Le dije que bueno y me puse en sus manos. No me costó más que otro beso y las lágrimas de quien sospecha que no volverá a verme.
4
A la sala de espera se entraba por una puerta giratoria, que a cada vuelta chirriaba como si entre metal y metal le hubieran encajado unas arenas. Yo intentaba dormitar, alejado, aunque junto a una ventana de acceso fáciclass="underline" a cada chirrido, abría los ojos y examinaba al que llegase. Hombre o mujer, maleta o paraguas, se iban sumando a las sombras, esperaban también en un sofá aún vacante, en una silla. En el rincón opuesto al mío, cantaba un grupo de cuatro o cinco: uno, solista y guitarra; los demás, el coro. El solista no era muy alto, llevaba el pelo de esa longitud permitida a un caballero a la antigua, que, sin embargo, no está por las cabezas rapadas: un poco crespo, rubio ceniza, y unas gafas estrechas: la figura de un junker que se hubiera metido a intelectual y aceptado el derecho a expresarse en canciones melancólicas, si no tristes: canciones de nostalgia y de elegante desesperación; letra probablemente del cantor. Los otros se le parecían en el aspecto, como él distinguidos y algo bohemios, dos de ellos con pipas que embalsamaban el aire de olor meloso. No había más que una luz, allá arriba. La guitarra, a veces, se estremecía: la pulsaba con acuciante dramatismo: alguna de aquellas notas, aislada del compás, sonaba como un grito o un sollozo, parecía sacudir a las sombras y derramar poesía y quizá muerte en un lugar escasamente propicio. Yo había examinado ya, con cierta frialdad, la situación: Eva Gredner encima de mi rastro, el primero, el dejado al llegar a Berlín: de la pista del aeropuerto, a la consigna; de la consigna, al autobús; de una parada, a la pensión en un taxi. Pero, a partir de la pensión, mis idas y venidas, mis paseos sin rumbo, mis estancias en bares, hamburgueserías, alrededores de la casa donde vivía la señora Fletcher, en fin, las calles paseadas, los canales cruzados, las entradas y salidas, creaban una maraña zigzagueante, lenta y difícil de seguir, no imposible, para cualquiera de los cien Incansables Perseguidores, de los Olfateadores Mortíferos, mucho menos a todos juntos: monótona, implacable procesión. Incluso desde un automóvil, tragando por la nariz mi rastro, Eva Gredner tardaría unas horas en hallarme. Esto era lo razonable: pero un nuevo chirrido de la puerta me alertaba, me obligaba a montar la pistola: una señora aparentemente guapa, un poco grande, de buen porte. La canción triste que cantaba el solista hablaba entonces de árboles y de llanuras perdidas, de las ondas de un río que se van: el estribillo juntaba el nombre del río al de una mujer, y no se sabía bien si ambos se habían perdido o fundido, y por cuál de los dos era la pena. Me gustó, aquella canción. También las otras me habían gustado.
Enormemente alta de techos, aquella sala de espera, ¡tan oscura! Un cuadrilátero no demasiado grande. Las paredes, empapeladas hasta arriba, de ramas quizá verdes con algunas hojas rojas: no se veían bien, en la penumbra. Se veían, en cambio, las puntas de los cigarrillos esplender, oscurecerse, iluminar un instante el humo de una bocanada que quizá las soplase. El río y la moza de ojos oscuros en una tierra donde las mujeres los tienen claros. «¿Por qué son negros tus ojos Ute, por qué es tu luz oscura?», cantaba el de las coplas. Mi reloj marcó la hora del embarque. Mathilde me había dado una maletilla de cuero con algunas cosas: un cepillo de dientes, un peine, un pijama un poco grande…
Nadie sospechoso subió. Íbamos pocos, a aquella hora. Por la ventanilla veía insinuarse el alba de un día gris de cielos altos: las nubes nos quedaban encima (quizá volásemos bajo). Creo haberme dormido. En un momento, la azafata me sacudió:
– Hemos llegado, señor. Su viaje acaba aquí.
– Sí, gracias, perdón. ¡Tenía tanto sueño!
