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– ¿Dices que eres licenciada en Derecho?

– Si, estudié en Georgetown.

– Los abogados ganan mucho dinero. Y no corren ni por asomo tantos riesgos como los agentes del FBI.

– Supongo que no. -Por fin, Reynolds se percató de adónde quería llegar.

– Quizá debas plantearte cambiar de profesión -sugirió Anne-. Hay demasiados locos por ahí sueltos. Y demasiadas armas. Cuando Ken empezó a trabajar en el FBI, no había niños rondando por ahí con ametralladoras y disparando a la gente como si estuvieran en un maldito cómic.

Reynolds no tenía nada que decir al respecto. Permaneció de pie, sosteniendo la libreta junto a su pecho, pensando en sus hijos.

– Te traeré el café.

Anne cerró la puerta tras de sí y Reynolds se dejó caer en la silla más cercana. De repente, tuvo una visión en la que introducían su cuerpo en una bolsa negra mientras la pitonisa daba las malas noticias a sus desconsolados hijos. «Ya advertí a vuestra madre.» ¡Mierda! Desechó esos pensamientos y abrió la libreta. Anne volvió con el café y luego la dejó sola. Reynolds realizó progresos considerables. Lo que descubrió resultaba muy inquietante.

Durante por lo menos los tres últimos años, Ken Newman había efectuado ingresos, todos en metálico, en su cuenta corriente. Las cantidades eran pequeñas, cien dólares aquí, cincuenta allá, y las fechas de ingreso eran aleatorias. Tomó el registro que Sobel le había proporcionado y repasó los días en que Newman había visitado la caja de seguridad. Casi todos coincidían con las fechas de los ingresos en la cuenta corriente. Reynolds conjeturó que Ken abría la caja, introducía dinero nuevo en ella, tomaba parte del viejo y lo depositaba en la cuenta bancaria de la familia. También imaginó que habría ido a otra sucursal a efectuar los ingresos. Era improbable que, en la misma oficina, extrajera dinero de la caja de seguridad a nombre de Frank Andrews y lo ingresara en una cuenta a nombre de Ken Newman.

Todos aquellos movimientos ascendían a una cantidad de dinero significativa, aunque no a una fortuna. El saldo total de la cuenta corriente nunca era demasiado elevado porque siempre extendía cheques para aquella cuenta que lo reducían. Observó que la nómina de Newman en el FBI estaba domiciliada en la cuenta. Además, había numerosos cheques extendidos a nombre de una agencia de corredores de bolsa. Reynolds encontró esos extractos en otro archivador y enseguida llegó a la conclusión de que, aunque Newman no fuera ni mucho menos multi-millonario, contaba con una buena cartera de valores, y los registros ponían de manifiesto que aumentaba con regularidad. Gracias a la tendencia alcista del mercado, sus inversiones se habían incrementado de forma considerable.

Excepto por los ingresos en metálico, lo que había averiguado no resultaba tan insólito. Había ahorrado dinero y lo había invertido bien. No era rico pero vivía con desahogo. Los dividendos de la cuenta de inversiones también iban a parar a la cuenta corriente de los Newman, lo que enmarañaba todavía la visión de conjunto de los ingresos. En pocas palabras, sería difícil concluir que había algo sospechoso en las finanzas del agente a no ser que se analizaran en profundidad. Y a menos que se supiese la existencia de la caja de seguridad, la cantidad de dinero que se apreciaba no parecía merecer semejante escrutinio.

Lo que la confundía era la cantidad de dinero que había visto en la caja de seguridad. ¿Por qué querría guardar tanto en un lugar que no devengaba intereses? Lo que le sorprendía casi tanto como el dinero era lo que no había encontrado. Cuando Anne apareció para preguntarle cómo iba todo, decidió interrogarla directamente.

– Aquí no consta el pago de ninguna hipoteca ni de tarjetas de crédito.

– No tenemos hipoteca. Bueno, la teníamos, una a treinta años, pero Ken fue haciendo pagos extras y al final la amortizó toda antes de tiempo.

– Qué bien. ¿Cuándo fue eso?

– Hará unos tres o cuatro años, creo.

– ¿Y las tarjetas de crédito?

