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– Creo que Fletcher escapó por miedo, pero no pasa de conjetura. Por miedo a los occidentales.

– ¿Qué podía temer de ellos?

– Que le obligasen a llevar sus investigaciones hasta un punto que él no deseaba alcanzar.

– ¿Es también conjetura?

– Por supuesto.

– ¿Con algún fundamento?

– John Fletcher aspiraba al Nóbel, no a transformar el mundo por el terror. No es que me lo haya dicho, porque no le conocí ni le vi nunca, pero alguien de mi confianza se lo escuchó alguna vez, y yo le encuentro razonable y bastante humano. La huida de Fletcher no es la búsqueda del éxito, sino el confinamiento casi seguro en el fracaso por temor al pecado. Los que interpretan la huida de Fletcher, suelen olvidar que es un hombre piadoso, adepto a una secta cristiana muy respetuosa con el prójimo, que prohíbe toda violencia. ¿En qué cabeza cabe que un hombre así se escape a Rusia para entregar a los soviets el arma que les asegura el triunfo -es decir, la muerte de muchos hombres-? Tengo la convicción de que Fletcher no ofreció a los soviets el arma del siglo, sino una colaboración científica normal cuyo posible alcance él restringirá voluntariamente.

El profesor Wagner cerró los ojos, pensó algo, miró después a su ayudante, vaciló; por fin habló, no sé si lo que había pensado, u otra cosa. ¿Obraba siempre así, tras aquel cruce de miradas, el profesor Wagner, como pidiendo asentimiento o ayuda?

– ¿Usted no cree, entonces, que la señora Fletcher almacene en su memoria el resultado de las investigaciones de su marido?

– Yo creo que Fletcher no fue en ellas más allá de lo que sabe todo el mundo, de lo que él mismo declaró poco antes de su fuga.

Fue como si se alegrasen.

– De acuerdo. Completamente de acuerdo. -Se interrumpió, ¿lo interrumpió una duda?-. Claro que usted afirma sus conjeturas, y yo me apoyo en ciertas experiencias, pero usted está acostumbrado a pensar, quiero decir, a hacerlo sin irse por las ramas, y el hecho de haber llegado a la misma conclusión que yo, me hace estimarle más que en el momento de su llegada.

– Gracias.

– Ahora puedo completar ya eso que llamé el comadreo, lo que no viene en los periódicos y sabe poca gente. No hace muchos días, alguien intentó secuestrar al niño de Fletcher.

– ¿Los rusos?

– ¿Para qué? Pero usted sabe que, con independencia de los gobiernos y de sus posturas oficiales, incluso de sus propósitos reales y sus proclamaciones solemnes, existen instituciones con autonomía propia, y, a alguna de las cabezas que las rigen, se le ocurrió que el único modo de evitar que Rosa Fletcher se reúna con su marido es robándole el niño. Supongo que se lo devolverían después condicionalmente. «Venga usted a vivir a tal parte, bajo nuestra protección», o cosa parecida. No sé si llegará a comprenderme, y menos a aprobarme, pero este asunto me obligó a entrar en relación con el espionaje soviético.

No me fue necesario fingir estupor.

– ¡Sí hombre, sí, no se asombre más de lo debido! El interés de unos en raptar al niño de Rosa Fletcher coincide con el de los otros en que nadie lo rapte. Aparentemente, mi casa está vigilada por todos ellos, generalmente dos de cada bando, que no sé si se anulan o se completan; pero el niño de Rosa Fletcher lo está constantemente por un agente soviético… Imagínese: el niño no debe dormir solo, el niño tiene que tomar el aire en el parque. A su madre se lo robarían, casi se lo robaron: no es una mujer fuerte. La nurse que me enviaron los soviets lleva pistola en el bolsillo y mata un pájaro al vuelo.

¿Irina?

