Se armó un ligero barullo a continuación; Iussupov había interpretado las palabras del Embajador como una invitación a dictar sus palabras al magnetófono mientras se solazaba en los brazos, quizás inexpertos, y, desde luego, desentrenados en el trato con agentes de su categoría, de una secretaria, y necesitaba hacer constar que ni dentro ni fuera del Servicio había mantenido relaciones con carnes mercenarias, aunque, como las presuntas, recibiesen su sueldo del Estado. El Embajador pidió la palabra para una aclaración, el Secretario sentenció que estábamos perdiendo el tiempo, pero que las suposiciones, probablemente involuntarias, de Iussupov, ofendían la dignidad de una ciudadana intachable, y, mientras se dilucidaba si sí o si no, el General me llevó aparte.
– ¿Qué tiene que decirme, coronel?
Saqué del bolsillo unos papeles que había preparado:
– Aquí está escrito con toda precisión lo que hay que hacer en cada uno de los momentos en que se divide la operación. Me temo que si han de sufrir diecisiete exámenes y recibir diecisiete aprobaciones, con las correspondientes firmas, lleguemos tarde. Me temo que llegaremos tarde incluso si usted lo piensa durante más de un minuto y medio, porque, dentro de dos, tiene que salir de la Embajada el personal que ahí se indica y ocupar los puestos de vigilancia y protección que se señalan, marcadas con una equis roja en el diagrama adjunto. Un automóvil que me conduzca, o si se desconfía de mí, que conduzca al señor Embajador o a quien usted designe, tiene que acercarse a la hora prevista a cierta casa y entrar por cierta puerta uno de sus ocupantes, depositar el dinero en un lugar muy concreto, salir de la casa, esperar en el coche, o dando algunas vueltas por el barrio, que es muy atractivo, durante veinte minutos, y entonces, sólo entonces, entrar de nuevo y recoger los folios, que son tantos que el señor Embajador no podrá solo con ellos. Por esa razón, sugiero que alguien le acompañe, y ese alguien podría ser yo, pero también el señor Iussupov, si da su palabra de que no introducirá variaciones improvisadas, y si se digna, por una vez, refrenar su genial intuición. La última palabra, General, es la de usted.
Le di los papeles, me cuadré con un taconazo a la manera prusiana, que halagó el General; quedé esperando. El General se apartó de mí, leyó las instrucciones, habló con el Embajador y con Iussupov, me llamaron, me dijeron que yo intervendría más como observador que como actor, y que durante todo el tiempo que se invirtiese en la operación, me acompañaría un agente armado, con instrucciones concretas (matarme, si algo salía mal, supongo).
– Acepto -le respondí con cierta displicencia-, pero advierto nuevamente que si el señor Iussupov se empeña en aplicar a la operación en su conjunto o en cualquiera de sus detalles su portentosa inteligencia, lo más probable será que a mí me maten, pero ninguno de ustedes, incluido el señor Iussupov, lo pasará mejor. Conozco muy bien al señor Iussupov, y sé que pertenece a esa clase de genios cuya comprensión de la realidad es tan superior a la realidad misma, y, sobre todo, tan perfecta, que acostumbran a provocar toda clase de catástrofes. Me estoy refiriendo, como habrán adivinado, a la invasión de Rusia en mil novecientos cuarenta.
El General intentó aplacarme:
– Sin embargo, coronel, comprenderá que, por principio, tenemos que desconfiar de usted.
– Por supuesto, General, pero no hasta un punto tan excesivo que implique necesariamente el fracaso de la operación. Advierto, sin embargo, que no tengo el menor interés en que, ante los cuadros superiores, se me atribuya su paternidad, de manera que si otro quiere firmarla, por mí no hay inconveniente.
– No lo habrá por mi parte si todo saliera bien.
– Si sale mal, señor, con todos los respetos debo decirle que no habrá ocasión de poner ninguna firma al pie, como parece bastante obvio. El riesgo, se lo aseguro, nos abarca a todos. Salvo si deciden que corra por mi cuenta. En este caso, el riesgo será mío, pero, también en ese caso, exigiré que nos pongamos en movimiento inmediatamente. Ya hemos perdido más de un minuto, y cada uno más que se pierda me aproxima a la muerte.
