Colin le dio un buen mordisco al suyo y luego habló con la boca llena. Ese gesto de mala educación fue un insulto directo hacia su anfitrión.
– Nos casamos hace pocas semanas.
Phillip arqueó una ceja, porque no había entendido nada.
– Somos recién casados.
Phillip asintió porque supuso que tendría que darle alguna respuesta.
Colin se inclinó hacia delante.
– De verdad, no quería dejar a mi mujer sola en casa.
– Claro -susurró Phillip porque, a ver, ¿qué otra cosa podría haber dicho?
– ¿Ha entendido lo que ha dicho? -le preguntó Gregory.
Colin se giró y le lanzó una espeluznante mirada a su hermano que, obviamente, era demasiado joven para dominar el arte de los matices y el discurso circunspecto. Phillip no dijo nada hasta que Colin volvió a girarse hacia la mesa y, entonces, le ofreció un plato de espárragos, que Colin aceptó encantado, y dijo:
– Deduzco que echa de menos a su mujer.
Los cuatro se quedaron en silencio y entonces, después de mirar a su hermano con desdén, Colin dijo:
– Mucho.
Phillip miró a Benedict, porque era el único que no había tomado partido en esa discusión.
Craso error. Benedict se estaba frotando las manos, y todavía parecía que se arrepentía de no haberlo estrangulado cuando había tenido la oportunidad.
Luego Phillip miró a Gregory, que tenía los brazos cruzados encima del pecho y estaba furioso. Tenía el resto del cuerpo muy tenso, conteniendo una rabia que quizás iba dirigida hacia Phillip o quizás hacia sus hermanos, que llevaban toda la noche tratándolo como a un mocoso. No le hizo ninguna gracia que Phillip lo mirara, así que levantó la barbilla, apretó los dientes y…
Y Phillip tuvo bastante de aquello. Volvió a mirar a Colin.
Seguía comiendo y, sin que Phillip se diera cuenta, había embaucado a alguien del servicio para que le sirviera un plato de sopa. Ya había dejado la cuchara en el plato y ahora se estaba mirando la otra mano. Con el índice extendido, señaló a Phillip mientras, recalcando cada palabra, dijo:
– Echo. De. Menos. A. Mi. Mujer.
– ¡Maldita sea! -explotó Phillip, al final-. Si me vais a romper las piernas, ¿por qué no lo hacéis de una buena vez?
Capítulo 10
“… jamás sabrás, querida Penelope, la mala suerte que has tenido de tener sólo hermanas. Los chicos son mucho más divertidos.”
Eloise Bridgerton a Penelope Featherington
después de un paseo a caballo por Hyde Park
a medianoche con sus tres hermanos mayores.
– Sólo tienes dos opciones -dijo Anthony, sentándose en la silla de Phillip como si el despacho fuera suyo-. O te casas con él en una semana, o te casa con él en dos semanas.
Eloise abrió la boca, horrorizada.
– ¡Anthony!
– ¿Esperabas que te sugiriera otra alternativa? -preguntó su hermano, suavemente-. Supongo que podríamos alargarlo hasta dentro de tres semanas, si la razón fuera suficientemente convincente.
Odiaba que su hermano hablara así, como si fuera razonable y sabio y ella no fuera más que una niña caprichosa. Le gustaba mucho más cuando despotricaba. Entonces, al menos, Eloise podía hacer ver que estaba loco y que ella sólo era una pobre víctima inocente.
– No veo por qué ibas a oponerte -continuó él-. ¿No viniste aquí con la intención de casarte con él?
– ¡No! Vine con la intención de descubrir si quería casarme con él.
– ¿Y quieres?
– No lo sé -dijo ella-. Sólo han pasado dos días.
– Y, sin embargo -dijo Anthony, mirándose las uñas desinteresadamente-, es tiempo más que suficiente para arruinar tu reputación.
– ¿Sabe alguien que me he marchado? -preguntó ella, enseguida-. Aparte de la familia, claro.
– Todavía no -admitió él-. Pero alguien se enterará. Siempre se acaba enterando alguien.
– Tenía que haber una acompañante -dijo Eloise, huraña.
