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– ¿Sucede algo?

– Estaba preocupada por si lo habían matado -dijo ella, entre dientes.

– Oh -dijo él, con aquella amplia sonrisa que se le quedaba a cualquier hombre después de haberse tomado tres vasos de vino-. No lo han hecho.

– Ya lo veo -dijo ella-. ¿Qué ha pasado?

Phillip miró hacia la mesa. Anthony se estaba acabando lo que Colin había dejado intacto en la mesa (seguramente, porque no lo había visto), y Benedict estaba echando la silla hacia atrás, intentando mantener el equilibrio sobre dos patas. Gregory estaba tarareando una melodía, con los ojos cerrados y una estúpida sonrisa, seguramente pensando en Lucy, o en determinadas partes desproporcionadamente grandes de la anatomía de Lucy.

Phillip se giró hacia ella y se encogió de hombros.

Y Eloise, agotando casi toda su paciencia, añadió:

– ¿Desde cuándo son todos tan buenos amigos?

– Oh -asintió él-. Eso es muy gracioso. De hecho, les pedí que me rompieran las piernas.

Eloise lo miró. Por muchos años que viviera, jamás entendería a los hombres. Tenía cuatro hermanos y se suponía que debería ser capaz de entenderlos mejor que otras mujeres y quizás había tardado veintiocho años en descubrir que los hombres, sencillamente, eran bichos raros.

Phillip volvió a encogerse de hombros.

– Por lo visto, sirvió para romper el hielo.

– Ya lo veo.

Eloise lo miró, Phillip la miró y, de reojo, Eloise vio que Anthony los estaba mirando. De repente, Phillip recuperó la sobriedad.

– Tendremos que casarnos -dijo.

– Lo sé.

– Si no lo hago, me romperán las piernas.

– No se detendrían ahí -refunfuñó ella-, pero aunque así fuera, a una dama le gusta pensar que la han escogido por otra razón que no sea la salud osteopática del futuro novio.

Phillip la miró, sorprendido.

– No soy estúpida -murmuró ella-. He estudiado latín.

– Sí, claro -respondió él, muy despacio, como hacen los hombres cuando no saben qué decir y quieren llenar un espacio.

– O, al menos -insistió ella, buscando algo que pudiera interpretarse como un halago-, quizá por alguna otra razón que ésa.

– Sí, claro -repitió él, asintiendo, aunque no dijo nada más.

Eloise lo miró con los ojos entrecerrados.

– ¿Cuánto vino ha bebido?

– Sólo tres. -Hizo una pausa, se lo pensó, y añadió-: Quizá cuatro.

– ¿Vasos o botellas?

Phillip no estaba seguro de conocer la respuesta.

Eloise miró hacia la mesa. Había cuatro botellas de vino en la mesa y tres estaban vacías.

– No los he dejado solos tanto rato -dijo.

Él se encogió de hombros.

– Tenía que elegir: beber con ellos o dejarles que me rompieran las piernas. La decisión era bastante sencilla.

– ¡Anthony! -exclamó Eloise.

Ya había tenido suficiente de sir Phillip. Había tenido suficiente de todos y de todo. De hombres, de matrimonio, de piernas rotas y botellas de vino vacías. Pero, sobre todo, ya había tenido suficiente de ella misma, de haber perdido tanto el control sobre la situación, de sentirse tan impotente ante los giros de la vida.

– Quiero irme -dijo.

Anthony asintió y gruñó, masticando el último pedazo de pollo que Colin había dejado.

– Anthony, ahora.

Y su hermano debió notar algo en su voz, seguramente la manera como había vocalizado las palabras, porque se levantó y dijo:

– Por supuesto.

Eloise jamás se había alegrado tanto de ver el interior de un carruaje.

Capítulo 11

“… no soporto que un hombre beba demasiado. Por eso estoy convencida que entenderás por qué no puedo aceptar la proposición de matrimonio de Lord Wescott.”

Eloise Bridgerton a su hermano Benedict, después

de rechazar su segunda proposición de matrimonio.

– ¡No! -exclamó Sophie Bridgerton, la menuda y casi etérea mujer de Benedict-. ¡No puede ser!

