer lunes de septiembre en Texas era despejado y caluroso. El Día del Trabajo ese año no se distinguió de años anteriores.

– Kyla, ya han llegado -llamó Trevor desde el porche delantero, donde había reunido todos sus aparejos y se había instalado con Aaron a esperar a los Haskell. Éstos habían sugerido que las dos familias fueran juntas hasta el lago en su monovolumen.

– Ya voy -pasó por la casa revisando que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas y haciendo memoria para no olvidar nada importante. Cuando llegó al porche delantero Trevor y Ted estaban cargando los bultos en el portamaletas mientras Lynn entretenía a Aaron en sus rodillas jugando al caballito.

– Hola. Sube abordo mientras todavía quede sitio -bromeó Lynn con humor festivo.

De camino al lago, Ted le tomó el pelo a Kyla por la cantidad de bultos que llevaba.

– De haberlo sabido que traerías tantas cosas, habría alquilado un remolque.

Ella se preguntaba si la otra pareja se fijaría en que Trevor y ella podían bromear y charlar con ellos, pero no tenían nada que decirse el uno al otro.

Él se había puesto uno vaqueros cortos desteñidos y deshilachados, unas zapatillas de deporte viejas y una sudadera gris sin mangas. También le había cortado el cuello, de modo que el vello oscuro del pecho asomaba por el escote en pico.

Kyla se había recogido el pelo en una coleta y llevaba pantalones cortos y la parte de arriba del biquini. Encima, una camisa sin abrochar con los faldones atados en un nudo a la altura de la cintura. Se alegró de no haberse arreglado. Para cuando llegaron al lago, Aaron le había babeado la camisa, contagiado del peligroso humor festivo de los niños de los Haskell.

Llegaron hasta el lago, encontraron un sitio que les pareció perfecto y empezaron a descargar el monovolumen. Cuando hubieron terminado, para celebrarlo, Trevor sacó una lata de cerveza de la nevera y se la bebió en tres tragos.

Bebió otra para apagar las llamas de deseo que subían por su vientre cuando Kyla se quitó la camisa y el pantalón para tomar el sol, siguiendo una sugerencia de Lynn.

Fueron andando hasta el borde del lago con los niños. Aaron chapoteó en el agua y no se quedó satisfecho hasta que no hubo duchado a su madre con el agua fría del lago. Cuando los pezones de Kyla se endurecieron en contacto con el agua fría, Trevor refunfuñó una excusa y regresó donde estaban todas sus cosas en busca de otra cerveza.

Regresó con la lata y ofreció a Kyla. Ella aceptó y las manos de ambos se rozaron cuando se la pasó. Y cuando echó la cabeza hacia atrás para beber, lo único que deseaba Trevor era posar los labios sobre su garganta expuesta.

Mientras Ted y él se quedaban en la parte poco profunda con los niños, Lynn y Kyla fueron nadando hasta el muelle que flotaba en aguas más profundas. Trevor observaba los movimientos gráciles de los brazos de Kyla en el agua. Tenía la vista fija en ella cuando subió la escalerilla del muelle y saludó a Aaron con el brazo. Su delgada silueta se recortaba contra el cielo de verano. El agua resbalaba por su vientre plano y por sus muslos.

– En seguida vuelvo -murmuró Trevor.

– ¿Dónde vas ahora? -preguntó Ted, con la mano a modo de visera sobre los ojos para evitar que el sol lo deslumbrara.

– Eh, creo que Aaron quiere una galleta.

Tomó en brazos al niño, que estaba muy satisfecho jugando con el barro de la orilla y se lo llevó hasta el coche. Le dio una galleta y él se bebió otra cerveza.

Después de un almuerzo que habría podido alimentar a una caravana entera de gitanos, los niños echaron la siesta a la sombra. Cuando se despertaron, todos fueron al campo de béisbol. El partido de los Pieles contra los Camisetas era una tradición entre los hombres de negocios de Chandler. Cualquiera que quisiera jugar acudía al campo vestido para jugar y se dividía a los participantes en dos equipos.