Esa noche Pelletier llamó a Espinoza y decidieron de común acuerdo, tras despejarse mutuamente los presagios que pendían sobre ambos, dejar pasar unos días, no caer en un histerismo barato y recordar constantemente que, hiciera lo que hiciera, Morini era muy libre de hacerlo y en ese punto ellos nada podían (ni debían) hacer para evitarlo. Aquella noche, por primera vez desde que habían vuelto de Suiza, pudieron dormir tranquilos.
A la mañana siguiente ambos partieron hacia sus respectivas ocupaciones con el cuerpo descansado y el espíritu sereno, aunque a las once de la mañana, poco antes de salir a almorzar con unos colegas, Espinoza no se resistió y volvió a llamar al departamento de alemán de la Universidad de Turín, con el resultado estéril ya conocido. Más tarde Pelletier lo llamó desde París y le consultó sobre la conveniencia o no de poner a Norton al corriente.
Sopesaron los pros y los contras y decidieron resguardar la intimidad de Morini tras un velo de silencio al menos hasta que supieran algo más concreto acerca de él. Dos días después, casi como un acto reflejo, Pelletier llamó al piso de Morini y esta vez alguien descolgó el teléfono. Las primeras palabras de Pelletier expresaron el asombro que experimentó al oír la voz de su amigo al otro lado de la línea.
– No es posible -gritó Pelletier-, cómo es posible, es imposible.
La voz de Morini sonaba igual que siempre. Luego vinieron las felicitaciones, el alivio, el despertar de un sueño no sólo malo sino también incomprensible. En medio de la conversación Pelletier le dijo que tenía que avisar a Espinoza inmediatamente.
– ¿No te vas a mover de allí? -preguntó antes de colgar.
– ¿Adónde quieres que vaya? -dijo Morini.
Pero Pelletier no llamó a Espinoza sino que se sirvió un vaso de whisky y se dirigió a la cocina y luego al baño y luego a su estudio, dejando encendidas todas las luces de la casa. Sólo después llamó a Espinoza y le contó que había encontrado a Morini sano y salvo y que acababa de hablar con él por teléfono, pero que ya no podía seguir hablando. Tras colgar se bebió otro whisky. Media hora más tarde lo llamó Espinoza desde Madrid. En efecto, Morini estaba bien. No quiso decirle dónde se había metido durante aquellos días. Dijo que necesitaba descansar.
Aclararse las ideas. Según Espinoza, que no había querido abrumarlo con preguntas, Morini daba la impresión de querer ocultar algo. ¿Pero qué?, Espinoza no tenía ni la más remota idea.
– En realidad sabemos muy poco de él -dijo Pelletier, que empezaba a hartarse de Morini, de Espinoza, del teléfono.
– ¿Le preguntaste por el estado de su salud? -dijo Pelletier.
Espinoza dijo que sí y que Morini le había asegurado que estaba perfectamente.
– Ya nada podemos hacer -concluyó Pelletier con un tono de tristeza que no le pasó desapercibido a Espinoza.
Poco después colgaron y Espinoza cogió un libro y trató de leer, pero no pudo.
Norton entonces les dijo, mientras el empleado o el propietario de la galería seguía descolgando y colgando vestidos, que durante aquellos días en que desapareció, Morini había estado en Londres.
– Los dos primeros días los pasó solo, sin telefonearme ni una sola vez.
Cuando lo vi me dijo que se había dedicado a visitar museos y a pasear sin rumbo determinado por barrios desconocidos de la ciudad, barrios que vagamente recordaba de los cuentos de Chesterton pero que ya nada tenían que ver con Chesterton aunque la sombra del padre Brown aún perdurara en ellos, de una forma no confesional, dijo Morini, como si pretendiera desdramatizar hasta el hueso su errancia solitaria por la ciudad, pero la verdad es que ella más bien se lo imaginaba encerrado en el hotel, con las cortinas descorridas, observando hora tras hora un paisaje mezquino de traseras de edificios y leyendo.
Después la llamó por teléfono y la invitó a comer.
