Cuando cesaron de patearlo permanecieron unos segundos sumidos en la quietud más extraña de sus vidas. Era como si, por fin, hubieran hecho el ménage à trois con el que tanto habían fantaseado.
Pelletier se sentía como si se hubiera corrido. Lo mismo, con algunas diferencias y matices, Espinoza. Norton, que los miraba sin verlos en medio de la oscuridad, parecía haber experimentado un orgasmo múltiple. Por Saint George’s Road pasaban algunos coches, pero ellos eran invisibles a cualquiera que a aquella hora transitara a bordo de un vehículo. En el cielo no había ni una sola estrella. La noche, sin embargo, era clara: lo veían todo con detalle, incluso los contornos de las cosas más pequeñas, como si de pronto un ángel hubiese puesto sobre sus ojos unos lentes de visión nocturna. Sentían la piel tersa, suavísima al tacto, aunque en realidad los tres estaban sudando. Por un momento Espinoza y Pelletier creyeron que habían matado al paquistaní. Por la cabeza de Norton debió de pasar una idea parecida, pues se inclinó sobre el taxista y le buscó el pulso.
Moverse, agacharse, le dolió como si los huesos de sus piernas estuvieran desencajados.
Un grupo de personas salió por Garden Row cantando una canción. Se reían. Tres hombres y dos mujeres. Sin moverse, giraron la cabeza en aquella dirección y esperaron. El grupo empezó a caminar hacia donde estaban ellos.
– El taxi -dijo Pelletier-, vienen a por el taxi.
Sólo en ese momento se dieron cuenta de que la luz interior del taxi estaba encendida.
– Vamos -dijo Espinoza.
Pelletier cogió a Norton por los hombros y la ayudó a levantarse.
Espinoza se había sentado al volante y les daba prisa.
A empujones, Pelletier metió a Norton en el asiento posterior y luego entró él. El grupo de Garden Row avanzaba directo hacia el rincón donde yacía el taxista.
– Está vivo, respira -dijo Norton.
Espinoza puso en marcha el coche y salieron de allí. Al otro lado del Támesis, en una callecita cercana a Old Marylebone, abandonaron el taxi y caminaron durante un rato. Quisieron hablar con Norton, explicarle lo que había sucedido, pero ella ni siquiera les permitió que la acompañaran hasta su casa.
Al día siguiente buscaron en la prensa, mientras se servían un copioso desayuno en el hotel, alguna noticia sobre el taxista paquistaní, pero en ninguna parte lo mencionaban. Después de desayunar salieron en busca de los periódicos sensacionalistas.
Tampoco allí encontraron nada.
Llamaron por teléfono a Norton, la cual ya no parecía tan enojada como la noche anterior. Le aseguraron que era urgente que se vieran esa tarde. Que tenían algo importante que decirle.
Norton les contestó que ella también tenía algo importante que decirles. Para matar el tiempo salieron a dar una vuelta por el barrio. Durante unos minutos se entretuvieron contemplando las ambulancias que entraban y salían del Middlesex Hospital, alucinando con cada enfermo y herido que ingresaba, en cada uno de los cuales creían ver los rasgos del paquistaní a quien habían triturado, hasta que se aburrieron y se fueron a pasear, con la conciencia más tranquila, por Charing Cross hasta el Strand. Se hicieron, como es natural, confidencias. Abrieron mutuamente sus corazones. Lo que más les preocupaba era que la policía los buscara y finalmente los atrapara.
– Antes de abandonar el taxi -confesó Espinoza- borré mis huellas con el pañuelo.
– Ya lo sé -dijo Pelletier-, te vi e hice lo mismo: borré mis huellas y las huellas de Liz.
Recapitularon, cada vez con menor énfasis, la concatenación de hechos que los arrastraron a pegarle, finalmente, al taxista.
Pritchard, sin duda. Y la Gorgona, esa Medusa inocente y mortal, segregada del resto de sus hermanas inmortales. Y la amenaza velada o no tan velada. Y los nervios. Y la ofensa de aquel patán ignorante. Echaron de menos un aparato de radio, para enterarse de los sucesos de última hora. Hablaron de la sensación que ambos sintieron mientras golpeaban el cuerpo caído. Una mezcla de sueño y deseo sexual. ¿Deseo de follar a aquel pobre desgraciado? ¡En modo alguno! Más bien, como si se estuvieran follando a sí mismos. Como si escarbaran en sí mismos. Con las uñas largas y las manos vacías. Aunque si uno tiene las uñas largas tampoco se puede decir que tenga necesariamente las manos vacías. Pero ellos, en esa especie de sueño, escarbaban y escarbaban, desgajando tejidos y destrozando venas y dañando órganos vitales. ¿Qué buscaban? No lo sabían.
