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En el lobby del hotel encontró a un recepcionista y a un policía. El Cerdo sacó su identificación como alto funcionario del gobierno y luego subió con el policía a una habitación del tercer piso. Allí había dos policías más y un viejo alemán que estaba sentado en la cama, despeinado, vestido con una camiseta gris y pantalones vaqueros, descalzo, como si la llegada de la policía lo hubiera sorprendido durmiendo. Evidentemente el alemán, pensó el Cerdo, dormía vestido. Uno de los policías estaba mirando la tele. El otro fumaba reclinado en la pared. El policía que llegó con el Cerdo apagó la tele y les dijo que lo siguieran.

El policía que estaba reclinado sobre la pared pidió explicaciones, pero el policía que había subido con el Cerdo le dijo que mantuviera la boca cerrada. Antes de que los policías abandonaran la habitación el Cerdo preguntó, en alemán, si le habían robado algo. El viejo dijo que no. Querían dinero, pero no habían robado nada.

– Eso está bien -dijo el Cerdo en alemán-, parece que estamos mejorando.

Luego preguntó a los policías a qué comisaría estaban adscritos y los dejó marchar. Cuando los policías se hubieron ido el Cerdo se sentó junto a la tele y le dijo que lo sentía. El viejo alemán se levantó de la cama sin decir nada y se metió en el lavabo.

Era enorme, le escribió el Cerdo a Alatorre. Casi dos metros.

O un metro noventaicinco. En cualquier caso: enorme e imponente. Cuando el viejo salió del baño el Cerdo se dio cuenta de que ahora estaba calzado y le preguntó si le apetecía salir a dar una vuelta por el DF o ir a tomar algo.

– Si tiene sueño -añadió-, dígamelo y me marcharé de inmediato.

– Mi avión sale a las siete de la mañana -dijo el viejo.

El Cerdo miró el reloj, eran las dos de la mañana pasadas, y no supo qué decir. Él, como Alatorre, conocía apenas la obra literaria del viejo, sus libros traducidos al español se publicaban en España y llegaban tarde a México. Hacía tres años, cuando dirigía una editorial, antes de convertirse en uno de los dirigentes culturales del nuevo gobierno, intentó publicar Los bajos fondos de Berlín, pero los derechos ya los tenía una editorial de Barcelona. Se preguntó cómo, quién le había dado al viejo su número de teléfono. Plantearse la pregunta, una pregunta que no pensaba responder de ninguna manera, ya lo hizo feliz, lo llenó de una felicidad que en cierta forma lo justificaba como persona y como escritor.

– Podemos salir -dijo-, yo estoy dispuesto.

El viejo se puso una chaqueta de cuero sobre la camiseta gris y lo siguió. Lo llevó a la plaza Garibaldi. Cuando llegaron no había mucha gente, la mayoría de los turistas había regresado a sus hoteles y sólo quedaban borrachos y noctámbulos, gente que iba a cenar y corros de mariachis que hablaban del último partido de fútbol. Por las bocacalles de la plaza se deslizaban sombras que en ocasiones se detenían y los escrutaban.

El Cerdo se tanteó la pistola que desde que trabajaba en el gobierno solía llevar. Entraron en un bar y el Cerdo pidió tacos de carnita. El viejo bebió tequila y él se conformó con una cerveza.

Mientras el viejo comía el Cerdo se puso a pensar en los cambios que da la vida. Menos de diez años atrás, si él hubiera entrado en ese mismo bar y se hubiera puesto a hablar en alemán con un viejo larguirucho como aquél, no habría faltado alguien que lo insultara o se sintiera, por los motivos más peregrinos, ofendido. La pelea inminente, entonces, hubiera acabado con el Cerdo pidiendo disculpas o dando explicaciones e invitando a una ronda de tequilas. Ahora nadie se metía con él, como si el hecho de llevar una pistola debajo de la camisa o trabajar en un alto puesto en el gobierno fuera un aura de santidad que los matones y los borrachos eran capaces de percibir desde lejos. Pinches mamones cobardes, pensó el Cerdo. Me huelen, me huelen y se cagan en los pantalones. Luego se puso a pensar en Voltaire (¿por qué Voltaire, chingados?) y luego se puso a pensar en una vieja idea que le rondaba desde hacía un tiempo por la cabeza, la de pedir una embajada en Europa, o al menos una agregaduría cultural, aunque con las conexiones que él tenía lo menos que podían darle era una embajada. Lo malo es que en una embajada sólo iba a tener un salario, el salario de embajador. Mientras el alemán comía el Cerdo puso sobre la balanza los pros y los contras de ausentarse de México.

