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De regreso al hotel, Decker y Hank Asher contrastaron sus notas mientras Bill Dean y Tom telefoneaban a las autoridades israelíes para recoger la reacción oficial a los disturbios y la muerte de palestinos. Una vez completada, enviaron la noticia por correo electrónico a Estados Unidos.

A las seis de esa misma tarde, Decker y Tom acercaron a Asher y Dean al aeropuerto internacional Ben Gurion, en Tel Aviv, de donde salía su avión de regreso a Estados Unidos. Habían pasado varios meses de corresponsales en Oriente Próximo y estaban deseando pasar unas semanas en casa. Antes de que embarcaran, Decker tomó a Dean en un aparte.

– Bill, deja que te pregunte algo peculiar -empezó-. Tú que llevas aquí ya bastante tiempo, si escucharas por casualidad una conversación en la que se hablase de «proteger Petra», ¿de qué pensarías que están hablando?

– Hmm… -murmuró pensativo Dean-. Se oyen tantas cosas raras por aquí. Supongo que depende de quién lo dijera. Petra en griego significa roca, así que podrían haber estado hablando de muchas cosas. Se podían haber estado refiriendo al Peñón de Gibraltar. Últimamente preocupa bastante la actividad terrorista en la zona. Si los que hablaban eran musulmanes, supongo que estarían hablando de la cúpula de la Roca. Pero en ambos casos se trataría de referencias demasiado crípticas. Hay una antigua ciudad de Petra en Jordania, pero lleva siglos abandonada. Ahora no es más que una atracción turística. También hay un pasaje de la Biblia en el que Jesús habla de la piedra sobre la que edificará su iglesia. Así que supongo que podrían haber sido zelotes cristianos hablando de proteger la Iglesia de algún demonio o alguna falsa doctrina o algo por el estilo. Es todo lo que se me ocurre a bote pronto. Pero ¿de qué se trata?

Decker sacudió la cabeza.

– Pues ahora mismo no lo sé, la verdad. Ya te contaré cuando vuelvas de vacaciones, si es que saco algo en claro.

* * *

La semana siguiente les pareció insólitamente tranquila, comparado con el primer día de trabajo. Israel tomó posiciones ante el temor a una represalia palestina, pero ésta se hacía esperar. Hubo unos cuantos disturbios menores, y la huelga de trabajadores y comerciantes palestinos continuó; nada que las autoridades israelíes no pudiesen controlar. En el marco internacional, Naciones Unidas había aprobado una resolución de condena por sobrada mayoría con la abstención de Estados Unidos. Decker y Tom tuvieron tiempo de sobra para ocuparse de tareas como limpiar y airear las habitaciones.

Tom, más interesado en hacer turismo que Decker, reunió folletos sobre todos los lugares de interés histórico y religioso que se habían saltado en la visita relámpago con Joshua Rosen. Decker echó un vistazo a algunos para luego poder llevar de turismo a Elizabeth y las niñas cuando llegaran la semana antes de Navidad. Iba a quedarse hasta bien entrado enero y Elizabeth había pensado que era una buena oportunidad para sacar provecho de una situación adversa y poder pasar la Navidad con él en Tierra Santa.

* * *

Hacia las cuatro de la tarde de su octavo día en Israel, Tom acababa de regresar de la visita a uno de los numerosos templos de Jerusalén y nada más sentarse sonó el teléfono. Al descolgar escuchó la voz de un hombre cuyo acento le delataba como palestino.

– Necesito hablar con el americano Asher.

– Lo siento, no está -contestó Tom-. ¿En qué puedo ayudarle?

– Diga al americano: «Muchos perros llorarán esta noche, pero no tendrán donde derramar sus lágrimas».

– ¿Cómo dice? -preguntó Tom-. ¿De qué está hablando? ¿Qué quiere usted decir con eso?

Pero el hombre había colgado el teléfono.

– ¿Qué pasa? -preguntó Decker ante la expresión de confusa intriga de Tom.

– Pues no lo sé con exactitud -contestó Tom-. Me parece que era uno de los informadores de Hank. O eso o un chiflado.