3

Me acompañó en mi coche la doctora Grass; el profesor Wagner nos precedió en el suyo. El final del viaje era la casa de Grossalmiralprinz-Frederikstrasse, con etapa intermedia en el parque donde había que recoger al niño. Entramos, tras una verja con águilas de bronce, en una red de veredas asfaltadas y limpias, sin más hojas que las que iban cayendo: ¡pocas quedaban ya, olvidadas del viento, en el ramaje! La doctora Grass me decía: por aquí, adelante, ahora a la izquierda, hasta llegar cerca de un claro de la arboleda en que redondeaba un césped amplio, con bancos y un cenador superviviente. Jugaban en él pocos niños (¿hasta cuatro?), y no en corro y a gritos, sino cada uno por su lado, con su propio juguete, niños individualistas o selectos, incomprensibles en su soledad y en su silencio, vigilados por cuatro nurses: una leía un libro, otra escuchaba música con los auriculares de un magnetófono chiquito, la tercera tenía un periódico abierto y parecía soñar, y la última no quitaba el ojo de su niño, también algunos hombres, distribuidos como por azar en los cuatro puntos cardinales, siluetas oscuras como fustes de árbol, confundidos con ellos. Dos llevaban gabardinas oscuras, quizá negras, de corte anglosajón, sombreros grises y pipas curvas. El que quedaba a mi derecha parecía leer un periódico. La señorita Grass lo examinó al pasar (yo se lo había rogado), y descubrió que tenía el periódico al revés. Le dije, sin explicárselo, que «aquel hombre, a lo mejor, no miraba ni veía», y ella se quedó todo lo turulata que puede quedarse una persona al oír un disparate como aquéclass="underline" que quizá no lo fuese, aunque tal vez lo fuese todavía, pero ella no podía sospecharlo. El profesor Wagner dejó el coche a un lado de la vereda, se apeó, fue derecho a la nurse. Ella se levantó y le dio la mano. Entonces comprobé que era Irina: con un abrigo sastre y gafas oscuras.

– ¿Nos apeamos también? -le pregunté a la doctora.

– Como usted quiera, pero no es necesario.

El doctor Wagner, ya con el niño de la mano, le decía algo a Irina, quien miró hacia nuestro coche. Comprendí que le explicaba que yo iba dentro, que almorzaríamos juntos, y quién era. La conversación continuó probablemente dentro. «¿Se fía de él, profesor?» «Parece de fiar», quizá se hubieran dicho. Los cuatro vigilantes empezaron a moverse. Uno de cada bando desapareció; los otros entraron en sendos coches parqueados en lugares vecinos, y se las compusieron para situarse, uno antes que el profesor y, el otro, delante mismo de nosotros. La doctora Grass me dijo que el que lo conducía era un agente occidental, que ya lo había visto otras veces.

– El que se adelantó al profesor es el soviético. Así vamos siempre. Como usted ve, en equilibrio, equitativamente protegidos de peligros igualmente equitativos.

La mañana en el parque era tan bella como en el jardín de la Universidad, aunque sin oropéndolas soñadas. Se sorbía el aire húmedo y parecían meterse en el cuerpo aquel azul y aquel gris. ¡Lástima que los lejanos, misteriosos directores de los Departamentos Secretos no tuviesen en cuenta la mañana y el parque, la vereda bajo la bóveda de las ramas desnudas, el estanque desierto y quieto en que las hojas caídas permanecían inmóviles! ¿No resultaba chirriante que en medio de aquella niebla dulce en que se diluían oscuros fantasmas vegetales, se desarrollase la peripecia trivial de un asunto de espionaje? Cuatro automóviles caminan por las calles de Berlín: nadie debe saber qué los mueve y por qué, pero si alguien que lo sabe, interviene, de dos de ellos al menos puede salir la muerte en ráfagas, con alboroto, gritos, desmayos, huidas de la gente inocente, mientras una mujer armada cubre a un niño con su cuerpo. Pero si nadie se interpone, nadie debe imaginar una relación dramática entre los cuatro coches. De los cuales, dos desaparecieron, yo no sé cómo, al abocar la Grossalmiralprinz-Frederikstrasse; los otros se detuvieron junto a la acera, tranquilamente. El profesor descendió, sacó una llave, abrió la verja del jardín: la señorita Grass había corrido hasta él, entró la primera y franqueó la puerta de la casa. Sólo entonces Irina y el niño entraron: lo que aquello entrañaba de protección, de precaución, sólo podían saberlo los cuatro que vigilaban. El profesor me hizo señal de que entrase también. Irina se había despojado de las gafas oscuras y me escrutaron sus grandes ojos al serme presentada. Casi sin dilación dijo: