Ella me obedeció casi sin mirarme. El robot había llegado también a la esquina, se había detenido, olfateaba en todas direcciones, parecía un perro enloquecido, aunque silencioso: un algo de espantapájaros movido por un viento giratorio. Sus contorsiones llamaron la atención. Alguna gente se detuvo. De pronto, sacó una pistola del bolsillo y empezó a disparar al aire, dos disparos quizás: antes de disparar de nuevo, ya lo habían sujetado y arrebatado el arma, ya la capa de un flic se mezclaba a los trajes civiles. Irina había seguido la escena sin moverse. Conecté la emisora del coche, di la señal convenida con el C. G. A.: «Uno de sus agentes acaba de volverse loco en la Calzada de Antin. Lo más seguro es que lo lleven a la comisaría del distrito», y antes de que me preguntaran, colgué.
– En cualquier caso, no conviene que la Policía se entere de que estos muñecos andan sueltos por las calles de París. La Prensa podría armar un alboroto.
Irina, entonces, me miró de soslayo.
– ¿Quién es usted?
– ¿No se lo dijo Yuri?
– Desgraciadamente, no hemos podido hablar a solas. Nuestra despedida fue delante del Embajador, y, lo que es más molesto, delante de Iussupov.
Busqué en el bolsillo del chaleco mi credencial y se la entregué en silencio. Ella la contempló, primero con curiosidad, después con estupor, quizás incluso incrédulamente. Me miró…
– ¿Usted? ¿Es usted?
– Desde hace no mucho y quizá por poco más. ¿Quién sabe?
Quedó callada, inexpresiva. Yo había puesto en marcha el coche.
– ¿Adonde me lleva?
Por supuesto, no al Cuartel General, donde tengo mi despacho. Sería difícil justificar su presencia allí, donde mucha gente la conoce y a la que entraría de pronto la inexplicable comezón de detenerla e interrogarla. Hay un lugar en París donde se encierra, cuando lo necesita, el capitán de navío De Blacas, donde antes que él se encerraron otros nombres, y donde podremos hablar tranquilamente. Pero no la llevaré allí, si usted no lo desea.
Ella sonrió.
– Anoche, le dije a alguien que soy curiosa.
– Sí. A Yuri Etvuchenko. Y él le contó una historia increíble.
– Totalmente.
– Que, sin embargo continúa…
– Para justificarme ante mí misma, me considero en acto de servicio.
Irina abrió el bolso, sacó un cigarrillo y lo encendió con el mechero eléctrico del coche.
– Al menos de momento -dijo después.
Nos habíamos metido en un buen atasco de automóviles y empezaba a llover. A Irina pareció atraerle de repente el baile estúpido del limpiaparabrisas, indiferente a mis dificultades para sacar al coche del atolladero. Logramos salir, más por suerte que por habilidad. Di un rodeo para no meterme en nuevos berenjenales, y, sin mayor tropiezo, me hallé ante la puerta de mi garaje, que ascendía lentamente. Irina me siguió en el descenso a aquel almacén de automóviles tan parecido a un departamento cualquiera del infierno; me acompañó en el ascensor y esperó a que abriese la puerta, sin prestar atención a mis precauciones demasiado evidentes: cerrojos y dispositivo electrónico de la más alta precisión, que quizá no sirviesen de nada ante una carga de goma dos, pero que me divertían. ¡Cuántas veces en esas tardes de tedio, que no perdonan ni al que se juega la vida, me entretuve en burlarlos! Recuperé a Irina, parada en medio del salón, mirando los objetos colgados en las paredes, los dispuestos en mesas y vitrinas: esos testimonios que ya dije de mis metamorfosis, que, si no un museo importante, me servían al menos para acordarme de mí mismo y de mis casi incontables etapas.
– Me gusta más mi salón, aunque sea modesto. Éste parece la tienda de un proveedor de coleccionistas extravagantes.
– En cualquier caso -le dije-, es una caprichosa colección que no es indispensable contemplar y de la que se puede prescindir cuando se quiera. Venga.
La empujé hacia uno de los rincones favorecidos por la gracia.
– ¿Se encuentra mejor aquí?
– Por lo menos, hay libros.
– Si se entretiene en mirarlos mientras yo preparo algo de comer, descubrirá ciertas afinidades entre sus gustos poéticos y los del capitán de navío De Blacas.
