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En los meses inmediatamente posteriores al intento fallido de Faure de ser nombrado secretario general, se presentaron todos los candidatos imaginables, pero ninguno consiguió reunir el apoyo unánime del Consejo de Seguridad. Faure se había encargado de que fuera así. Al alejarse las perspectivas de alcanzar un consenso, la frecuencia de los intentos disminuyó, y el cargo rotativo de presidente del Consejo de Seguridad había pasado a convertirse en sustituto de secretario general. La intención de Faure era que ello continuara así hasta que él pudiera presentarse de nuevo al cargo. Pero tendría que ser pronto, y Faure lo sabía. Si todo seguía igual durante mucho más tiempo, cabía la posibilidad de que el Consejo de Seguridad decidiese hacer de ésta una solución permanente. De cara a la presentación de su candidatura, Faure hacía cuantos favores podía, intentando aparentar la máxima equidad y diplomacia posibles. Salvo, claro está, con quienes se cruzaban en su camino. Y Christopher era uno de ellos.

Lo de Nikhil Gandhi era algo diferente. No era inflexible, pero por lo que Faure había podido comprobar, era un hombre que se vendía caro. Acceder a sus exigencias significaba ganarse la enemistad del resto. Faure hubiese preferido la elección del principal contrincante de Gandhi, Rajiv Advani, como miembro permanente del Consejo de Seguridad. Advani y el francés habían mantenido buenas relaciones mientras fueron miembros temporales. El indio era ahora primer ministro de la India, pero Faure estaba convencido de que preferiría ocupar el cargo de representante permanente de la India… si algo desafortunado le ocurriera a Nikhil Gandhi.

Kruszkegin y Lee eran más problemáticos. Ambos habían trabajado durante muchos años bajo el mandato del secretario general Jon Hansen, y ambos habían desarrollado una profunda desconfianza hacia Faure en el último año. Lee y Kruszkegin se reunían con frecuencia y habían llegado a la conclusión de que Faure no debía llegar jamás a ocupar la Secretaría General. Si era paciente, Faure podía aguardar a que Lee se jubilara tarde o temprano. Kruszkegin, sin embargo, podía permanecer en el cargo cinco o seis años más. Y Faure no tenía tanta paciencia.

* * *

El resultado de la votación fue una derrota humillante para Christopher. Se había defendido bien desde la tribuna, pero sólo Lee, Kruszkegin y Ruiz, de Suramérica, votaron finalmente a favor de que conservara las atribuciones de urgencia sobre la OMR Christopher conservaría su cargo como presidente y cabeza titular de la organización, pero el general Brooks recuperaba el cargo de comandante de las fuerzas.

Decker Hawthorne, que había visto la votación por circuito cerrado desde su despacho del edificio de la Secretaría de la ONU, cruzó la calle apresuradamente hasta la oficina de Christopher en la misión italiana para estar allí cuando éste cuando llegara. Como esperaba, Christopher estaba enfadado y frustrado a la vez, dos emociones que exhibía muy de vez en cuando.

– ¿Lo has visto? -preguntó Christopher asqueado al ver entrar a Decker.

– Lo he visto -contestó Decker. Intentó templar el tono de enfado para mostrase lo más confortador posible.

– ¡Y lo peor es que es culpa mía!

– No te castigues -dijo Decker consolador-. Faure lleva en esto mucho más tiempo que tú.

Eso no pareció consolar demasiado a Christopher.

– Pero ¿cómo pude ser tan estúpido de contarle a Faure que iba a investigar al general Brooks? ¡Es de locos!

Christopher daba zancadas de un lugar para otro.

– Puede que no fuera lo más inteligente, pero estoy convencido de que querías hacer lo correcto. Y te limitaste a otorgarle el beneficio de la duda -dijo Decker.