– ¿Tenía? -preguntó Anthony, sin alterarse, como quien pregunta si tenía que haber cordero para cenar o si tenía que ir a la expedición de caza que habían organizado en su honor.
– Vendrá pronto.
– Hmmm. Qué mala suerte que haya llegado yo antes.
– Muy mala suerte -dijo Eloise entre dientes.
– ¿Qué has dicho? -preguntó él, aunque lo hizo con aquella horrible voz que significaba que lo había oído perfectamente.
– Anthony -dijo Eloise, casi como un ruego, aunque ni ella misma tenía idea de qué le estaba rogando.
Anthony la miró, con aquella mirada negra tan profunda y violenta que sólo entonces Eloise supo que debería haber dado las gracias cuando hacía ver que se miraba las uñas.
Dio un paso hacia atrás. Cualquiera que estuviera cerca de Anthony Bridgerton cuando estaba enfadado habría hecho lo mismo.
Sin embargo, cuando habló, lo hizo con una voz tranquila y relajada:
– Tú solita te has metido en este lío -dijo, muy despacio-. Así que tendrás que aceptar las consecuencias.
– ¿Me obligarías a casarme con un hombre al que apenas conozco? -susurró ella.
– ¿De verdad no le conoces? -respondió Anthony-. Porque en el comedor parecía que le conocías muy bien. Saltaste en su defensa a la primera oportunidad que tuviste.
Mientras hablaba, Anthony la iba dejando sin argumentos y aquello la sacaba de quicio.
– Eso no basta para aceptar una propuesta de matrimonio -insistió ella-. Al menos, todavía no.
Sin embargo, Anthony no se solía rendir con facilidad.
– Entonces, ¿cuándo? ¿Dentro de una semana? ¿Dos?
– ¡Basta! -exclamó ella, con unas ganas horribles de taparse los oídos-. No puedo pensar.
– No, tú no piensas -la corrigió él-. Si te hubieras parado a pensar, a utilizar esa parte del cerebro reservada para el sentido común, nunca te habrías marchado de casa.
Eloise se cruzó de brazos y apartó la mirada. Aquel argumento era irrefutable y le daba mucha rabia.
– ¿Qué vas a hacer, Eloise? -preguntó Anthony.
– No lo sé -susurró ella, odiando lo estúpida que parecía.
– Bueno -dijo Anthony, todavía con aquella horrorosa y tranquila voz-. Pues parece que estás en un buen aprieto, ¿no?
– ¿Decirlo no es suficiente? -saltó Eloise, con los puños cerrados a la altura de las costillas-. ¿Tienes que acabar cada frase con una pregunta?
Anthony sonrió, aunque no parecía divertido.
– Y yo que pensaba que agradecerías que te preguntara tu opinión.
– Estás siendo condescendiente y lo sabes.
Anthony se inclinó hacia delante con la mirada encendida.
– ¿Tienes alguna idea del esfuerzo que estoy haciendo por no alterarme?
A Eloise le pareció mejor no ponerlo a prueba.
– Te escapaste en mitad de la noche -dijo, al tiempo que se levantaba-. Y no dijiste nada, ni siquiera dejaste una nota…
– ¡Dejé una nota! -gritó ella.
Anthony la miró incrédulo y cargado de paciencia.
– ¡La dejé! -insistió ella-. La dejé en la mesa de la entrada. Al lado del jarrón chino.
– ¿Y esa misteriosa nota decía que…?
– Decía que no os preocuparais, que estaba bien y que me pondría en contacto con vosotros en un mes.
– Ah, qué bien -se burló Anthony-. Eso me hubiera dejado mucho más tranquilo.
– No sé cómo no la visteis -dijo Eloise, en voz baja-. Seguramente, se traspapeló entre las invitaciones.
– Por lo que sabíamos -continuó Anthony, acercándose a su hermana-, te habían secuestrado.
Eloise palideció. Jamás se le había ocurrido que su familia pudiera llegar a pensar algo así. Jamás se había imaginado que su nota se extraviaría.
– ¿Sabes qué hizo mamá, después de casi morirse de preocupación? -le preguntó Anthony, muy serio.