Se miraron. Iussupov dijo, de pronto:
– No es una operación tan gloriosa que pueda interesar a nadie su paternidad. Por otra parte, el Estado, hasta ahora, me ha empleado en casos de más envergadura técnica y, sobre todo, de más alcance histórico.
– ¿Debo entender que propone que el coronel Etvuchenko actúe por su cuenta?
– Me da lo mismo.
Nada de lo que siguió tiene ya interés como para que lo cuente con detalle. Me dejaron solo, pero me vigilaron según mis instrucciones. La noche estaba lluviosa, pero no fría, e incluso el azul del aire era hermoso. No dejé de fijarme en que una mujer arrodillada y sentada sobre sus piernas, tocaba tiernamente una flautita. Podía tener lo mismo doce que veinte años: rubia, delgada, recordaba a algún personaje de cuento céltico, donde los mendigos son siempre ángeles o santos, cuando no la misma Virgen María. Me alejé de ella con melancolía. Dejé el coche junto al único farol de la plazoleta, uno de gas, de los antiguos. Sonaba un acordeón lejano, quizá sólo un disco o una radio. Y, como la lluvia era menuda, daba la sensación de niebla, una niebla que englutiese casas y árboles y los fundiese en un conjunto borroso. No sé por qué recordé a Irina: acaso porque la sensación encaminaba más a la poesía que al miedo. Entré en la casa, deposité el dinero, esperé en el coche, recogí después los cartapacios del Plan Estratégico y los fui trasladando al exterior, vigilado por varias metralletas y por la mirada escrupulosa de Iussupov, a quien probablemente aquello parecía menos fácil y más elemental de lo que era en realidad. Poco tiempo después, aquel montón de papeles estaba en el despacho del Embajador. Ni éste, ni el General, ni Iussupov, ni siquiera el doctor Klein, se atrevían a tocarlo, aunque sí lo rondasen. Pero la situación la había alterado la presencia de un personaje inesperado (para mí una sorpresa). Irina Tchernova acarició con sus delicados guantes los cartapacios ásperos. Se volvió a los presentes.
– ¿Recuerdan lo del caballo de Troya? -dijo, con cierta burla en la voz.
Iussupov le contestó que sí, que por supuesto.
– Pues no estaría de más que los señores del Estado Mayor lo recordasen también. Éste, al menos, es mi consejo.
No se había quitado el impermeable, se había limitado a desabrochárselo. Al ver el Embajador que parecía disponerse a marchar (y sólo por el movimiento de sus dedos en los botones), le preguntó:
– ¿Pero va usted a dejarnos en esta perplejidad? ¿Por qué nos dice eso? ¿Qué es lo que sabe?
– Nada, señor Embajador. Mera deformación profesional. No olvide que soy poeta, y lo que acabo de hacer es una cita poética, aunque sólo en cierto modo.
Sus palabras parecían, efectivamente, liquidar el coloquio, pero, en cambio, había interrumpido a mitad del camino el recorrido de sus dedos por los botones del impermeable. El General recurrió al cigarrillo con que solía cubrir vacíos y rellenar pausas, y después dijo:
– Irina, nada más lejos de mi intención que intervenir en el sistema al que usted pertenece y cuyos canales de comunicación no coinciden, evidentemente, con los míos. No voy a preguntarle lo que sabe, sino sólo si sabe algo.
– ¿Saber? No, General. Pero he reflexionado. Si nuestro Estado Mayor hizo llegar a la NATO un estudio estratégico escrupuloso para enterarles, no sólo de que su sistema de defensa tenía un punto vulnerable, sino de que nosotros le sabíamos, lo natural es que ellos hayan elaborado un estudio semejante y nos lo hayan hecho llegar, ahí lo tenemos delante de nosotros, no para convencernos de que somos invulnerables, sino para hacérnoslo creer. Nos responden adecuadamente, pero el efecto que intentan causarnos con su respuesta es el contrario del que nosotros nos hemos esforzado en causarles a ellos. Lo encuentro, sobre todo, elemental, y me admira que a ninguno de ustedes se le haya ocurrido.
El Secretario se adelantó, en el uso de la palabra, al General, y le cortó el ademán correspondiente:
– Y, díganos usted, Irina: ¿somos nosotros quienes hemos de comunicar esa sospecha al Estado Mayor, o lo hará usted directamente?