– A Ken no le gustaban. Pagábamos siempre en efectivo. Electrodomésticos, ropa, incluso coches. Nunca compramos uno nuevo, siempre de segunda mano.

– Es una costumbre inteligente. Así se ahorran muchos gastos de financiación.

– Ya te dije que a Ken se le daban muy bien las cuentas.

– Si hubiera sabido que se le daban tan bien, le habría pedido que me asesorara.

– ¿Necesitas revisar algo más?

– Me temo que una cosa más. Las declaraciones de la renta de los últimos dos años, si las tienes.

Ahora la ingente cantidad de dinero en efectivo de la caja cobraba sentido a los ojos de Reynolds. Si Newman pagaba todo en metálico, entonces no tenía necesidad de ingresarlo en la cuenta corriente. Por supuesto, para pagos como el de la hipoteca, el agua, la luz y el teléfono tenía que extender un cheque, por lo que debía ingresar dinero para pagarlos. Además, eso implicaba que no quedaba constancia del dinero que guardaba en la caja y no depositaba en la cuenta corriente. Al fin y al cabo, el dinero en metálico tenía esa ventaja; y eso significaba que Hacienda no tenía forma de saber que Newman lo poseía.

Había sido lo bastante inteligente como para no cambiar su estilo de vida. Vivía en la misma casa, no se compraba coches deslumbrantes, ni le había dado por despilfarrar dinero yendo de compras, error que cometían muchos ladrones. Además, sin pagos de la hipoteca ni de tarjetas de crédito, disponía de mucha liquidez; a primera vista ese hecho parecería explicar la capacidad para invertir en bolsa con regularidad. Para averiguar la verdad, alguien tendría que investigar con tanta o mayor profundidad que Reynolds.

Anne encontró las declaraciones de la renta correspondientes a los últimos seis años en el archivador metálico situado contra una de las paredes. Estaban tan bien ordenadas como el resto de los documentos financieros del hombre. Con un vistazo rápido a las declaraciones de los tres últimos años, Reynolds confirmó sus sospechas. Los únicos ingresos declarados eran el sueldo que el FBI pagaba a Newman y varios intereses y dividendos de inversiones, así como los intereses del banco.

Reynolds dejó las carpetas en su sitio y se puso el abrigo.

– Anne, siento mucho haber tenido que venir a hacer esto en medio de todo lo que estás pasando.

– Fui yo quien te pidió ayuda, Brooke.

Reynolds sintió otra punzada de culpabilidad.

– Bueno, no sé si te he sido de gran ayuda.

Anne la agarró del brazo.

– ¿Ahora puedes decirme qué ocurre? ¿Ken ha hecho algo malo?

– Lo único que puedo decirte en estos momentos es que he encontrado algunas cosas que no soy capaz de explicar. No te mentiré; resultan muy preocupantes.

Anne apartó la mano lentamente.

– Supongo que tendrás que informar de lo que has descubierto.

Reynolds la observó. Estrictamente hablando, lo que debía hacer era acudir de inmediato a la ORP y contarlo todo. La Oficina de Responsabilidad Profesional estaba oficialmente al amparo del FBI pero en realidad la gestionaba el Departamento de Justicia. La ORP investigaba acusaciones de mala conducta dirigidas contra empleados del FBI. Tenían fama de ser muy rigurosos. Una indagación de la ORP asustaría incluso al agente más duro del FBI.

Sí, desde un punto de vista técnico era muy sencillo. Ojalá la vida fuera tan simple. La desconsolada mujer que Reynolds tenía ante sí complicaba mucho su decisión. Al final venció su lado humano y resolvió pasar por alto las normas del FBI de momento. Ken Newman sería enterrado como un héroe. El hombre había servido como agente durante más de dos décadas, así que por lo menos se merecía ese reconocimiento.

– Más tarde o más temprano, sí, tendré que informar de mis averiguaciones. Pero ahora no. -Se calló y le tomó la mano-. Sé cuándo celebrarán el funeral. Estaré ahí con todo el mundo, presentando mis respetos a Ken.

Reynolds dio a Anne un abrazo tranquilizador y se marchó. Se le agolpaban tantos pensamientos en la mente que se sentía un tanto mareada.