»Decenas de millones yacen muertos en el mundo sin razón aparente. Se tiene noticia de que por lo menos treinta aviones comerciales se han estrellado contra montañas, campos o ciudades. En Brasil y Argentina, donde ya es mediodía, las carreteras son escenarios de una auténtica masacre. Los coches conducidos por víctimas del desastre han perdido el control y a toda velocidad han atropellado a otros vehículos, a peatones por doquier. En algunas plantas nucleares se ha rozado el desastre mientras los técnicos supervivientes se apresuraban a reemplazar a los que habían muerto. Algunos de los que han sobrevivido al primer desastre han tenido que dejar atrás a sus muertos mientras evacúan barrios afectados por el vertido tóxico de trenes descarrilados cargados de sustancias químicas.
»Los Gobiernos llaman a la calma. Se pide a la población que permanezca en sus hogares. Se ha interrumpido el servicio de todos los medios de transporte público; todos los aviones han recibido la orden de aterrizar en el aeropuerto más cercano disponible. Aun cuando las muertes se han producido de forma generalizada en todo el mundo, los Gobiernos de muchos países están reaccionando ante el desastre como si de un ataque a la soberanía nacional se tratara, situando en alerta máxima a sus ejércitos y restringiendo el espacio aéreo al uso exclusivo de las fuerzas armadas del país. La OTAN también está en alerta máxima.
»Nadie sabe lo que ha ocurrido, pero es inevitable hacerse una pregunta: ¿es ésta la venganza contra el mundo civilizado de todos estos años de Guerra contra el Terrorismo? Tal vez sea un ataque que se viene preparando desde hace años. O tal vez es la respuesta de los radicales islamistas a la decisión de Israel de erigir en Jerusalén un nuevo Templo sobre el emplazamiento donde hasta hace poco se elevaba su mezquita. Lo que es evidente es que si este desastre es el resultado de un atentado terrorista, sus agentes han ido más allá de la destrucción de unos cuantos edificios o del asesinato de unos cuantos en un puñado de ciudades, y ahora estamos en una guerra mundial.» El locutor se detuvo, incapaz de reprimir las lágrimas.
«En este momento, a lo largo de toda la costa este de Estados Unidos y de Canadá, hay hombres y mujeres que despiertan para encontrar a sus seres queridos muertos. Es tan duro de entender, tan difícil de imaginar. Más al oeste, donde todavía no ha amanecido, muchos duermen profundamente, ajenos a lo acaecido en nuestro planeta. Algunos todavía tardarán algunas horas en despertar y descubrir muerto, junto a ellos, al ser amado.»
Sur de Hanoi, Vietnam
Inclinada sobre el manillar de su cargada bicicleta, Le Thi Dao pedaleaba con fuerza hacia los mercados de Hanoi, veinte kilómetros más al norte, por la carretera sin nombre conocido que discurre por la cresta de una presa en la llanura de inundación del delta del río Rojo. Su cargamento de cestas artesanales de mimbre, apiladas y firmemente atadas, formaba dos anillos a cada lado de la bicicleta como dos enormes rosquillas. Guiñó los ojos para ver mejor, dejó de pedalear y se dejó llevar. Más adelante, junto a un buey que pastaba en la cuneta, un pequeño parche de intenso azul y rojo adquirió una forma familiar. Allí tirada, con la gorra de los New York Yankees, estaba Vu Le Thanh Hoa, una amiga del colegio; sus dedos, cada vez más rígidos, se aferraban todavía a la cuerda del buey.
Norte de Akek Rot, Sudán
Ahmed Mufti sujetó el rifle contra su pecho mientras esperaba impaciente y en silencio la señal. Con sólo catorce años iba a ser la primera vez que el muchacho participara en un saqueo de verdad.
Había viajado al sur con su padre, su tío y otros hombres desde su casa en Matarak para saquear los pueblos dinka y nuba del sur de Sudán y conseguir un botín y esclavos. Hasta ahora su padre siempre le había obligado a quedarse en el campamento durante los saqueos. El gobierno de Sudán en Jartum se oponía oficialmente a los saqueos y toma de esclavos, pero lo cierto era que los fomentaba con su política de islamización.