Naturalmente, Norton se alegró de oírlo y de saberlo en la ciudad y a la hora oportuna apareció por la recepción, en donde Morini, sentado en su silla de ruedas, con un paquete sobre el regazo, capeaba con paciencia y desinterés el tráfico de clientes y visitas que convulsionaba el lobby con un muestrario móvil de maletas, rostros cansados, perfumes que seguían a los cuerpos como meteoritos, la actitud hierática y ansiosa de los botones, las ojeras filosóficas del jefe titular o suplente de la recepción acompañado siempre por un par de auxiliares que emanaban frescura, la misma frescura pronta al sacrificio que despedían (en forma de carcajadas fantasmas) algunas jóvenes y que Morini, por delicadeza, prefería no ver. Al llegar Norton se marcharon a un restaurante en Notting Hill, un restaurante brasileño y vegetariano que ella acababa de conocer.
Cuando Norton supo que Morini llevaba ya dos días en Londres le preguntó qué demonios había estado haciendo y por qué diablos no la había llamado. Morini le dijo entonces lo de Chesterton, dijo que se había dedicado a pasear, alabó las disposiciones urbanas para el buen tránsito de los minusválidos, todo lo contrario que Turín, una ciudad llena de obstáculos para las sillas de ruedas, dijo que había estado en algunas librerías de viejo, que había comprado algunos ejemplares que no nombró, mencionó dos visitas a la casa de Sherlock Holmes, Baker Street era una de sus calles preferidas, una calle que para él, un italiano de mediana edad, culto y baldado y lector de novelas policiacas, estaba fuera del tiempo o más allá del tiempo, amorosamente (aunque la palabra no era amorosa sino primorosa) preservada en las páginas del doctor Watson. Después fueron a casa de Norton y entonces Morini le entregó el regalo que le había comprado, un libro sobre Brunelleschi, con excelentes fotografías de fotógrafos de cuatro nacionalidades diferentes sobre los mismos edificios del gran arquitecto del Renacimiento.
– Son interpretaciones -dijo Morini-. El mejor es el francés -dijo-. El que menos me gusta es el americano. Demasiado aparatoso. Con demasiadas ganas de descubrir a Brunelleschi.
De ser Brunelleschi. El alemán no está mal, pero el mejor, creo, es el francés, ya me dirás tú qué opinas.
Aunque nunca había visto el libro, que en el papel y la encuadernación ya era una joya por sí mismo, a Norton le pareció que había algo familiar en él. Al día siguiente se encontraron delante de un teatro. Morini tenía dos entradas, que había comprado en el hotel, y vieron una comedia mala, vulgar, que los hizo reír, a Norton más que a Morini, quien perdía el sentido de algunas frases dichas en argot londinense. Esa noche cenaron juntos y cuando Norton quiso saber qué había hecho Morini durante el día éste le confesó que visitar Kensington Gardens y los Jardines Italianos de Hyde Park y pasear sin rumbo fijo, aunque Norton, sin saber por qué, más bien se lo imaginó quieto en el parque, a veces estirando el cuello para divisar algo que se le escapaba, las más de las veces con los ojos cerrados, fingiendo dormir. Mientras cenaban Norton le explicó las cosas que no había entendido de la comedia. Sólo entonces Morini se dio cuenta de que la comedia era más mala de lo que creía. Su aprecio por el trabajo de los actores, sin embargo, subió mucho y de vuelta en su hotel, mientras se desnudaba parcialmente, sin bajar aún de la silla de ruedas, delante del televisor apagado que lo reflejaba a él y la habitación como figuras espectrales de una obra de teatro que la prudencia y el miedo aconsejaban no montar jamás, concluyó que tampoco la comedia era tan mala, que había estado bien, él también se había reído, los actores eran buenos, las butacas cómodas, el precio de las entradas no excesivamente caro.
Al día siguiente le dijo a Norton que tenía que marcharse.
Norton lo fue a dejar al aeropuerto. Mientras esperaban Morini, adoptando un tono de voz casual, le dijo que creía saber por qué Johns se había cercenado la mano derecha.