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ARBENIN. - Te has puesto triste.

NINA. - Yo sólo digo que tú no me amas.

ARBENIN. - ¡Nina!

NINA. - ¿Qué hay?

ARBENIN. - Escucha. El destino nos ha unido para siempre... Ni tú ni yo podemos juzgar si es un error tal vez. (Atrayéndola, trata de sentarla sobre sus rodillas y besarla). Eres joven de alma y de cuerpo. En el enorme libro de la vida, tú has leído únicamente la portada, y ante ti se descubre un mar de felicidad y de maldad. Marchas por cualquier camino con esperanzas y sueños. Más adelante todo te espera. El pasado de tu vida es una página blanca. Sin conocer tu corazón ni el mío te has entregado y me amas; yo te creo. Pero amas jugando ligeramente con los sentimientos y haciendo travesuras como una niña. Yo amo de otra manera; yo he visto todo, he adivinado todo y todo he comprendido y conocido. He amado con frecuencia, más a menudo he odiado y más que nada he sufrido. Al principio todo lo he deseado, luego lo he despreciado; a veces yo mismo no me he comprendido y otras veces el mundo a mí. En mi vida he visto las huellas de la maldición y fríamente he cerrado el camino para mi felicidad sobre la tierra... Así pasaron muchos años.

Aquellos días envenenados de inquietudes de mi viciosa juventud, ¡con qué repugnancia profunda los recuerdo recostado ahora sobre tu pecho! Antes, desgraciadamente, no conocía el valor que representabas tú para mí. Pero por suerte, esa corteza ruda pronto fue cayendo de mi alma, y nuevamente se descubrió ante mis ojos el mundo, y por cierto, espléndido; y he renacido para la vida y para el bien. Pero sabes, nuevamente a veces no sé qué espíritu maligno me atrae a la tempestad de los días pasados y borra en mi recuerdo tu mirada clara y tu milagrosa voz. En la lucha conmigo mismo, bajo el peso de penosos pensamientos, me vuelvo callado, severo y sombrío; a veces temo mancharte con mis manos; temo que te asuste un quejido, el sonido de un tormento, y es entonces me dices que no te amo.

NINA. - (Mirándolo cariñosamente le acaricia la cabeza). Eres un hombre raro. Cuando me hablas con tanta elocuencia de tu amor, y tu cabeza arde y tus ideas brillan en los ojos, entonces yo creo fácilmente en todo; pero a veces... con frecuencia...

ARBENIN. - ¿Con frecuencia?...

NINA. - No, a veces...

ARBENIN. - Yo tengo el corazón demasiado viejo y tú eres demasiado joven, pero podríamos sentir igual.

Recuerdo que a tu edad yo creía en todo sin discusión.

NINA. - Nuevamente estás insatisfecho... ¡Dios mío!

ARBENIN. - ¡Oh, no! Yo soy feliz, feliz... Yo soy un calumniador cruel y enloquecido, alejado de la multitud mala y envidiosa. Yo soy feliz... Yo estoy contigo. Dejemos el pasado. Olvidemos los recuerdos negros y penosos. Yo veo que el Creador te ha bendecido y te ha enviado para mí. (Le besa las manos y de pronto advierte que le falta una pulsera; se detiene bruscamente y palidece).

NINA. - Has palidecido, tiemblas... ¡Oh, Dios mío!

ARBENIN. - (Poniéndose bruscamente de pie)

¿Yo? ¡No es nada! ¿Dónde está la otra pulsera?

NINA. - Se ha perdido.

ARBENIN. - ¡Ah! ¿Con que se ha perdido?

NINA. - ¿Qué tiene? No es una gran desgracia. No ha de costar más de veinticinco rublos, desde luego...

ARBENIN. - (Consigo mismo) Perdido... ¿Por qué estoy tan turbado? ¿Qué sospecha tan extraña me asalta?

¡Oh! ¿Aquello fue un sueño y recién he despertado?

NINA. - Yo realmente no te puedo comprender.

ARBENIN. - (Con los brazos cruzados, la mira fijamente). ¿La pulsera se ha perdido?

NINA. - (Ofendida). ¡No, yo miento!

ARBENIN. - (Consigo mismo) ¡Pero qué parecida, qué parecida!

NINA. - Seguramente se me ha caído en la carroza.

Habría que ordenar que la revisen. Yo no me la hubiera puesto si hubiera imaginado que podrías...

(Entra el lacayo, respondiendo al llamado de Arbenin).

ARBENIN. - (Al lacayo) Revisa la carroza de arriba a abajo; se ha perdido una pulsera... ¡Dios te libre volver sin ella! (A ella) Se trata de mi honor y de mi felicidad.

(El lacayo sale. Después de una pausa, dirigiéndose a ella) ¿Y si no encuentran allí la pulsera?

NINA. - Quiere decir, entonces, que la he perdido en otro lado.

ARBENIN. - ¿En otro lado? ¿Y dónde? ¿Tú sabes?

NINA. - Es la primera vez que lo veo tan avaro y tan severo; y para calmarlo rápidamente mañana mismo encargaré una pulsera nueva. (Entra el lacayo).

ARBENIN. - ¿Qué tal?... Habla, rápido...

LACAYO. - He revuelto toda la carroza...

ARBENIN. - ¿Y no la has encontrado?

LACAYO. - No, señor.

ARBENIN. - Ya sabía... Puedes irte. (Mirando significativamente a la mujer).

LACAYO. - Seguramente la ha perdido en el baile de máscaras.

ARBENIN. - ¡Ah! Con que estuvo en el baile de máscaras... (Al lacayo) Puedes irte. (A ella) ¿Qué le costaba a usted decirme eso antes? Estoy seguro que me hubiera permitido el honor de acompañarla y traerla de nuevo a casa. Yo no la hubiera importunado con mi vigilancia severa ni con mi ternura y mi cuidado... ¿Con quién estuvo?

NINA. - Pregunte usted a la gente y ellos le dirán toda la verdad y aún agregarán algo. Le explicarán punto por punto quién estuvo y con quién he hablado y a quién le he regalado la pulsera de recuerdo. Se enterará mil veces mejor que si usted mismo hubiera estado en el baile de máscaras. (Riendo) ¡Qué gracioso! ¡Qué gracioso, Dios mío! ¿No le da vergüenza?; si es un pecado hacer tanto ruido por una bagatela.

ARBENIN. - Ruega a Dios que esa risa no sea la última.

NINA. - ¡Oh! Si su fantasía continúa, seguramente no será la última.

ARBENIN. - ¿Quién sabe? Tal vez... ¡Escucha, Nina!... Yo estoy ridículo, naturalmente, porque te amo tanto, infinitamente, como sólo puede amar un hombre.

¿Y no hay en todo esto nada de asombroso? Otros en el mundo tienen un millón de esperanzas; algunos tienen riquezas en objetos y otros viven entregados a la ciencia; algunos viven logrando un ascenso, un puesto, una cruz o la gloria; otros aman la sociedad, las diversiones; otros, los viajes, y a los terceros el juego les calienta la sangre...