El traslado del botín de ganado, ovejas, cabras y esclavos hacia el norte era insoportablemente lento y a cada kilómetro Ahmed se lamentaba por no haber participado en un saqueo de verdad. Siempre cabía la posibilidad de topar con el Ejército Popular de Liberación de Sudán (EPLS), guerrilleros de la tribu dinka, pero los dinka estaban pobremente armados y era poco probable que atacaran a una partida de saqueadores tan numerosa como la de Ahmed. Parecía que iba a tener que esperar hasta el año siguiente para poder participar en alguna refriega.
Entonces llegaron noticias de los batidores de la partida, que iban por delante para comprobar que el camino estaba libre de peligro. Después de seguir un sendero por el que había pasado recientemente un grupo numeroso de personas, los batidores habían dado con un grupo de unos doscientos esclavos cerca de un enorme caobo. Transportados al sur por tratantes de esclavos a fin de venderlos de nuevo a sus familias y tribus o a alguna organización humanitaria que intentaba liberarlos, el grupo de mujeres y niños estaba escoltado por no más de diez hombres armados. Ya era mucho que el padre de Ahmed hubiese accedido a que los acompañara. Ahora, mientras esperaba la señal de atacar, permaneció aplastado contra el suelo e intentó calcular cuántas libras sudanesas le tocarían a él de la venta de doscientos esclavos.
Cuando menos la esperaba, llegó la señal. Ahmed, que tenía instrucciones de seguir a los hombres, empezó a avanzar lentamente. Enseguida alcanzó el lugar donde su tío y otros tres de la partida se habían detenido ante los cuerpos sin vida de dos soldados de la EPLS que yacían en el suelo. No había oído tiros ni ruidos de lucha, y allí no había sangre. Antes de que pudiese preguntar escucharon otra llamada proveniente del campamento de los esclavos. Cuando llegaron al claro se detuvieron. No había señales de lucha. Sin saber qué hacer, Ahmed se colocó entre su padre y su tío. No entendía lo que estaba viendo, pero por el gesto en el rostro de los demás, tampoco parecía que ellos lo supieran. A la sombra del gigantesco caobo, tal y como les habían contado los batidores, había doscientos esclavos, la mayoría muertos.
Lavaur, Francia
Albert Faure tiró de las riendas, detuvo el caballo y contestó a la llamada de su teléfono móvil.
– Faure -contestó secamente. El semental andaluz sacudió su abundante melena blanca y aprovechó la pausa para pastar de los tréboles que crecían bajo sus cascos.
– Ha ocurrido algo -dijo la voz. Era el secretario de Faure en su oficina del Conseil Régional, la asamblea regional del departamento francés de Midi-Pyrénées. Faure era el miembro más joven del Conseil, y a juicio de muchos, uno de los más ambiciosos.
Gerard Poupardin no sabía cómo explicar a su jefe lo ocurrido.
– ¡No me tengas en ascuas, Gerard! -le exigió Faure-. ¿Qué pasa?
– Verá, señor, es difícil de… Hace poco más de noventa minutos, millones de personas en todo el mundo han muerto de repente, sin previo aviso ni causa conocida.
Faure no alcanzaba a comprender a pesar de intentarlo. Quería creer que no había entendido bien a su secretario.
– ¿Y Francia? -preguntó por fin, sin saber de qué otra manera empezar a hacer preguntas.
– Lo cierto es que disponemos de muy poca información hasta ahora. He oído que se estima que han muerto aproximadamente doscientas cincuenta mil personas, pero no sé cómo pueden hacer una estimación de algo semejante. -Faure lanzó un grito apagado-. Lo que sí parece -continuó Poupardin con un hilillo de voz- es que en Francia y buena parte de Europa occidental se han perdido a muchos menos que en otras partes del mundo. Del Reino Unido llegan estimaciones que hablan de más de un millón de muertos.
– ¿Y Estados Unidos?
– Allí todavía es temprano, señor. Por lo que se sabe de la costa este, parece que lo de ellos es mucho peor que lo nuestro.
– ¿Qué es esto, una guerra biológica? ¿Terroristas árabes? -preguntó Faure. Era una pregunta obvia para la que Poupardin, evidentemente, no tenía respuesta.