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El corto tramo de playa entre el restaurante en una punta del paseo y las rocas de granito en la otra, estaba casi vacío: lejos, a la izquierda, tres pescadores cargaban una chalupa con redes color marrón alga directamente al pie de la acera una mujer de cierta edad con un vestido a lunares y un tricornio de papel en la cabeza (EX REY VISTO) estaba sentada sobre los guijarros tejiendo, de espaldas a la calle. Tenía las piernas vendadas extendidas sobre la arena; a un lado había un par de pantuflas de tapicería y al otro un ovillo de lana roja, cuyo hilo conductor tironeaba de vez en cuando con la sacudida inmemorial del codo característica de la tejedora zemblana para hacer girar el ovillo y aflojar la hebra. Por último, en la acera una niñita de falda abullonada evolucionaba en sus patines con enérgico estruendo pero torpemente. ¿Un enano de las fuerzas policiales podía hacerse pasar por una niña con trencitas?

A la espera de que la pareja rusa se retirara, el Rey se detuvo junto al banco. El hombre de la cara de mosaico dobló el periódico y un segundo antes de que hablara (en el intervalo neutral entre la nube de humo y la detonación), el Rey supo que era Odón. -Es todo lo que se podía hacer en tan poco tiempo -dijo Odón, tironeando de su mejilla para mostrar cómo la película semitransparente de diversos colores se pegaba a su cara, modificando los contornos según la tensión-. Una persona bien educada -añadió- normalmente no examina de muy cerca a un pobre tipo desfigurado.

- Buscaba a los shpiks(policías de civil) -dijo el Rey.

- Han estado patrullando el muelle todo el día. Ahora están cenando.

- Tengo hambre y sed -dijo el Rey.

- Hay algo en el barco. Espere a que desaparezcan los rusos. De la niña podemos despreocuparnos.

- ¿Y la mujer de la playa?

- Es el joven Barón Mandevil, el tipo que tuvo el duelo el año pasado. Ahora vamos.

- ¿No podríamos llevarlo también?

- No vendría, tiene mujer y un niño pequeño. Vamos, Charlie, vamos, Su Majestad.

- Era mi paje de trono el Día de la Coronación. -Así, charlando, llegaron a las grutas Rippleson. Espero que el lector haya disfrutado de esta nota.

Verso 162: con su pura lengua, etc.

Es esta una manera singularmente indirecta de describir el tímido beso de una muchacha campesina; pero todo el pasaje es muy barroco. Mi propia infancia fue demasiado feliz y sana para contener nada remotamente parecido a los desvanecimientos que sufrió Shade. En su caso debe de haber sido una forma benigna de epilepsia, un descarrilamiento de los nervios en el mismo lugar, en la misma curva de los rieles, cada día, durante varias semanas, hasta que la naturaleza reparó los daños. ¿Quién puede olvidar las caras bonachonas, brillantes de sudor, de los ferroviarios con su pecho de cobre, apoyados en sus palas y siguiendo con la vista las ventanas del gran expreso que se desliza cautelosamente?

Verso 167: Hubo un tiempo, etc.

El poeta empezó el Canto Segundo (en la catorzava ficha) el 5 de julio, día en que cumplía sesenta años (véase nota al verso 181, "Hoy"). Me equivoco: sesenta y uno.

Verso 169: la supervivencia después de la muerte

Véase nota al verso 549.

