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La casualidad, si me permite el símil, es como Dios que se manifiesta cada segundo en nuestro planeta. Un Dios incomprensible con gestos incomprensibles dirigidos a sus criaturas incomprensibles. En ese huracán, en esa implosión ósea, se realiza la comunión. La comunión de la casualidad con sus rastros y la comunión de sus rastros con nosotros.

Entonces, justo entonces, Espinoza y también Pelletier oyeron o intuyeron que Morini formulaba en voz baja la pregunta que había ido a hacer, adelantando el torso hacia adelante, en una postura que los hizo temer que se fuera a caer de la silla de ruedas.

– ¿Por qué se mutiló?

El rostro de Morini parecía atravesado por las últimas luces que rodaban por el parque del manicomio. Johns lo escuchó imperturbable. Por su actitud se hubiera dicho que sabía que el hombre de la silla de ruedas había ido a visitarlo para buscar, como tantos otros antes que él, una respuesta. Entonces Johns sonrió y formuló a su vez otra pregunta.

– ¿Va usted a publicar esta entrevista?

– De ningún modo -dijo Morini.

– ¿Entonces qué sentido tiene preguntarme una cosa así?

– Deseo escuchárselo decir a usted -susurró Morini.

Con un gesto que a Pelletier le pareció lento y ensayado, Johns levantó la mano derecha y la sostuvo a pocos centímetros de la cara expectante de Morini.

– ¿Usted cree parecerse a mí? -dijo Johns.

– No, yo no soy un artista -respondió Morini.

– Yo tampoco soy un artista -dijo Johns-. ¿Usted cree parecerse a mí?

Morini movió la cabeza de un lado a otro y su silla de ruedas también se movió. Durante unos segundos Johns lo miró con una leve sonrisa dibujada en sus labios finísimos y sin sangre.

– ¿Por qué cree usted que lo hice? -preguntó.

– No lo sé, sinceramente no lo sé -dijo Morini mirándolo a los ojos.

El italiano y el inglés estaban ahora rodeados de penumbra.

La enfermera hizo el gesto de levantarse para encender las luces, pero Pelletier se llevó un dedo a los labios y no la dejó. La enfermera volvió a sentarse. Los zapatos de la enfermera eran blancos. Los zapatos de Pelletier y Espinoza eran negros. Los zapatos de Morini eran marrones. Los zapatos de Johns eran blancos y estaban hechos para correr grandes distancias, ya fuera en el pavimento de las calles de una ciudad como a campo través. Eso fue lo último que vio Pelletier, el color de los zapatos y su forma y su quietud, antes de que la noche los sumergiera en la nada fría de los Alpes.

– Le diré por qué lo hice -dijo Johns, y por primera vez su cuerpo abandonó la rigidez y el porte erguido, marcial, y se inclinó y se acercó a Morini y le dijo algo al oído.

Luego se levantó y se acercó a Espinoza y le dio la mano muy correctamente y luego hizo lo mismo con Pelletier y luego abandonó el pabellón y la enfermera salió detrás de él.

Al encender la luz, Espinoza les hizo notar, por si no se habían dado cuenta, que Johns no le había estrechado la mano a Morini ni al principio ni al final de la entrevista. Pelletier contestó que él sí se había dado cuenta. Morini no dijo nada. Al cabo de un rato llegó la primera enfermera y los acompañó a la salida. Mientras caminaban por el parque les dijo que un taxi los estaba esperando en la entrada.

El taxi los condujo hasta Montreaux, en donde pasaron la noche en el Hotel Helvetia. Los tres estaban muy cansados y decidieron no salir a cenar. Al cabo de un par de horas, sin embargo, Espinoza llamó a la habitación de Pelletier y le dijo que tenía hambre, que iba a salir a dar una vuelta a ver si encontraba algo abierto. Pelletier le dijo que lo esperara, que él lo acompañaría.

Cuando se encontraron en el lobby Pelletier le preguntó si había llamado a Morini.

– Lo hice -dijo Espinoza-, pero nadie contesta al teléfono.

Decidieron que el italiano ya debía de estar durmiendo.

Esa noche llegaron tarde al hotel y un poco achispados. A la mañana siguiente fueron a buscar a Morini a su habitación y no lo hallaron. El recepcionista del hotel les dijo que el cliente Piero Morini había cancelado su cuenta y abandonado el establecimiento a las doce de la noche del día anterior (mientras Pelletier y Espinoza cenaban en un restaurante italiano), según constaba en el ordenador. A esa hora había bajado a la recepción y ordenado que le llamaran a un taxi.