– Por lo menos, le agradezco el ofrecimiento. Empiezo a tener hambre.
– ¿Algo ruso, o simplemente comida de París?
– Algo que justifique un beaujolais.
Yo creo que me demoré en la cocina poco más de media hora, y ya sacaba los manteles de su cajón, cuando entró ella.
– Déjeme, al menos, que prepare la mesa. ¿Aquí mismo, o también dispone de un rinconcito escogido para comer?
– En todo caso, en ese rinconcito será usted la primera mujer que se siente.
Me había quitado de las manos el mantel y las servilletas. Interpreté su mirada como la elemental interrogación acerca del lugar en que se iba a disponer la mesa, pero, al mismo tiempo, dijo:
– Quizá debiera usted reservarla para Eva Gradner.
Me eché a reír.
– ¿Sabe que, en estos momentos, está llegando al aeródromo de Orly y que viaja con el nombre de Mary Quart, enfermera? No creo que tarde muchas horas en buscarme. Al parecer, soy su primera meta.
– También la última, ¿no?
– Sí, pero eso no lo sabe ella.
Salió de la cocina, volvió a entrar, dispuso una mesa primorosa, y poco después le ofrecía una comida bastante razonable y, sobre todo, justificativa del beaujolais, como había deseado. No hablamos en serio hasta el momento del café.
Ella se había hundido, y en silencio, en un butacón que le venía grande. Ni siquiera para pedirme otra taza de café había hablado. De pronto, dijo:
Fue muy oportuno, y tengo que agradecérselo, que, al telefonearme, no me haya tuteado, como anoche, y que, hasta ahora mismo, haya mantenido cierta distancia…
– Ya le advertí ayer de que, posiblemente, mi nueva personalidad, mi mero aspecto, le serían desagradables.
Ella se incorporó en el sillón y dejó la taza en la mesita.
– Yo no diría tanto. Ahora me resulta usted un francés de clase privilegiada, cortés, probablemente buen compañero. Sin embargo, determinadas formas de intimidad quedan excluidas de nuestras relaciones inmediatas.
– ¿Se fía, al menos, de mí?
– Lo vengo haciendo desde hace un par de horas.
– Entonces, me permito aconsejarle que, de momento y hasta que yo lo considere oportuno, permanezca en esta casa, no digo que sin salir de ella, porque en este barrio no es de esperar que haya robots sensibles a su perfume, pero, al menos, sin alejarse mucho y, sobre todo, sin tardar. Quedaría, sin embargo, más tranquilo si me prometiese que no saldrá de casa sin saberlo yo. No pienso cerrarla, por supuesto, y antes de dejarla sola le revelaré todos los secretos de este refugio, que es tan inexpugnable como el bunker del Cuartel General, aunque menos aparatoso. Aún no le dije que la orden de su vigilancia vino directamente de Washington: esto quiere decir que acaso sea usted uno de los objetivos de Eva Gradner. Ignoro las razones y no pretendo que usted me las aclare, pero estoy seguro de que comprende mejor que yo el porqué los de Washington quieren tenerla bajo mano.
– Sí -dijo ella-; la causa es el teniente Coleman, de la tercera división, departamento nueve.
La emisora de radio quedaba lo suficientemente cerca como para que ella me pudiese escuchar.
– Averigua qué fue del teniente Coleman, de la tercera división, departamento nueve, del C. G. A. Queda conectado el altavoz. Limítate a dar la señal y emitir la respuesta.
Colgué el micrófono.
– ¿Siente hacia él algún afecto especial? Porque es bastante probable que no vuelva a verlo.
– Es simplemente un muchacho inofensivo, pero los de Washington deberían confiar algo menos en los oficiales aficionados a la literatura: París ejerce todavía sobre ellos la misma fascinación que sobre la Generación perdida. Cosa de las universidades, supongo.
– ¿Le fue muy difícil obtener la confidencia?
– Resultó involuntariamente del recitado de un poema. Por lo demás, su contenido sólo sirvió para ponerme sobre la pista del Plan Estratégico, o ni siquiera eso: sirvió para enterarme de su existencia. Lo demás me llegó a través de la Embajada.
El mínimo altavoz de la emisora envió al rincón donde tomábamos café unos ruidos de advertencia; después dijo: