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– ¿Y usted qué hizo para evitarlo?

– ¿Yo? Nada. No llevaba pistola.

El dispositivo se puso inmediatamente en marcha, con esa perfección y, sobre todo, con ese ritmo sosegado y seguro de las cosas bien hechas. Mi puesto fue inmediatamente ocupado por mi segundo, el teniente-coronel Pristz, del ejército Bajosajón, con lo que yo contaba y que me aseguraba la perfecta inutilidad de cualquier búsqueda, así como de que cualquier idea original, cualquier mera sospecha razonada que pudiera surgir aquí o allá, serían inmediatamente diluidas en un mar de papel. Por fortuna, al teniente-coronel Pristz no le correspondía la apertura de mi sobre de instrucciones; menos aún el uso de mi despacho.

Mis raptores, obedeciendo sin saberlo mis propias órdenes, obedeciéndolas por supuesto con precisión y eficacia, me maniataron, me amordazaron, me vendaron los ojos, y me dejaron sentado en un sillón relativamente cómodo, aunque un tanto deslucido y desde luego nada notable por su estilo y calidad, frente a una chimenea cuyo fuego encendieron, en un chalet modesto y al parecer deshabitado de la banlieu de París. Después, se fueron. Su marcha coincidió con las campanadas de un reloj que dio las cinco. Calculé que me quedaba media hora de soledad, y la aproveché para realizar determinados ejercicios mentales requeridos por lo que iba a seguir, y que el ajetreo de los últimos días me había obligado a demorar hasta aquel mismo momento. A las cinco y media en punto, oí que abrían la puerta, que alguien entraba, que me cortaban las ligaduras: primero las de los pies; luego, las de las manos. Por fin me quitaron la mordaza, pero no la venda de los ojos. Yo les dejé hacer en silencio, facilitando con la inercia de mi cuerpo su tarea. Oí cómo se marchaban. Sólo entonces me quité la venda. Encima de la chimenea había un espejo: me miré en él, y aquella mirada bien pudo ser mi despedida transitoria del capitán de navío De Blacas, el «¡Hasta no sé cuándo, pero hasta alguna vez!» que le dirigía. El espejo tenía las aguas turbias, y la figura del capitán de navío la vi un poco borrosa, y no sé cuántos fantasmas detrás. Después ascendí por una escalera estrecha y algo revuelta, que no fue necesario iluminar. Al cabo de un pasillo había una ventana por la que entraba un poco de la tarde triste de París, lluviosa ya. El ambiente era también bastante triste, incluso un poco deprimente. Pero sin llegar a tétrico. Abrí una puerta de la derecha, la última antes de la ventana. El coronel Etvuchenko me miraba con sus ojos grandes e inocentes: estaba sentado frente a la puerta en un sillón semejante al mío, maniatado y amordazado como yo lo había estado, pero sin venda en los ojos. Advertí por su modo de mirar que me había reconocido, y que, libres sus labios de mordaza, habría exclamado, no sé si con alegría o con temor: «¡De Blacas! ¡Claro, usted tenía que ser!» Detrás de él, debajo de una lámpara, tenía que haber un cortaplumas: con él corté a Etvuchenko las ligaduras de los pies, y todavía con las manos atadas, le ayudé a levantarse. Lo hizo. Tendió hacia mí las manos, y yo adelanté la mía con la navajita: fue en este momento cuando empezó la operación digamos de trasvase, si se prefiere a «succión» o «robo», palabras siempre desagradables. Etvuchenko me sonreía con algo de gratitud que acepta sin comprender: fue su sonrisa lo primero en huir, y no sé si llegó a identificarla como la que apareció en mi rostro. Probablemente, no. Cuando mi navajilla concluyó su trabajo y las manos del coronel cayeron libres, puedo decir que «cayeron» con toda exactitud: como si hubieran perdido la vida. Reconozco que, a pesar de mi práctica ya larga, apoderarme de la personalidad de otro, por los trámites inevitables, seguía constituyendo para mí un momento penoso: no repugnante, que no lo era, menos aún sucio o macabro. Yo creo que penoso es la palabra: detrás de la sonrisa iba el color de la vida, la fuerza de la mirada, la prestancia del porte, y esas manifestaciones externas de la originalidad y de la dignidad. La piel del otro quedaba como si fuera de madera reseca, y una especie de flaccidez mínima sustituía el vigor. No un cuerpo muerto (le dejaba la vida), pero sí el de un enfermo de enfermedad desconocida, que le confinaba en la mera vegetación. Afortunadamente, ni el coronel ni nadie de los que le siguieron estaban en condiciones de contemplar cómo aquél a quien habían visto como «otro» con su última mirada consciente, se iba poco a poco convirtiendo en él mismo, y que, cuando por fin lo era, «uno» había dejado de serlo, se había reducido a nada. Como tal estaba ya Etvuchenko ante mí, libre de la mordaza: me miraba con la mirada del que ya no puede comprender, esa mirada muerta de las figuras de cera.

