– Explíquele que, si alguna vez viene borracho, que no llame a la puerta, sino que tire de la falleba, usted ya sabe
– Sí.
La maleta con el gurruño de Paul empezaba a pesarme, porque, en la otra mano, llevaba también la mía. Saqué un pasaje para París, alquilé un servicio de aseo, me encerré con las maletas, dejé a disposición de Paul las ropas que con su personalidad había usado, y yo recuperé las de Maxwell. Después de esto, redacté una nota, en francés, para Pauclass="underline" «En el bolsillo de la chaqueta, hallará usted un pasaje para París en el avión de las seis treinta, y un buen montón de dinero alemán y francés. Le recomiendo que no se emborrache hasta hallarse en el avión, pues no es lo mismo que le dejen tirado a uno en algún lugar de Berlín Oeste que en una sala de espera de Orly (al menos para un francés tan patriota como usted). También le aconsejo que no intente entender lo que le sucedió, porque se volvería loco otendría que emborracharse demasiadas veces sin sacar nada en limpio. Sin embargo, si lo considera indispensable, vaya a la Comisaría (de París, de su barrio) y cuente lo que pueda, con la sospecha (que yo le infundo) de que se ve metido, sin quererlo, en un asunto de espionaje. Este papel le valdrá de mucho, sobre todo por la firma. El Maestro de las huellas que se pierden en la niebla. P. S. - Le pido mil perdones por el uso y abuso de su tiempo y de su personalidad: verá que le devuelvo la medalla.» No esperé a que se espabilase del todo; allí quedó abandonado, en pernetas y sin sus colores nacionales. «Lea esto», le dije, señalando la nota, y me fui. Cogí por los pelos un autobús para Berlín. Antes de volver a la pensión, pasé por unos almacenes, compré una maleta y metí en ella mis enseres: la otra la arrojé al canal, y allí quedó flotando y navegando hasta inundarse y hundirse. Me hubieran multado, probablemente, de haberme visto, pero la niebla oscurecía a Berlín, fantasmeaba las cosas y las personas, y permitía pensar que nada es lo que parece, doctrina que, aplicada a mí mismo, me daba pie para afirmarme en la creencia de que soy el que soy y no el que parezco. Lo cual, sin embargo, no me libraba de la molestia de parecer Maxwell, de estar vinculado a Maxwell mientras no encontrase el remedio. Un taxi me llevó a casa. Durante el camino (bastante largo), una especie de revelación, o de inspiración, o como quiera llamarse el recuerdo súbito de lo que se necesita recordar y remolonea, me juntó los nombres de Gunter S. Wagner y de Peter S. Wolf: me los juntó en la memoria porque, antes, habían andado emparejados en bocas de la gente y en titulares de la Prensa: a Gunter S. Wagner y a Peter S. Wolf les había correspondido conjuntamente el Premio Nóbel de Física dos o tres años atrás, por alguna clase de investigaciones, de posible valor estratégico, llevadas en colaboración. Ambos trabajaban en una institución berlinesa, no sabía bien si en la Universidad o en otra parte. Ya era algo, ya era un punto de partida. Desde el fondo del coche, envié mi gratitud al genio, al dios o al ángel que me había inspirado.
Ni Herr Klaus ni Frau Ulrika me pusieron dificultades, sobre todo a partir del momento en que les pagué, sin discutir, el precio de una botella de whisky escocés falsificado, pero aceptable. Eché a cara o cruz si telefoneaba a Gunter S. Wagner o a su vecino, y me salió el vecino. No dejé de lamentarlo, pues si de metamorfosis acabaría por tratarse, prefería llamarme Gunter durante una temporada que Peter un solo día. Gunter es un nombre con resonancias poéticas y musicales. No yo, criado en la selva sin otras sinfonías que las del huracán, pero sí cualquier niño occidental, se sentiría feliz de llevar ese nombre, porque es como llevar una espada, y estoy seguro de que muchos, en el fondo de los deseos inconfesados, echan de menos la espada y un nombre así. Telefoneé, pues, a Peter Wolf como quien telefonea a un lugar abstracto de abstracta arquitectura, con espacios abstractos en que, lejano, se multiplica el sonido del timbre. Me dijeron que no había regresado del laboratorio, pero que, aunque hubiera regresado, no acostumbraba a responder personalmente a las llamadas imprevistas; de modo que si quería dejar un nombre, un número y un motivo… Le di los datos que pedía, y, como razón, un nombre, un nombre nada más: me lo jugaba todo.
– Fletcher. Dígale eso sólo.