– De verdad -dijo Eloise, sonriendo, mientras se volvía a sentar en la silla y bebía un sorbo de limonada-. ¡Y estaban todos borrachos!

– Amigos -susurró Sophie, dándole a entender a Eloise que lo que la había sacado de sus casillas la noche anterior era ese comportamiento de camaradería de los hombres. Obviamente, sólo necesitaba a una mujer para poder desahogarse tranquilamente.

Sophie frunció el ceño.

– ¿No me digas que otra vez estaban hablando de esa pobre Lucy?

Eloise se sorprendió.

– ¿Sabes quién es?

– Todo el mundo sabe quién es. Dios sabe que es imposible no verla si te cruzas con ella por la calle.

Eloise intentó imaginárselo pero no pudo.

– Para serte sincera -susurró Sophie, a pesar de que no había nadie cerca de ellas-, lo siento mucho por ella. Toda esa atención y, además, tanto peso no debe ser bueno para la espalda.

Eloise intentó no reír, pero no pudo evitarlo.

– ¡Un día, Posy incluso se lo preguntó!

Eloise abrió la boca, sorprendida. Posy era la hermanastra de Sophie que, antes de casarse con el jovial vicario del pueblo, que vivía a pocos kilómetros de Benedict y Sophie, había vivido varios años con ellos. También era la persona más simpática que Eloise había conocido en su vida y si había alguien capaz de hacerse amiga de una moza de taberna con los pechos enormes, ésa era Posy.

– Está en la parroquia de Hugh -continuó Sophie. Hugh era el marido de Posy-. Así que seguro que se conocen.

– ¿Y qué le dijo? -preguntó Eloise.

– ¿Posy?

– No, Lucy.

– Ah, no lo sé -dijo Sophie, haciendo una mueca-. Posy no quiso decírmelo. ¿Te lo puedes creer? Posy y yo jamás hemos tenido secretos. Me dijo que no podía traicionar la confianza de una feligresa.

A Eloise le pareció un gesto muy noble.

– Aunque no me concierne, claro -dijo, con toda la seguridad de una mujer que se sabe querida-. Benedict jamás me engañaría.

– Claro que no -añadió Eloise. La historia de amor de Benedict y Sophie era legendaria en la familia Bridgerton. De hecho, era una de las razones por las que Eloise había rechazado tantas propuestas de matrimonio. Quería esa clase de amor, pasión y drama. Quería más que ese “Tengo tres casas, dieciséis caballos y cuarenta y dos perros de caza” que le había dicho uno de sus pretendientes.

– Sin embargo -continuó Sophie-, no creo que sea tan difícil cerrar la boca cuando la ve por la calle.

Eloise estaba a punto de afirmarle, con vehemencia, lo muy de acuerdo que estaba con ella cuando vio que sir Phillip se acercaba hacia ella por el jardín.

– ¿Es él? -preguntó Sophie, sonriendo.

Eloise asintió.

– Es muy apuesto.

– Sí, supongo que sí -dijo Eloise, muy despacio.

– ¿Lo supones? -preguntó Sophie, impaciente-. No te hagas la tonta conmigo, Eloise Bridgerton. Fui tu doncella y te conozco mejor de lo que nadie debería.

Eloise se abstuvo de comentar que sólo había sido su doncella durante dos semanas, el tiempo necesario para que ella y Benedict aclararan sus sentimientos y decidieran casarse.

– De acuerdo -admitió-. Es muy apuesto, si te gustan los hombres rudos y rurales.

– Y a ti te gustan -apuntó divertida Sophie.

Para su completa mortificación, Eloise se sonrojó.

– Puede -murmuró.

– Además -añadió Sophie-, ha traído flores.

– Es botánico -dijo Eloise.

– Bueno, eso no le quita mérito al gesto.

– No, sólo lo facilita.

– Eloise -la regañó Sophie-. Deja de hacer eso.

– ¿El qué?

– Intentar descuartizarlo antes de darle una oportunidad.

– No estoy haciendo eso -protestó Eloise, aunque sabía perfectamente que estaba mintiendo. Odiaba que su familia estuviera intentando arruinarle la vida, aunque lo hicieran con la mejor intención, y se sentía huraña y poco cooperativa.