– Francia ha cerrado las fronteras, igual que otros muchos países, y se está llamando a filas a la reserva -informó Poupardin.
– ¿Es seguro regresar a la ciudad? -preguntó Faure.
– No lo sé, señor. Nadie está seguro de nada. Nada de esto tiene sentido.
Faure pensó un momento.
– Hay otra cosa, señor -Poupardin hizo una pausa-. El presidente de la Asamblea es uno de los fallecidos.
Faure recapacitó sobre este último dato y especuló rápidamente sobre la manera de utilizarlo en su provecho. Mientras acariciaba el cuello del caballo, recorrió con la vista el perfil de los Pirineos, que marcaban la frontera sur con España.
– Voy para la oficina -dijo finalmente, y colgó.
Pusan, Corea del Sur
Con la pierna rota por dos partes, DaiSik Kim consiguió liberarse y con dificultad empezó a arrastrarse para salir de debajo de los aplastados restos de su puesto en el mercado Chagalchi de pescado de Pusan. La impresión de ver cómo la mitad de los que esperaban ante su puesto se habían desplomado muertos ante sus ojos le había impedido percatarse a tiempo del autobús que había invadido la acera y se dirigía a toda velocidad hacia él. Dos horas había permanecido bajo el montón de hierros y basura, pero nadie había acudido a sus llamadas de auxilio. Ahora emergió del amasijo de hierros esperando encontrar a la policía y una ambulancia muy cerca, pero ante él se desplegó un escenario de inexplicable destrucción. Había cadáveres por todas partes. Los vivos lloraban sentados en el suelo, otros vagaban confusos y aturdidos entre los muertos. La calle que discurría delante del puesto y por la que escasas horas antes circulaban vehículos de todo tipo ofrecía ahora una imagen de absoluta devastación.
Brisbane, Australia
Patrick McClure trabajaba en el último turno de una librería de la histórica Brisbane Arcade cuando acaeció el desastre. Entre gritos y exclamaciones de ayuda, su jefe llamó a la policía y al hospital, pero las líneas ya estaban ocupadas. Cuando tuvieron noticia de la catastrófica magnitud del desastre, Patrick llamó inmediatamente a su madre a casa. Tras asegurarse de que la familia estaba bien, pasó a hacer lo que podía por ayudar a los demás. La larga galería de tiendas que unía Queen Street Mal y Adelaide Street estaba sembrada de cuerpos. A algunas de las víctimas las atendían los amigos o familiares que les acompañaban en el momento fatal. Muchas otras estaban solas. En algunos casos habían muerto también los acompañantes. Era difícil saber qué hacer y allí no había policía ni ninguna otra autoridad para echar una mano. Casi todos los supervivientes habían huido, y sin otra forma de ayudar a los que habían perecido, Patrick fue colocando los cuerpos entre los que se movía en posturas más dignas que los retorcidos ovillos en los habían quedado al desplomarse. Más tarde llevó comida y bebida de un restaurante de la galería comercial a los pocos supervivientes que allí permanecían. Habían pasado dos horas y, mientras sacaba ropa de una tienda para proporcionar un asiento mullido a una anciana, Patrick observó cómo una pareja cargada de bolsas de compras merodeaba entre los muertos, recogiendo carteras, monederos y joyas.
Kerala, India
El doctor Jossy Sharma estaba sentado en el capó de su Mercedes, con el ordenador portátil sobre las rodillas, tecleando unas notas para el artículo que preparaba para el Indian Journal of Ophthalmology. Le gustaba venir al Santuario de Aves Thattekkadu para concentrarse. Al abrigo de un bosque de árboles de hoja perenne, hogar de aves indígenas y migratorias, incluidas algunas especies raras, el santuario le ofrecía un tranquilo refugio de su ajetreada consulta en el Hospital Joseph de Kothamangalam, a veinte kilómetros de allí. Después de unas horas de paz, Sharma se dio por satisfecho con el progreso del artículo y decidió poner rumbo a casa para cenar.
Al subir al coche advirtió que tenía un mensaje urgente del hospital en el busca. Le necesitaban de inmediato. Hacía tres horas de aquello, así que llamó, pero no obtuvo respuesta. Salió del santuario con el coche en dirección a Kothamangalam y no había recorrido ni un kilómetro cuando se cruzó con el primero de los numerosos accidentes de tráfico que iba a encontrar en su trayecto. Detuvo el coche en la cuneta y al acercarse a socorrer a los accidentados se encontró con una extraña escena. Además de los dos conductores, había tres mujeres y cinco niños. Aunque los pasajeros de ambos coches llevaban puesto el cinturón de seguridad y los airbags habían funcionado bien, estaban todos muertos, y era probable que llevaran así unas horas. Los vehículos presentaban graves daños pero los habitáculos estaban prácticamente intactos.
