Se habían propuesto todas las hipótesis imaginables, y también muchas inimaginables, para explicar el Desastre. Con muy pocas excepciones fuera de la población árabe, lo primero que se le venía a la boca a la gente era la sentencia «terroristas árabes», y hasta la fecha no había ninguna explicación razonable que disuadiera a quienes mantenían esa teoría. El sentido común hacía pensar que había sido algún nuevo tipo de virus desarrollado por los terroristas o, para ser más concretos, que había descubierto Estados Unidos, Rusia o China y luego había sido robado o vendido a los terroristas.
La gente había empezado a comprar o a robar en las tiendas que permanecían cerradas todo tipo de máscaras antigás, respiradores e incluso mascarillas desechables de quirófano. Las tiendas del ejército habían agotado sus provisiones de máscaras y las tiendas en Internet aceptaban cientos de miles de pedidos que no podían cubrir. En algunos comercios se habían producido encarnizadas luchas entre los clientes por las mascarillas de papel, aun cuando era evidente que éstas no podían filtrar el virus mortal.
Con cada nueva explicación se producía una nueva situación de pánico. Tantos eran los que temían que hubiera algo en el aire como los que tenían miedo de beber agua, o de comer alimentos transgénicos. La mayoría no sabía qué temer, así que tenían miedo de todo.
Fuera cual fuera la causa, estuviera ésta en el aire, el agua o cualquier otro sitio del medioambiente, tenía que llevar allí semanas o meses o puede que incluso años, como una bomba de relojería esperando a estallar. Los barcos en alta mar habían notificado muertes, también los submarinos que llevaban semanas sumergidos. Dos astronautas a bordo de la Estación Espacial Internacional desde hacía seis meses habían muerto también.
En el jardín Asher encontró una pala y empezó a cavar un gran hoyo para enterrar a Elizabeth, Hope y Louisa. No era la tumba que uno hubiese deseado antes del Desastre, pero era mejor que las fosas comunes que se habían habilitado en las afueras de la ciudad. Aquí Decker podría, por lo menos colocar, una lápida algún día.
Asher echó un vistazo al jardín para asegurarse de que no iba a dañar ninguna red de suministro y se entregó al trabajo. Mientras cavaba sintió que alguien le observaba. Se volvió y allí, mirándolo fijamente desde el jardín vecino, había un joven adolescente.
– ¿Está enterrando a alguien? -preguntó el chico al tiempo que saltaba la tapia y se acercaba a Asher. Sus ropas eran nuevas pero estaban sucias, como si no se hubiera cambiado o lavado en varios días.
– Sí -contestó Asher mientras volvía al trabajo.
– Yo les conocía, ¿sabe? Yo montaba en bici con Louisa. Supongo que ya no va a necesitar más la bicicleta -el chico hizo una pausa como para pensar y continuó-: Qué pena que sea una bici de chica.
Asher continuó cavando.
– ¿Le ayudo? -preguntó el chico.
Asher ya estaba todo sudoroso y acogió la oferta con gusto.
– Le ayudo a cavar por diez dólares -añadió el chico.
A Asher le repugnó por un momento aquella manera de aprovecharse de la situación. En lugar de ofrecerse a cavar la tumba por compasión o tal vez por su amistad con Louisa, contemplaba aquellas muertes como una forma de sacarse un dinero. Con todo, Asher decidió que era mejor olvidar los motivos y aprovechar la ayuda.
– Hay otra pala y unos guantes de trabajo que tal vez te queden bien en el cobertizo ese de ahí -dijo.
El chico fue a buscar la pala y los guantes mientras Asher empezaba a trabajar con un pico.
– ¿Están todos muertos? -preguntó el chico mientras Asher picaba la tierra.
– Todos menos el señor Hawthorne.
– No le conozco muy bien. Le recuerdo un poco de cuando era pequeño, pero luego le secuestraron los árabes. No se escapó hasta hace una semana.
Asher siguió cavando sin responder, pero al rato se detuvo y miró al chico.
– Oye, ¿vas a cavar o sólo piensas sujetar esa pala?
El chico fingió agradecer el recordatorio y se puso manos a la obra.
– Mi padre dice que seguro que han sido terroristas árabes -dijo al cabo de unos minutos.
– Ya, bueno, parece que es lo que piensa casi todo el mundo -contestó Asher.
– Sí, he oído en las noticias que sólo han muerto unos pocos miles de árabes.
– No estás al día. Por lo que sé, las cifras hablan de muchos más: medio millón en Arabia Saudí y en Irak, doscientos mil en Jordania e Irán, cien mil en Libia, tres millones en Pakistán y ocho millones en Egipto.
Aquella relación de cifras dejó al chico fuera de juego momentáneamente, pero se recuperó enseguida.
– Eso seguro que son todo mentiras para que no sepamos que fueron ellos.
Asher siguió cavando mientras el chico hablaba. A cada frase o dos el chico vaciaba una palada de tierra para no dejar de echar una mano.
En el interior de la casa, Sheryl Stanford miraba las noticias de la cadena Fox.
«En la conferencia de prensa que ha ofrecido esta mañana en Washington -informaba el corresponsal-, el secretario de Sanidad y Servicios Sociales, Spencer Collins, ha hecho una declaración informativa sobre las medidas que se están tomando para manejar la crisis y después ha contestado a las preguntas de los periodistas. A continuación ofrecemos un extracto de su intervención.»
La imagen cambió y en pantalla apareció el secretario de Sanidad leyendo una declaración escrita.
«Queremos garantizar a los ciudadanos que no va a quedar piedra sin remover en la búsqueda de la causa de esta tragedia, como tampoco a la hora de determinar si el riesgo persiste y, en caso afirmativo, qué se puede hacer para protegernos contra él. Se está estudiando todo, por pequeño o improbable que parezca. El presidente y el Congreso han autorizado la provisión de fondos de emergencia y gastaremos todo lo necesario para cumplir con éxito esta misión. Estamos trabajando las veinticuatro horas. Se están realizando todas las pruebas medioambientales imaginables: de la atmósfera, el agua potable, la tierra, de tipo químico, biológico, nuclear… Al tratarse de un caso de dimensión mundial, estamos examinando también al detalle todos los datos cósmicos recogidos antes del Desastre, como son los referentes a la actividad solar.
»Simultáneamente, los centros de Control de Enfermedades de Atlanta y el Instituto de Investigación Médica de Enfermedades Infecciosas del ejército estadounidense en Fort Detrick, Maryland, han aplicado los protocolos que se emplean en la investigación de enfermedades infecciosas naturales y agentes biológicos malignos adaptándolos a las circunstancias particulares de este suceso. En coordinación con la Secretaría de Sanidad, están entrevistando a decenas de miles de familiares de víctimas. Junto con las agencias análogas de otros países y la Organización Mundial de la Salud buscan un patrón en las actividades de las víctimas: qué lugares frecuentaban, qué comían, qué bebían, sus costumbres, si habían recibido algo por correo. Como digo, no se dejará piedra sin remover. Del mismo modo se está investigando si existe un patrón de comportamiento en los supervivientes, por si hubiera algo que hubiese actuado contra el agente. Se trata de una tarea inmensa y hemos llamado a colaborar con nosotros a miles de investigadores de universidades e instituciones privadas de todo el país.