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Como siempre, se metieron en un hotel y al despertar por la mañana la mexicana ya no estaba. Aquel día fue extraño.

Como si algo hubiera reventado dentro de él. Se quedó largo rato sentado en la cama, desnudo, con los pies apoyados en el suelo, intentando recordar algo impreciso. Al meterse en la ducha se dio cuenta de que tenía una marca debajo de la ingle.

Era como si alguien le hubiera succionado o puesto una sanguijuela en la pierna izquierda. El morado era grande como el puño de un niño. Lo primero que pensó fue que la puta le había hecho un chupón y trató de recordarlo, pero no pudo, las únicas imágenes que recordaba eran las de él encima de ella, las de sus piernas encima de sus hombros, y unas palabras vagas, indescifrables, que no supo si las pronunciaba él o la mexicana, probablemente algunas frases obscenas.

Durante unos días creyó que la había olvidado, hasta que una noche se descubrió a sí mismo buscándola por las calles de Madrid frecuentadas por putas o por la Casa de Campo. Una noche creyó verla y la siguió y le tocó el hombro. La mujer que se volvió era española y no se parecía en nada a la puta mexicana.

Otra noche, en un sueño, creyó recordar lo que ella le había dicho. Se dio cuenta de que estaba soñando, se dio cuenta de que el sueño iba a acabar mal, se dio cuenta de que la posibilidad de olvidar sus palabras eran altas y que tal vez eso fuera lo mejor, pero se propuso hacer todo lo posible para recordarlas después de despertar. Incluso, en medio del sueño, cuyo cielo se movía como un remolino en cámara lenta, intentó forzar un despertar abrupto, intentó encender la luz, intentó gritar y que su propio grito lo trajera de vuelta a la vigilia, pero las bombillas de su casa parecían haberse fundido y en vez de un grito sólo oyó un gemido lejano, como el de un niño o una niña o tal vez un animal refugiado en una habitación aislada.

Al despertar, por supuesto, no recordaba nada, sólo que había soñado con la mexicana y que ésta estaba de pie en medio de un largo pasillo mal iluminado y que él la observaba sin que ella se diera cuenta. La mexicana parecía leer algo en la pared, graffitis o mensajes obscenos escritos con rotulador que ella deletreaba lentamente, como si no supiera leer en silencio. Durante unos días siguió buscándola, pero luego se cansó y se acostó con una húngara, con dos españolas, con una gambiana, con una senegalesa y con una argentina. Nunca más volvió a soñar con ella y finalmente consiguió olvidarla.

El tiempo, que todo lo mitiga, terminó por borrar de sus conciencias el sentimiento de culpabilidad que el violento suceso de Londres les había inoculado. Un día volvieron a sus respectivos trabajos frescos como lechugas. Reanudaron sus escritos y sus conferencias con un vigor inusitado, como si la época de las putas hubiese sido un crucero de descanso por el Mediterráneo.

Aumentaron la frecuencia de sus contactos con Morini, a quien de alguna manera habían mantenido primero al margen de sus aventuras y luego, indisimuladamente, en el olvido. Encontraron al italiano un poco más desmejorado que de costumbre, pero igual de cálido, inteligente y discreto, lo que equivale a decir que el profesor de la Universidad de Turín no les hizo ni una sola pregunta, no los obligó a realizar ni una sola confidencia.

Una noche, con no poca sorpresa para ambos, Pelletier le dijo a Espinoza que Morini era como un premio. El premio que los dioses les concedían a ellos dos. Tal afirmación no tenía agarradero y argumentarla hubiera sido incursionar directamente en los pantanosos terrenos de la cursilería, pero Espinoza, que pensaba lo mismo, aunque con otras palabras, le dio de inmediato la razón. La vida volvía a sonreírles. Viajaron a algunos congresos. Disfrutaron de los placeres de la gastronomía. Leyeron y fueron leves. Todo lo que a su alrededor se había detenido y crujía y se oxidaba volvió a entrar en movimiento. La vida de los demás se hizo visible, aunque sin exageraciones. Los remordimientos desaparecieron como las risas en una noche de primavera.

Volvieron a llamar a Norton por teléfono.

Conmovidos aún por el reencuentro, Pelletier, Espinoza y Norton se dieron cita en un bar o en la cafetería mínima (liliputiense de verdad: dos mesas, y una barra en donde cabían, hombro con hombro, no más de cuatro clientes) de una heterodoxa galería sólo un poco más grande que el bar, que se dedicaba a la exhibición de cuadros pero también a la venta de libros usados y ropa usada y zapatos usados, cita en Hyde con Park Gate, muy cerca de la embajada de Holanda, país al que los tres dijeron admirar por su coherencia democrática.

Allí, según Norton, servían los mejores cócteles Margarita de todo Londres, algo que a Pelletier y Espinoza les traía sin cuidado aunque fingieron entusiasmarse. Por supuesto, eran los únicos clientes del establecimiento, cuyo único empleado o propietario daba toda la impresión, a aquella hora, de estar dormido o de haberse acabado de levantar, expresión que contrastaba con los semblantes de Pelletier y Espinoza, que pese a haberse levantado a las siete de la mañana y haber tomado un avión y haber tenido, cada uno por su lado, que soportar los respectivos retrasos de sus líneas aéreas, estaban frescos y lozanos, dispuestos a agotar un fin de semana londinense.

Al principio, eso es verdad, les costó hablar. Pelletier y Espinoza aprovecharon el silencio para observar a Norton: la encontraron tan bonita y atractiva como siempre. De vez en cuando su atención era atraída por los pasitos de hormiga del propietario de la galería, que descolgaba vestidos de un colgador y los llevaba hacia una habitación en el fondo, de donde volvía a salir con vestidos idénticos o muy similares, que depositaba en el sitio donde habían estado colgados los otros.

El mismo silencio, que no incomodaba a Pelletier y Espinoza, a Norton le resultaba abrumador y la empujó a relatar, con rapidez y algo de ferocidad, sus actividades docentes durante el período de tiempo en que no se habían visto. El tema era aburrido y pronto se agotó, lo que llevó a Norton a comentar todo lo que había hecho el día anterior y el anterior al anterior, pero una vez más se quedó sin nada que decir. Durante un rato, sonriendo como ardillas, los tres se dedicaron a los Margarita, pero el silencio empezó a hacerse cada vez más insoportable, como si en su interior, en el interregno de silencio, se estuvieran formando lentamente las palabras que se laceran y las ideas que laceran, lo que no es un espectáculo o una danza digna de contemplar con displicencia. Por lo que Espinoza consideró pertinente evocar un viaje a Suiza, un viaje en el que Norton no había participado y por lo tanto el relato tal vez consiguiera distraerla.

En su evocación Espinoza no excluyó ni las ordenadas ciudades ni los ríos que invitaban al estudio ni las laderas en primavera cubiertas de un vestido verde. Y luego habló de un viaje en tren, concluido ya el trabajo que había reunido allí a los tres amigos, hacia la campiña, hacia uno de los pueblos a medio camino entre Montreaux y las estribaciones de los Alpes berneses, en donde contrataron un taxi que los llevó, siguiendo una senda zigzagueante, pero escrupulosamente asfaltada, hacia una clínica de reposo que ostentaba el nombre de un político o un financiero suizo de finales del siglo XIX, la Clínica Auguste Demarre, inobjetable nombre tras el cual se escondía un civilizado y discreto manicomio.

La idea de ir a semejante lugar no era de Pelletier ni de Espinoza, sino de Morini, que vaya uno a saber cómo se había enterado de que allí vivía un pintor al que el italiano reputaba como uno de los más inquietantes de finales del siglo XX. O no. Tal vez el italiano no había dicho eso. En cualquier caso el nombre de este pintor era Edwin Johns y se había cortado la mano derecha, la mano con la que pintaba, la había embalsamado y la había pegado a una especie de autorretrato múltiple.

– ¿Cómo es que nunca me contasteis esta historia? -lo interrumpió Norton.

Espinoza se encogió de hombros.

– Creo que te la conté -dijo Pelletier.

Aunque al cabo de pocos segundos se dio cuenta de que efectivamente no se la había contado.

Norton, para sorpresa de todos, lanzó una risotada impropia de ella y pidió otro Margarita. Durante un rato, lo que tardó el propietario, que seguía descolgando y colgando vestidos, en llevarles los cócteles, los tres permanecieron en silencio.