Entre los pros se hallaba, sin duda, el poder retomar su trabajo como escritor. Le seducía la idea de vivir en Italia o cerca de Italia y pasar largas temporadas en la Toscana y en Roma escribiendo un ensayo sobre Piranesi y sus cárceles imaginarias, que él veía extrapoladas, más que en las cárceles mexicanas, en el imaginario y en la iconografía de algunas cárceles mexicanas.

Entre los contras estaba, sin duda, la lejanía física del poder.

Alejarse del poder nunca es bueno, eso lo había descubierto muy temprano, antes de acceder al poder real, cuando dirigía la editorial que intentó publicar a Archimboldi.

– Oiga -le dijo de pronto-, ¿no se decía que a usted no lo había visto nadie?

El viejo lo miró y le sonrió educadamente.

Esa misma noche, después de que Pelletier, Espinoza y Norton volvieran a escuchar de labios de Alatorre la historia del alemán, llamaron por teléfono a Almendro, alias el Cerdo, quien no opuso ningún reparo en relatarle a Espinoza lo que en líneas generales Alatorre ya les había contado. La relación entre éste y el Cerdo era, en cierta manera, una relación maestroalumno o una relación hermano mayor-hermano menor, de hecho había sido el Cerdo quien le consiguió la beca en Toulouse a Alatorre, lo que de alguna manera clarificaba el grado de aprecio que el Cerdo sentía por su hermanito, pues en su poder estaba el conseguir becas más vistosas y en parajes más prestigiosos, para no hablar de una agregaduría cultural en Atenas o en Caracas, que sin ser mucho son algo y que Alatorre hubiera agradecido de corazón, aunque tampoco, en honor a la verdad, le hizo ascos a la bequita en Toulouse. Para la próxima, estaba seguro, el Cerdo sería más munificiente con él. Almendro, por su parte, no había cumplido aún los cincuenta años y su obra, fuera de las fronteras del DF, era inconmensurablemente desconocida. Pero en el DF, y en algunas universidades norteamericanas, todo hay que decirlo, su nombre era familiar, incluso excesivamente familiar. ¿De qué manera, pues, Archimboldi, suponiendo que aquel viejo alemán fuera en verdad Archimboldi y no un bromista, se hizo con su teléfono? Según creía el Cerdo, el teléfono se lo había proporcionado su editora alemana, la señora Bubis. Espinoza le preguntó, no sin cierta perplejidad, si conocía él a la insigne dama.

– Por supuesto -dijo el Cerdo-, estuve en una fiesta en Berlín, en una charreada cultural con algunos editores alemanes y allí nos presentaron.

«¿Qué demonios es una charreada cultural?», escribió Espinoza en un papel que vieron todos y que sólo Alatorre, a quien iba dirigido, atinó a descifrar.

– Le debí de dar mi tarjeta -dijo el Cerdo desde el DF.

– Y en su tarjeta iba su número de teléfono particular.

– Así es -dijo el Cerdo-. Le debí de dar mi tarjeta A, en la tarjeta B sólo está el número del teléfono de la oficina. Y en la tarjeta C sólo está el número del teléfono de mi secretaria.

– Entiendo -dijo Espinoza armándose de paciencia.

– En la tarjeta D no hay nada, está en blanco, sólo mi nombre y nada más -dijo el Cerdo riéndose.

– Ya, ya -dijo Espinoza-, en la tarjeta D sólo su nombre.

– Eso -dijo el Cerdo-, sólo mi nombre y punto. Ni número de teléfono ni oficio ni calle donde vivo ni nada, ¿entiende?

– Lo entiendo -dijo Espinoza.

– A la señora Bubis le di, obviamente, la tarjeta A.

– Y ella se la debió de dar a Archimboldi -dijo Espinoza.

– Correcto -dijo el Cerdo.