Colgué. El espacio desde el que se me había hablado era probablemente, reducido y quizás insonorizado: el espacio de un vestíbulo o de un cuarto de estar bien repleto.
Aún no habían pasado cinco minutos cuando se oyó mi timbre.
– Soy el profesor Wolf -dijo alguien al otro lado del hilo. Y tampoco entonces tuve la sensación de los espacios inmensos, soñados, sino quizá, todo lo más, de un despacho de Universidad, con muchos libros en que el sonido choca y se apaga. ¡Ni siquiera un laboratorio donde el vuelo de una mosca saca a un cristal música breve!
¡Trasss…!
– ¿Podía concederme una entrevista?
– ¿Quién es usted?
– Max Maxwell, agente secreto.
– ¿Al servicio de quién?
– Del que me convenga o de quien me pague mejor. En esta ocasión, al de usted, si lo acepta.
En aquel mismo momento, la radio, en mi habitación, largaba al aire una serie de valses de Chopin, versión de las registradas por famosos maestros cuando todavía la técnica dejaba un poco que desear. Pero no formaba, aquella suite, parte de ningún concierto, sino que parecía más bien uno de esos rellenos habituales cuando al programa le faltan unos minutos para colmar ese «espacio», que debería llamarse «tiempo», al ser un «tiempo» al que se llama injustamente «espacio».
– Esa respuesta le hace sospechoso.
– Prefiero jugar a cartas vistas.
– ¿Dónde pretende verme?
– Donde usted se considere más seguro.
El silencio de la duda (o de la vacilación) volvió a llenarlo Chopin.
– ¿Va usted a ofrecerme unos servicios que me costarán dinero?
– No, profesor. Me lo están costando a mí, pero no lo escatimo. Mi trabajo en este asunto no es precisamente profesional, andan muy por el medio una persona y unas ideas. ¿Me entiende?
– Sí.
– Pues usted dirá.
– Le recibiré en mi laboratorio.
– Desconozco la dirección.
– ¿Sabe la de mi casa?
– Sí, pero está vigilada al menos por cuatro agentes, dos por cada bando. Alguna vez, también los del Tercer Mundo deben sentir curiosidad por lo que pasa. Usted se lo explicará mejor que nadie, profesor: también a los del Tercer Mundo les huele la cabeza a pólvora.
– Señor Maxwell, no deseo verle en absoluto -me dijo entonces Wolf con sequedad de tono, inesperada y sobre todo innecesaria, pero quizás explicable, y colgó.
Fue muy curioso, entonces, que la sensación inmediata de fracaso inmerecido me fuese compensada por la esperanza renacida de trasmudarme en Gunter y de pavonearme ante mí mismo con un nombre tan bonito; pero el entusiasmo me duró escasamente el instante de su aparición: pensé que mi coloquio telefónico con P. S. Wolf había inutilizado cualquier intento de relación con Gunter S. Wagner, a quien Wolf habría quizá prevenido, o prevendría en un plazo inmediato, ya en el supuesto de que la señora Fletcher fuera la protegida del uno, ya la del otro. Me dejé llevar por los hábitos yanquis de Maxwell, que tiraban de mí con tanta fuerza, y apoyé las piernas en la mesa; advertí que, además, quería ponerse el sombrero, y me lo puse encima de los ojos y con el ala bien baja, Humphrey Bogart de pacotilla. Faltaba para completar sus apetencias cierta música que, por fortuna, no había a mano, aunque sí la botella comprada a Herr Klaus y el vaso con que me la habían entregado. Me serví un whisky y mientras concedía al agente Maxwell (cuyo cuerpo yace todavía en cierto lugar de Córcega, si no se lo han comido los lobos) el solaz de un trago paladeado, sentí por segunda vez, pero más agudamente que la otra, mi soledad inútil, incapaz acaso, sin las ayudas de las organizaciones en que otras veces me había apoyado. ¿Sería posible que adivinasen los que me envidiaban, y quizá temían, mi presente impotencia? Precisamente ahora que no jugaba; precisamente en esta situación, en la que ponía, por encima de todo, mi sentimiento. Que la señora Fletcher lograse evadirse al otro lado del Telón me importaba todavía, pero más como pretexto que como razón. Y si mantenía la idea de favorecer, con aquella huida, el equilibrio del terror, no pasaba de justificación moral de unos futuros actos que no la necesitaban: yo estaba en Berlín para encontrar a Irina, y esto era todo. Mi personalidad actual, no sólo no servía para acercarme a ella, sino que ni siquiera me permitía descubrir su escondrijo, si es que se escondía.