Verso 171: una gran conspiración

Durante casi un año entero, después de la fuga del Rey, los extremistas siguieron convencidos de que él y Odón no habían salido de Zembla. El error sólo puede atribuirse a la vena de estupidez que fatalmente corre en la tiranía más competente. Los aparatos aéreos y todo lo relacionado con ellos obraron como un maleficio en las mentes de nuestros nuevos gobernantes a quienes la amable historia había ofrecido bruscamente una caja llena de esos artefactos zumbantes que suben verticaímente para que se divirtieran con ellos. Que un fugitivo importante utilizara para escapar otra vía que la aérea les parecía inconcebible. En pocos minutos, después que el Rey y el actor hubieron bajado precipitadamente las escaleras traseras del Teatro Real, no quedó ala en el cielo y en la tierra que no fuera censada, tal era la eficacia del Gobierno. Durante las semanas siguientes no se autorizó el despegue de ningún avión privado o comercial, y la inspección de los pasajeros en tránsito se hizo tan rigurosa y larga que las líneas internacionales decidieron cancelar las paradas en Onhava. Hubo algunos muertos. Un globo rojo fue derribado con entusiasmo y el aeronauta (un meteorólogo bien conocido) se ahogó en el Golfo de la Sorpresa. Un piloto de una base lapona que volaba en misión de socorro, se perdió en la niebla y fue tan violentamente acosado por los bombarderos zemblanos que tuvo que aterrizar en el pico de una montaña. Se podría encontrar una excusa a todo esto. La ilusión de la presencia del Rey en los yermos de Zembla fue mantenida por los conspiradores realistas que incitaban a regimientos enteros a buscar en las montañas y los bosques de nuestra abrupta península. El Gobierno gastó una cantidad absurda de energía en registrar a los cientos de impostores amontonados en las cárceles del país. La mayoría de ellos se las arregló para recobrar la libertad; unos pocos, ay, cayeron. Después, en la primavera del año siguiente, llegó del extranjero una noticia pasmosa. El actor zemblano Odón estaba dirigiendo un film en París.

Se conjeturó entonces correctamente que si Odón había huido, también el Rey había huido. En una sesión extraordinaria del Gobierno extremista pasó de mano en mano, en un silencio consternado, un ejemplar de un periódico francés con el titular: ¿EL EX REY DE ZEMBLA EN PARÍS? La exasperación vindicativa más que la estrategia de Estado impulsó a la organización secreta, de la que Gradus era un oscuro miembro, a tramar la destrucción del fugitivo real. ¡Matones despreciables! Se los puede comparar a esos gamberros que se mueren por torturar al invulnerable caballero cuyo testimonio los ha enviado a la cárcel de por vida. Se sabe que esa clase de condenados se vuelven locos furiosos a la sola idea de que la evasiva víctima cuyos testículos quisieran retorcer y desgarrarlos con sus uñas, está sentada debajo de una pérgola en alguna isla soleada, o acariciando entre sus rodillas a alguna joven y linda criatura en serena seguridad… ¡y burlándose de ellos! Es de suponer que no hay peor infierno que la rabia impotente que sienten cuando los inunda la certeza de esa dulce e implacable alegría y destruye lentamente sus cerebros de brutos. Un grupo de extremistas especialmente fervorosos que se habían aplicado a sí mismos el nombre de Sombras se habían reunido, jurado perseguir al Rey y matarlo donde quiera que estuviese. Eran en cierto sentido las sombras gemelas de los carlistas y en realidad varios tenían primos o incluso hermanos entre los seguidores del Rey. Sin duda, el origen de cada grupo está en los diversos ritos violentos de las fraternidades estudiantiles y de los círculos militares, y su desarrollo puede estudiarse en términos de modas y antimodas; pero en tanto que un historiador objetivo asocia con el carlismo un prestigio romántico y noble, el grupo que es su sombra nos sorprende como algo definitivamente gótico y odioso. La grotesca figura de Gradus, cruza de murciélago y cangrejo, no era mucho más extraña que muchas Sombras, como por ejemplo, Nodo, el medio hermano epiléptico de Odón que trampeaba con los naipes, o un Mandevil loco que había perdido una pierna tratando de fabricar antimateria. Gradus era desde hacía mucho tiempo miembro de toda clase de anémicas organizaciones de izquierda. Nunca había matado, aunque hubiese estado a punto de hacerlo varias veces en su opaca vida. Sostuvo más tarde que cuando resultó designado para descubrir las huellas del Rey y asesinarlo, la elección fue decidida mediante un juego de naipes… pero no olvidemos que habían sido barajados y distribuidos por Nodo. Quizá el origen extranjero de nuestro hombre fue secretamente lo que determinó una candidatura que no expusiera a ningún hijo de Zembla al deshonor de un verdadero regicidio. Podemos imaginar bien la escena: la lúgubre luz de neón del laboratorio en un anexo de la fábrica de vidrio donde las Sombras se reunían aquella noche; el as de pique en el suelo embaldosado; la vodka servida en tubos de ensayo; las muchas manos que palmeaban la espalda redonda de Gradus y la sombría exaltación del hombre al recibir esas felicitaciones bastante traidoras. Situamos ese momento fatídico a las 0h. 05, del 2 de julio de 1959, que resulta ser también la fecha en que un inocente poeta escribió los primeros versos de su último poema.