Tampoco, a esas alturas, les interesaba.
Por la tarde vieron a Norton y le dijeron todo lo que sabían o temían de Pritchard. La Gorgona, la muerte de la Gorgona.
La mujer que explota. Ella los dejó hablar hasta que se les acabaron las palabras. Luego los tranquilizó. Pritchard era incapaz de matar una mosca, les dijo. Ellos pensaron en Anthony Perkins, que aseguraba ser incapaz de hacerle daño a una mosca y luego pasó lo que pasó, pero prefirieron no discutir y aceptaron, sin convencimiento, sus argumentos. Después Norton se sentó y les dijo que lo que no tenía explicación era lo que había pasado la noche anterior.
Le preguntaron, como para desviar su culpabilidad, si sabía algo del paquistaní. Norton dijo que sí. En el informativo local de una televisión había aparecido la noticia. Un grupo de amigos, probablemente la gente que ellos vieron salir de Garden Row, encontraron el cuerpo del taxista y llamaron a la policía.
Tenía cuatro costillas rotas, conmoción cerebral, la nariz partida y había perdido toda la parte superior de la dentadura. Ahora estaba en el hospital.
– La culpa fue mía -dijo Espinoza-, sus insultos me hicieron perder los nervios.
– Lo mejor será que dejemos de vernos durante un tiempo -dijo Norton-, tengo que pensar detenidamente en esto.
Pelletier estuvo de acuerdo, pero Espinoza siguió echándose la culpa: que Norton dejara de verlo a él le parecía justo, no así que dejara de ver a Pelletier.
– Basta ya de decir tonterías -le dijo Pelletier en voz baja, y Espinoza sólo entonces se dio cuenta de que, en efecto, estaba diciendo sandeces.
Esa misma noche volvieron a sus respectivas casas.
Al llegar a Madrid Espinoza sufrió una pequeña crisis nerviosa.
En el taxi que lo llevaba hasta su casa se puso a llorar, de forma discreta, tapándose los ojos con la mano, pero el taxista se dio cuenta de que lloraba y le preguntó qué le pasaba, si se sentía mal.
– Me siento bien -dijo Espinoza-, sólo un poco nervioso.
– ¿Es usted de aquí? -dijo el taxista.
– Sí -dijo Espinoza-, soy madrileño.
Durante un rato ambos permanecieron sin decir nada.
Luego el taxista volvió al ataque y le preguntó si le interesaba el fútbol. Espinoza dijo que no, que nunca le había interesado ni ese ni ningún otro deporte. Y añadió, como para no cortar de golpe la conversación, que anoche casi había matado a un hombre.
– No me diga -dijo el taxista.
– Pues sí -dijo Espinoza-, casi lo maté.
– ¿Y eso por qué? -dijo el taxista.
– Por un pronto -dijo Espinoza.
– ¿En el extranjero? -dijo el taxista.
– Sí -dijo Espinoza riéndose por primera vez-, fuera de aquí, fuera de aquí, y además el tipo tenía una profesión muy rara.
Pelletier, por el contrario, ni tuvo una pequeña crisis nerviosa ni habló con el taxista que lo llevó hasta su apartamento.
Al llegar se duchó y se preparó un poco de pasta italiana con aceite de oliva y queso. Luego revisó su correspondencia electrónica, contestó algunas cartas y se fue a la cama con una novela de un joven autor francés, más bien intrascendente pero divertida, y con una revista de estudios literarios. Al poco rato se durmió y tuvo el siguiente y extrañísimo sueño: estaba casado con Norton y vivían en una amplia casa, cerca de un acantilado desde el que se veía una playa llena de gente en bañador que tomaba el sol o practicaba la natación sin alejarse, por otra parte, demasiado de la orilla.
Los días eran breves. Desde su ventana veía, casi sin cesar, puestas de sol y amaneceres. En ocasiones Norton se acercaba a donde estaba él y le decía algo, pero sin trasponer jamás el umbral de la habitación. La gente de la playa siempre estaba allí.