– ¿Se marchó a las doce de la noche? ¿Adónde?

El recepcionista, naturalmente, no lo sabía.

Esa mañana, tras asegurarse de que Morini no estaba en ningún hospital de Montreaux y sus alrededores, Pelletier y Espinoza se fueron en tren hasta Ginebra. Desde el aeropuerto de Ginebra telefonearon a casa de Morini en Turín. Sólo oyeron el contestador automático, al que ambos insultaron efusivamente.

Después cada uno tomó un avión hacia sus respectivas ciudades.

Nada más llegar a Madrid Espinoza telefoneó a Pelletier.

Éste, que ya hacía una hora que estaba instalado en su casa, le dijo que no había ninguna novedad respecto a Morini. Durante todo el día, tanto Espinoza como Pelletier estuvieron dejando breves mensajes cada vez más resignados en el contestador del italiano. Al segundo día se pusieron nerviosos de verdad e incluso jugaron con la idea de volar de inmediato a Turín y, caso de no encontrar a Morini, poner el asunto en manos de la justicia. Pero no quisieron precipitarse ni hacer el ridículo y se quedaron quietos.

El tercer día fue idéntico al segundo: llamaron a Morini, se llamaron entre ellos, sopesaron diversas formas de actuación, sopesaron la salud mental de Morini, su grado innegable de madurez y sentido común, y no hicieron nada. Al cuarto día Pelletier llamó directamente a la Universidad de Turín. Habló con un joven austriaco que trabajaba temporalmente en el departamento de alemán. El austriaco no tenía idea de dónde podía hallarse Morini. Le pidió que se pusiera al aparato la secretaria del departamento. El austriaco le informó de que la secretaria había salido a desayunar y todavía no había vuelto.

Pelletier llamó de inmediato a Espinoza y le contó la llamada telefónica con lujo de detalles. Espinoza le dijo que lo dejara probar suerte a él.

Esta vez no contestó al teléfono el austriaco sino un estudiante de filología alemana. El alemán del estudiante, sin embargo, no era óptimo, por lo que Espinoza se puso a hablar con él en italiano. Preguntó si la secretaria del departamento había vuelto. El estudiante le contestó que estaba solo, que todos, por lo visto, se habían marchado a desayunar y que no había nadie en el departamento. Espinoza quiso saber a qué hora desayunaban en la Universidad de Turín y cuánto solía durar un desayuno.

El estudiante no entendió el deficiente italiano de Espinoza y éste tuvo que repetir la pregunta dos veces más, hasta ponerse un poco ofensivo.

El estudiante le dijo que él, por ejemplo, no desayunaba casi nunca, pero que eso no significaba nada, que cada persona tenía gustos diferentes. ¿Lo entendía o no lo entendía?

– Lo entiendo -dijo Espinoza haciendo rechinar los dientes -, pero es necesario que hable con alguna persona responsable del departamento.

– Hable conmigo -dijo el estudiante.

Espinoza entonces le preguntó si el doctor Morini había faltado a alguna de sus clases.

– A ver, déjeme pensar -dijo el estudiante.

Y luego Espinoza oyó que alguien, el mismo estudiante, susurraba Morini… Morini… Morini, con una voz que no parecía la suya sino más bien la voz de un mago, o más concretamente, la voz de una maga, una adivina de la época del Imperio Romano, una voz que llegaba como el goteo de una fuente de basalto pero que no tardaba en crecer y desbordarse con un ruido ensordecedor, el ruido de miles de voces, el estruendo de un gran río salido de cauce que contiene, cifrado, el destino de todas las voces.

– Ayer tenía que dar una clase y no vino -dijo el estudiante después de reflexionar.

Espinoza le dio las gracias y colgó. A media tarde llamó una vez más al domicilio de Morini y luego a Pelletier. No había nadie en ninguna de las dos casas y se tuvo que resignar a dejar sendos mensajes en el contestador automático. Luego se puso a meditar. Pero sus pensamientos sólo llegaron a lo que acababa de ocurrir, el pasado estricto, el pasado que ilusoriamente es casi presente. Recordó la voz del contestador de Morini, es decir la voz grabada del propio Morini que avisaba escueta pero educadamente que aquél era el número de Piero Morini y que procediera a dejar un mensaje, y la voz de Pelletier que en lugar de decir que aquél era el teléfono de Pelletier repetía su propio número, para que no cupiera duda, y luego instaba a quien llamaba a decir su nombre y dejar su número telefónico con la vaga promesa de llamarlo después.