Le empujé suavemente fuera de la habitación, le ayudé a bajar las escaleras, cosa que ya no sabía hacer. Al pasar por la salita del piso bajo, volví a mirarme al espejo de la chimenea, aquél de las aguas turbias, y pude verme en él con mi nueva facha, que debo calificar de excelente: completa, menos un ligero detalle del cabello, que corregí en seguida. El coronel había quedado como un leño estúpido: lo senté en uno de los sillones, allí estaría hasta que, a las seis y treinta y cinco, vinieran mis agentes a recogerlo y entregarlo a una clínica para enfermos mentales como a persona que no sabe explicarse, pero cuya importancia militar se sospecha: pues aquel escondrijo del chalet le tenía preparado para el tiempo que durase mi utilización de su personalidad y para otras desapariciones. Mientras llegaba esa hora, busqué, en el dormitorio principal, las ropas apercibidas en un armario, idénticas a las que Etvuchenko llevaba. Cambié las mías sosegadamente, tenía por delante un espacio vacío que me permitía, mientras rehacía el nudo de la corbata después de haber examinado con las debidas cautelas el de Etvuchenko, irme haciendo cargo de sus recuerdos y de los demás componentes de mi nueva personalidad. La operación de anudar la corbata coincidió con el descubrimiento de Irina Tchernova, cuyo nombre escuché súbitamente como un grito de alarma, aunque silencioso e íntimo: me había divertido con el examen de algunos sucesos infantiles, y la imagen de Irina entró en mi conciencia con la urgencia de una cita: pues lo que inmediatamente supe fue que habíamos de encontrarnos, aquella misma tarde, en cierto café del faubourg Saint Honoré. Tenía el tiempo justo para llegar allí. Acomodé a Etvuchenko cerca del fuego, ya mortecino, pero que aún calentaba. Hallé un taxi en seguida. Acomodado en un rincón, mientras pasaban por mis rodillas las luces cambiantes del camino, eliminé de mi conciencia todo lo que no fueran mis relaciones con Irina: era una poetisa disconforme que vivía, exiliada, en París. Yo sabía de sus relaciones, quizá forzosas, con la KGB, y no ignoraba que descubrirme y matarme era la meta principal de su trabajo y quizá de su poesía; pero esto lo ignoraba Etvuchenko, para quien Irina era el pecado de su vida, la heterodoxa a la que se ama a pesar de… No se habían visto desde algún tiempo atrás. Etvuchenko esperaba pasar en compañía de Irina, y, a ser posible, en sus brazos, el tiempo comprendido entre… y entre… Al final estaba la entrevista con el Embajador. Había dejado de llover cuando pasamos por la Place Royal, pero, un poco más arriba, se nos echó encima la niebla. La luz de las farolas apenas iluminaba ya mis piernas. No sé por qué, en aquel momento, recordé a Eva Gradner, recordé su rostro delgado, sus ojos lúcidos, aquellas manos en cuyos movimientos se resumía su inmensa sabiduría. Eva Gradner se empleaba todavía en la cuestión, jamás dilucidada, de la fuga a Berlín Este del profesor Flechter, con o sin los cálculos del imaginado rayo láser; más bien sin. Pero en este asunto yo no había tenido parte. Pronto Eva quedaría libre, y entonces, yo era su meta.