– Esta gente no tendría que estar muerta -se dijo a sí mismo-. Y ¿por qué nadie se ha detenido a socorrerles? -Entonces se dio cuenta de otra cosa. Aunque las víctimas tenían heridas, había muy poca sangre. Era como si el accidente hubiese ocurrido cuando ya estaban muertos.
De nuevo intentó llamar al hospital y de nuevo sin resultado. Se detuvo en dos accidentes más antes de encontrar a alguien vivo. Una mujer de mediana edad, superviviente del desastre y del accidente posterior, había sacado a rastras del coche el cuerpo de su marido y se encontraba ahora sentada junto a él en el arcén. No tenía heridas de importancia.
Tras dejar atrás seis accidentes más, el doctor Sharma aceleró hasta lo alto de una colina justo a las afueras de la ciudad. Ante sí, pudo ver en la carretera más vehículos accidentados de los que le hubiese gustado contar. Abandonó el coche cuando las carreteras dejaron de ser practicables y continuó a pie. Cuando por fin llegó al hospital, después de pasar en la calle junto a tantos cuerpos de personas muertas, algunas conocidas, se enteró de que treinta y seis de los cuarenta y dos médicos de la plantilla habían perecido.
Cuatro días después. Derwood, Maryland
Hank Asher cruzó los dedos y ahuecó las manos para que su joven becaria de periodismo pudiera apoyar el pie. Sheryl Stanford escaló sin esfuerzo hasta la ventana de la cocina que acababan de forzar y se introdujo en el interior. Al dirigirse hacia la entrada para abrir la puerta principal, distinguió el pálido e inmóvil bulto de Decker, tirado de mala manera en una silla del salón. Hank Asher entró en la casa y reconoció el hedor de cuerpos en descomposición ya tan familiar. Al principio pensó que Decker había sido uno de los desafortunados que habían muerto cuatro días antes en el que ya todos conocían como el «Desastre», pero Sheryl comprobó enseguida que seguía vivo.
– Parece estar en estado de choque -le dijo a Asher mientras trataba que Decker bebiera algo de agua. A pesar de seguir con la mirada perdida, Decker tragó ansioso al acercarle ella el vaso a la boca.
Asher estudió la situación y decidió que Sheryl lo tenía todo bastante controlado.
– Quédate aquí con el señor Hawthorne. Yo registraré la casa para ver si hay alguien más vivo.
Sheryl no necesitaba que la convencieran para quedarse entre los vivos. El hedor de la casa dejaba pocas dudas acerca de lo que Asher iba a encontrar. Hank no conocía a Elizabeth ni a las niñas, pero sufría por su amigo.
Cuando regresó de las habitaciones unos instantes después, le pidió a Sheryl que abriera las ventanas del resto de la casa.
– Hay que sacar la muerte de esta casa como sea. Voy a ver si encuentro una pala para enterrar los cuerpos.
Asher no hizo ningún intento por reanimar a Decker. Aunque hubiese podido hacerlo, le pareció más humano dejar que su compañero pasara «dormido» la espantosa tarea que quedaba por hacer.
Sheryl abrió cuantas ventanas pudo y regresó al salón, en parte para sentarse junto a Decker, pero sobre todo para encender el televisor. Sin nada que explicara las causas del Desastre y la angustiosa necesidad de saber que no iba a repetirse, el estado de ansiedad era demoledor. Los únicos a los que parecía no afectar era a los saqueadores y los oportunistas que robaban en las casas y negocios de las víctimas. La única razón por la que Sheryl había salido era porque Hank Asher la había ido a buscar. Casi todas las empresas seguían cerradas, pero como le aclaró Hank, ellos no eran una empresa, eran un medio de comunicación y había trabajo por hacer. En cierta forma, respetaba su actitud de seguir adelante, aunque habría deseado que aquello no la incluyera a ella también. Casi todo el personal de News World asignado a la oficina de Washington D.C. había sobrevivido al Desastre, pero había quienes no habían vuelto a dar señales de vida; a ésos se encargaba de llamarles Hank. Decker había sido el único con el que no había podido contactar y cuya muerte no había podido confirmar, así que había ido a averiguarlo personalmente.