– ¡Y mucho más que eso! -dijo Christopher con enfado-. Le concedí cuatro días. No me extraña que no haya podido probar nada, el general Brooks tuvo cuatro días enteros para destruir las pruebas. He hecho el más absoluto de los ridículos. -Christopher agitó pensativo la cabeza-. No es de extrañar que Gandhi y Fahd hayan votado en mi contra, pero ¿qué hay de Tanaka y Howell? -dijo refiriéndose a los embajadores de Japón y Canadá respectivamente-. ¿Están ciegos o qué? ¿Acaso no se dan cuenta de lo que Faure está tramando? ¡Sería capaz de echar el mundo abajo si supiera que al final iba a poder alzarse sobre los escombros y ungirse rey!

»¿Sabes qué? Nunca entendí que Faure votara a favor de la nominación del embajador Tanaka al principio, del proceso de elección del secretario general. Tampoco que, luego, cuando África occidental rechazó a Tanaka, Faure apoyase a Kruszkegin como su candidato. Resultaba muy raro que Faure promoviera a otro antes que a sí mismo. Pensé que tal vez estaba equivocado; Kruszkegin hubiese sido un magnífico secretario general. Así que cuando todo cambió y Faure salió nominado, al principio me preocupó pero luego casi llegué a hacerme a la idea. Bueno, he tardado mucho en darme cuenta, pero estoy convencido de que la única razón de que Faure apoyara la candidatura del japonés y luego la de Kruszkegin no fue otra que consolidar la base de su propia nominación. No creo que tuviese intención alguna de ayudar a Kruszkegin o a Tanaka. Todo formaba parte de su plan para ser elegido secretario general.

La mirada de Christopher ardía de ira. Se detuvo y miró por la ventana. Una lluvia helada se precipitaba sobre los sucios restos de nieve caída tres días antes.

– Tengo que apartarme de todo esto durante un tiempo -dijo Christopher.

– ¿Por qué no te coges unos días y los pasas en la casa de Maryland? Es más, si no te importa, me encantaría acompañarte.

Hacía casi seis meses que Decker no visitaba su casa de Derwood. Y quería asegurarse de que la agencia a la que había confiado su mantenimiento estaba cuidando bien de la casa y, sobre todo, de la tumba de Elizabeth, Hope y Louisa.

– Gracias, Decker, pero me gustaría alejarme de la ONU lo máximo posible. Me iría a Roma, pero si lo hago, tendré a un montón de periodistas preguntándome sobre esta votación incluso antes de tomar tierra. Y, seamos francos, preferiría no tener que vérmelas con el presidente Sabetini justo ahora.

Decker pensó en ofrecer otra sugerencia, pero decidió que lo mejor era permanecer callado y dejar que Christopher pensara con tranquilidad. Christopher seguía mirando por la ventana. Decker nunca le había visto tan disgustado. Tenía que haber algo más.

– Christopher -preguntó Decker pasados unos instantes-, ¿hay algo que no me estés contando?

Christopher se volvió hacia Decker, con su rostro marcado por la angustia. Era como si Decker hubiese detectado algo que Christopher no quería admitir y a la vez no pudiese negar por más tiempo.

– Tengo la extraña sensación -empezó Christopher molesto y sacudió de nuevo la cabeza como si no estuviese seguro de lo que aquella sensación podía significar- de que algo terrible está a punto de ocurrir, de que éste no es más que el principio, de que Faure y Brooks van a ser los responsables de una tragedia terrible. Y me veo incapaz de intentar evitarla. -Christopher hizo una pausa, pero Decker no tenía nada que decir-. ¿Acaso es un error que quiera irme? -continuó Christopher-. ¿Que quiera poner tierra de por medio durante un tiempo?

– No, claro que no -repuso Decker en tono tranquilizador-. Todos necesitamos alejarnos de vez en cuando para poder pensar.

– Quizás sea que estoy mal acostumbrado. En realidad, nunca he tenido que hacer frente a un problema que no pudiese manejar. Por primera vez en mi vida no sé qué hacer.