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La policía se fue dos horas después. Scott Rosen les siguió en un taxi hasta la estación para indicarles cómo tenían que hacer su trabajo. Joshua e Ilana se habían llevado a Hope y Louisa a comer algo, y Tom dormía profundamente en un sillón. Decker y Elizabeth estaban por fin solos.

– Te he echado de menos -susurró Decker mientras abrazaba a su esposa.

– Te he echado de menos -respondió ella.

– No sabía lo mucho que significas para mí hasta que he dejado de tenerte. Pensaba en ti a todas horas. Constantemente. Cuando volvamos a casa, le voy a decir a Hank Asher que no pienso aceptar ni un solo trabajo que requiera estar lejos de casa más de tres días.

Al caer la noche, salieron y se sentaron bajo las estrellas. Elizabeth escuchaba en silencio, estrechando contra el suyo el cuerpo consumido de su marido mientras él le recitaba la poesía que había compuesto para ella aquellos tres últimos años.

* * *

Dos días después informaron a Decker de que le darían el alta a la mañana siguiente. Se acercaba Rosh Hashaná, el año nuevo judío, y el hospital quería reducir su ocupación lo máximo posible antes de los diez días sagrados del Tishrei. Sin embargo, Tom había desarrollado varios problemas de espalda y de riñón durante el cautiverio y debía permanecer en observación y realizarse más pruebas. Esa noche Decker pudo salir del hospital para cenar, y él y Elizabeth compartieron una cena romántica a la luz de las velas en la antigua Jaffa.

– Elizabeth -dijo Decker aprovechando un silencio durante la cena-, estoy seguro de que te acuerdas de todas las ocasiones en las que he repetido que nunca he llegado a sentir un lugar como mi hogar. Supongo que será porque he vivido en muchos sitios diferentes.

Elizabeth permaneció en silencio y asintió con la cabeza. Decker alargó el brazo sobre la pequeña mesa y colocó su mano sobre la de ella. Con la mano derecha acarició lentamente la suave curva de su rostro.

– En estos tres años decidí que si alguna vez regresaba a casa contigo, ése sería mi hogar. Cuando volvamos a Maryland, vamos a convertir ése en nuestro hogar, con todo lo que ello significa y cueste lo que cueste.

De los ojos de Elizabeth brotó una única lágrima. Desde que la telefoneó desde la base de Naciones Unidas y supiera que había vuelto, Elizabeth había tenido los sentimientos a flor de piel. Llevaba días conteniendo las lágrimas. Ahora, la inexplicable intensidad de los sentimientos de Decker fue la gota que colmó el vaso y rompió a llorar.

* * *

Después de cenar permanecieron un rato sentados a la mesa charlando. No hablaron del tiempo que habían estado separados, sino de los buenos tiempos que habían pasado juntos años atrás. Mientras hablaba Elizabeth, Decker la contemplaba con admiración, atento a cada uno de sus movimientos. Elizabeth observó divertida tanta atención.

– Decker -le susurró con fingido embarazo-, es como si me desnudases con la mirada.

– Oh -contestó él con una sonrisa y los ojos brillantes-, de eso hace rato.

Decker se sentía mucho mejor.

Derwood, Maryland

La familia Hawthorne aterrizó temprano en el aeropuerto de Dulles, a las afueras de Washington, y les sorprendió encontrar una limusina esperando; todo cortesía de Hank Asher. Durante los tres días que siguieron, Decker, Elizabeth, Hope y Louisa dedicaron el tiempo a conocerse de nuevo. Compraron cangrejos en Vinnie's Seafood y se fueron a comer a un pequeño parque que conocían en las esclusas del canal Chesapeake-Ohio. Otro día se quedaron en casa de charla y prepararon bistecs en la barbacoa. También salieron de compras y dieron una vuelta en coche por la ciudad para que Decker volviera a familiarizarse con todo. Hicieron cuanto les apetecía.

Hacia las doce del tercer día sonó el teléfono y Decker contestó. Era el profesor Goodman.

– Decker, tenemos que hablar -dijo Goodman con una urgencia que a Decker le pareció algo exagerada.

– Claro, profesor. Además me interesaría seguir con la noticia esa de la que hablamos. ¿Qué tal dentro de un mes o así? Después de pasar tres años secuestrado, incluso «la noticia más importante desde que Colón descubrió América» puede esperar unas semanas más.

– Tiene que ser antes -la voz de Goodman no revelaba que éste estuviera al tanto del tiempo que Decker había pasado secuestrado.

– Bueno, no estoy en forma para hacer un viaje tan largo -contestó Decker-. Acabo de regresar después de pasar tres años en un cuartucho en el Líbano y creo que me lo voy a tomar con calma un tiempo.

– Sí, ya me he enterado de todo -dijo Goodman-. De hecho, leo los periódicos, ya lo sabes. Pero no tienes que ir a ninguna parte. Martha y yo estamos en Washington. Es más, estamos en Derwood, en el restaurante alemán que hay a dos manzanas de tu casa.

– ¿Qué hacen aquí? -preguntó Decker sorprendido.

– He venido a dar una conferencia en un congreso científico. Martha no había estado nunca en Washington e insistió en acompañarme. Christopher en casa de un amigo del colegio. Bueno, entonces, ¿podemos pasarnos por ahí o no?

Decker consultó a Elizabeth un momento y finalmente aceptó que los Goodman se pasaran por allí, aunque Decker insistió al profesor que prometiera que el asunto no iba a ocuparles más de una hora. Harry y Martha Goodman llegaron a los pocos minutos. Elizabeth no conocía a Martha Goodman y ambas se sentían algo incómodas: la señora Goodman, por imponer su presencia y Elizabeth, por que se la impusieran. El profesor Goodman dejó claro que el asunto que le traía sólo atañía a Decker, así que Elizabeth invitó a la señora Goodman a salir a dar un paseo con ella y las niñas.

Tan pronto se hubieron ido, Goodman empezó a hablar.

– Te ruego disculpes esta intrusión pero no es por mí por lo que estoy aquí. Hay miles de periodistas más ahí afuera a los que les encantaría conseguir una exclusiva sobre lo que te voy a contar.

– Claro -dijo Decker-. Es sólo que de verdad necesito pasar algún tiempo con mi familia.

– Lo comprendo. Pero lo que estás a punto de saber cambiará el mundo para siempre. Te ruego que me disculpes, pensaba que te interesaría -añadió Goodman con melifluo sarcasmo.

Decker sintió como su irrefrenable curiosidad, en letargo durante tres años, se agitaba en lo más profundo de su ser.

– No quiero molestarte más de lo estrictamente necesario -dijo Goodman-, así que te dejaré una copia de mis anotaciones para que las examines más tarde. Ahora te haré sólo un breve resumen.

Decker rescató un cuaderno de hojas amarillas sin estrenar y Goodman empezó.

– Antes de nada. La última vez que hablamos discutimos sobre la metodología que empleé para crear los anticuerpos contra el cáncer de origen vírico, ¿recuerdas que te dije que era probable que funcionara también con el sida y otras enfermedades víricas? Pues bien, he continuado investigando en esa línea y he conseguido resultados sorprendentes. Pero siendo esta investigación importante, a lo máximo a lo que podía aspirar con esa metodología era a emplear las células C como agentes para la producción de anticuerpos. Vamos, poco más que montar una fábrica de pastillas. Y claro, yo no quería sólo fabricar pastillas. Aunque éstas curaran el cáncer o el sida, me pareció que era desperdiciar el potencial de las células. Lo que yo quería era hallar la manera de alterar las células de personas vivas para mejorar su sistema inmunológico.

»La idea me consumió durante bastante tiempo. ¿Cómo iba a alterar nunca la estructura genética de cada una de las células del cuerpo humano? En el laboratorio se pueden realizar cambios en unas pocas células. Con las células C, como sabemos, se puede incluso crear un individuo totalmente inmune como Christopher. Pero ¿cómo confieres esa inmunidad a una persona como tú o como yo? El asunto me tuvo totalmente desconcertado durante un tiempo.