Deseché el autobús, preferí un taxi. «No conozco la ciudad: lléveme a un hotel decente.» Me dejó delante de una casa ancha, con pinturas en la fachada. La señora de recepción me habló en inglés. «Llévale al 17», dijo, en alemán, al mozo que me acompañó. El 17 era un cuarto empapelado de flores de oro, algo apagadas ya, pero con cierto empaque de un pasado glorioso: un cuartito de baño y un balcón a la calle. Tomé un baño caliente, apetecido por mi cuerpo, que me hubiera permitido pensar en mi situación, pero que yo aproveché, ocasión tranquila y cálida, para pensar en Irina; para pensar los mismos pensamientos, que ya no lo eran, sino imágenes tercas, invariables: ¿La habría involucrado en su búsqueda Eva Gredner? Mis últimas palabras ante los compañeros del Consejo, yo en la personalidad de Peers, habían anunciado aquel viaje a Berlín y una posible intervención en el asunto de la señora Fletcher. Lo más probable era que a Eva la hubiesen informado. No le sería difícil saber en seguida a qué atenerse: el Servicio de Berlín funcionaba para ella. ¡Traía, desde Washington, plenos poderes!, y los informes de dos vigilantes, al menos, pasarían por sus manos: «La señora Fletcher continúa en casa del doctor Wolf (o del doctor Wagner). En la casa hay una asistenta nueva que hemos identificado como agente de Moscú.» A lo mejor era así.
Me demoré en el desayuno: tenía hambre. Y en un par de cigarrillos que vinieron después. Cuando me pareció hora discreta, telefoneé al profesor Von Bülov. Le dije que era un colega americano y que me gustaría charlar con él acerca de algunos temas en que nuestras investigaciones coincidían. Tamban le di a entender que podía suministrarle datos que no le vendrían mal. En fin: mi alemán no me dejó desairado, a pesar de que Von Bülov me invitó un par de veces a hablar inglés, y él mismo lo hizo, con excelente acento de Dublín. Quedamos para una hora en el restaurante de la Universidad. Me describí, mejorando con palabras el aspecto de Maxwelclass="underline" casi llegué a idealizarlo, pero, sin quererlo tal vez, o respondiendo a un querer más profundo que la conciencia, mis palabras trazaron un modelo al que yo debería procurar parecerme si no quería que Von Bülov sufriese los efectos de una desagradable presencia. Quizá fuese sólo cosa de estilo, de algo emergente de lo que yo, sin duda, no carecía, y podía esforzarme en transmitirle a aquel truhán de Maxwell, sin embargo capaz de enamorar mujeres y de dejarlas agradecidas.
Había convenido con Mathilde telefonearle a aquella hora. Tres timbrazos y corte. A la nueva llamada, ella cogería el auricular al segundo timbrazo y diría «sí» o «no». Pero alguien se hizo cargo de la llamada y preguntó «¿Quién es?», y en seguida, como viniendo de lejos, como saliendo de un potro de tortura, la voz de Mathilde, su fuerte acento alemán de Hamburgo:
– ¡Quieren matarme!
Y le taparon la boca.
– Señorita Gredner, no dé más pruebas de estupidez -dije-esa mujer no tiene nada que ver conmigo.
– ¿Quién es usted?
– El capitán de navío De Blacas. Y busco al hombre que pasó esta noche un rato ahí, al agente Max Maxwell, ese que usted persigue creyendo que soy yo. ¿Por qué pierde así el tiempo?
– ¡Usted estuvo aquí esta noche!
– Pregúntele, pregunte a Mathilde si me conoce, pero no obligue con torturas a decirle que sí. No oyó hablar de De Blacas en su vida.
Hice un ruido adrede con el teléfono. La oí gritar: «¡No corte, espere!»
Fue entonces cuando colgué y me metí en un jardín vecino, probablemente el parque de algún Príncipe soberano o de un Gran Duque que en aquella ciudad hubiera gobernado cuando todavía quedaban en Alemania Príncipes y Grandes Duques. Llovía un poco, y no duró aquel orvallo. Las emociones estéticas experimentadas durante el paseo, los pensamientos hermosos sugeridos por árboles y frondas, nada tenían que ver con mi preocupación inmediata. Creo que me partí otra vez, y que dejé que lo que todavía quedaba de mí en Maxwell educase su natural un poco tosco en la contemplación de los tilos enormes, de los esbeltos abedules, del césped que recorrían contados jinetes militares (a lo mejor sólo municipales: no paré mientes en los uniformes). Mientras, yo iba estableciendo las líneas generales de mi entrevista con Von Bülov, hacia quien sentía ya esa ternura inevitable que provoca la víctima de un mal sin solución: ternura, y una especie de odio hacia mí mismo.