Decker esperó un momento a que Tom continuara, pero como pareciera que fuera a guardarse el misterio para sí, se decidió a preguntar.

– ¿Y bien? ¿Qué quería?

– Ha dicho que le diga a Asher que muchos perros llorarán esta noche, pero no tendrán donde derramar sus lágrimas.

– ¿Alguna idea de lo que puede significar? -preguntó Decker.

– Ni idea, pero sé de alguien que quizá sepa algo -dijo Tom descolgando el auricular y empezando a marcar un número.

Estaba llamando a Hank Asher a Estados Unidos. Le costó cuatro llamadas dar con él y cuando por fin lo consiguió, éste tampoco tenía ni idea de lo que podía significar el mensaje.

– Lo único que se me ocurre -dijo Asher- es que hay veces en las que uno o más grupos palestinos llaman para atribuirse un secuestro o la colocación de una bomba. Hay mucha rivalidad entre las diferentes facciones palestinas. A lo mejor el tipo que ha llamado intentaba atribuirse algo antes de que ocurra para que luego se haga responsable a su grupo. Si es así, es seguro que llamará después del suceso. Os sugiero que llaméis a la policía israelí y les informéis sobre la llamada. En cualquier caso, no parece que vayáis a tener que esperar mucho para enteraros. Sea lo sea, sucederá esta noche.

– De acuerdo -dijo Tom-. Escucha, llámanos al hotel si se te ocurre algo.

– Cuenta con ello -dijo Asher-. Ah, otra cosa. Cuando llaméis a la policía, no les digáis que el tipo preguntó por mí. Estoy intentando disfrutar de unas vacaciones.

Tom llamó a la policía, que no tardó ni un segundo en atender la llamada. Otra cosa era decidir cómo actuar. El teniente inspector de policía Freij dijo que puesto que les había parecido que quien llamaba era un palestino, el empleo de la palabra perros no podía sino hacer referencia a los israelíes.

– Nosotros les llamamos perros y ellos nos lo llaman a nosotros. Es obvio que las palabras «llorar» y «lágrimas» hacen referencia a algo que va a suceder y que causará mucho dolor a Israel. Si ha dicho «esta noche», es evidente que lo que sea sucederá esta noche. A partir de aquí, todo lo demás son elucubraciones.

El teniente Freij también sugirió que podía tratarse de una falsa amenaza, algo que ocurría también con frecuencia.

– No obstante, y por si acaso -dijo-, daré orden de que se tomen todas las precauciones habituales en estos casos y me ocuparé de alertar a las autoridades pertinentes sobre la posibilidad de que se produzca un atentado terrorista.

* * *

Tom y Decker estuvieron un rato más elucubrando sobre lo que podía significar el mensaje, aunque sin llegar a una conclusión. Algo pasadas las once de la noche, Tom decidió irse a dormir y Decker subió a la azotea del edificio para tomar un poco de aire fresco.

Al sentarse en el ancho pretil grisáceo recordó la discusión que había mantenido con Goodman sobre el pequeño Christopher. En realidad siempre tenía el asunto presente. «Tiene que haber algún modo de que pueda publicar esa noticia sin hacer daño a nadie», pensó. Por su mente desfilaron una docena de soluciones posibles, pero en todas llegó a la misma conclusión, había un riesgo muy elevado de que los protagonistas fueran identificados. Al final alguien lo descubriría todo.

Decker se asomó al hermoso paisaje que ofrecía el viejo Jerusalén. La ciudad yacía casi en silencio bajo el oscuro manto de la noche recién caída. Sólo aquí y allá desafiaba a la noche sin luna el brillo de algún punto de luz. La cúpula de le la Roca, revestida de oro, rutilaba bajo las estrellas cerca del Muro de las Lamentaciones.

Y entonces lo comprendió.

– ¡Eso es!

Decker corrió lo más rápido que pudo desde la azotea hasta la habitación del hotel.

– ¡Tom! -gritó al irrumpir en la habitación.

Tom no se había acostado y veía en la televisión una vieja película de John Wayne y James Stewart.