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La grabación de la conferencia de prensa concluyó aquí y en el televisor volvió a aparecer un primer plano del corresponsal.

«Como acaban de escuchar, el secretario de Sanidad y Servicios Sociales afirma que hay pruebas de que algunos países árabes pueden haber sido golpeados con mayor dureza por el Desastre que algunos países de Europa occidental. No obstante, siguen produciéndose ataques contra musulmanes por parte de grupos organizados decididos a tomarse la justicia por su mano. Sobre estos ataques nos ofrece más información nuestro enviado especial Greg Culp.»

En la pantalla apareció ahora la imagen de un periodista situado junto a los restos humeantes de un edificio incendiado, entre los que se leía todavía en una marquesina semidestruida «Academia Islámica Gilbert de Arizona». «A lo largo y ancho del mundo no islámico -arrancó el periodista-, los musulmanes temen por su vida y con razón. Han visto quemar sus hogares, saquear sus negocios, los suyos han sido golpeados sin piedad, algunos incluso han sido asesinados por turbas encolerizadas. Hay escuelas islámicas como ésta que ven detrás de mí que han sido destruidas por vecinos de la localidad. Por fortuna la escuela estaba vacía y no ha habido que lamentar heridos. Las escuelas islámicas de Estados Unidos cerraron al día siguiente del Desastre, después de que tres hombres entraran en una escuela de Cincinnati y mataran a tiros a dieciséis estudiantes y cuatro profesores.

»A pesar de la llamada del presidente a la calma y de su promesa de que el FBI y la ley perseguirán a quienes participen en este tipo de actos, lo cierto es que hasta el momento ni la policía ni el resto de autoridades han sido capaces de contener, y aun menos detener, esta violencia. El problema se ha visto agravado por la costumbre que desde los ataques terroristas del 11-S han adquirido los ciudadanos de armarse, a menudo con armas de fuego no registradas y adquiridas ilegalmente.» La información continuó entonces con un reportaje especial sobre la venta ilegal de armas de fuego.

* * *

Cuando ya llevaban cavado casi un metro y medio, Hank Asher decidió que era suficiente; los acostumbrados dos metros eran demasiado para él. Cuando ya le tendía el billete de diez dólares, echó un vistazo al chico y luego se miró a sí mismo, con el billete todavía en la mano. El reparto de suciedad y sudor no dejaba lugar a duda de que el chico había hecho menos de lo que le tocaba. Hank comprobó el contenido de su billetero otra vez y, por principios, decidió pagarle ocho dólares en vez de diez.

– ¡Eh! ¿Qué pasa con mis otros dos pavos?

– Ocho dólares son más de lo que mereces por lo poco que has hecho.

– ¡Qué timo! Se lo voy a decir a mi padre y me los vas a tener que pagar. -Dicho esto, el chico lanzó la pala al suelo y se marchó dando puntapiés.

Asher se quedó allí descansando un momento. De repente se acordó de que todavía tenía que sacar los cuerpos y rellenar el hoyo.

– ¡Seré idiota! -exclamó, percatándose de que se había desecho del chico demasiado pronto.

* * *

En el interior de la casa, Sheryl Stanford intentaba a ratos que Decker le hablase, pero no había indicios de que éste la oyese. Seguía allí, sentado, con la mirada perdida. Sheryl había encontrado algo de comida en la cocina que Decker había masticado y tragado cuando ella se la introdujo en la boca, aunque siempre con la mirada perdida. Mientras le alimentaba escuchaba las noticias de fondo. Ahora preocupaban de forma alarmante los brotes de enfermedades que podrían darse a causa de los cuerpos en descomposición. De todo el mundo llegaban noticias de los miles de suicidios que empezaban a sumarse a las víctimas. Casi todos los suicidios se cometían en los hogares de las víctimas, pero otros sucedían en lugares públicos; había quien saltaba de lo alto de un edificio o desde un puente; quien se lanzaba con el coche por un acantilado y cosas por el estilo. Los menos decidían asesinar a otros antes de volver el arma contra sí.

A muchos les había salido la vena patriota. La gente acudía en masa a los templos religiosos en busca de respuestas, pero el Desastre no había respetado a nadie y la muerte de un elevado número de religiosos había dejado un gran vacío. Las bolsas y mercados de divisas de Estados Unidos permanecían cerrados y los analistas predecían un caos financiero mundial y una grave depresión económica. Las compañías de seguros buscaban algún resquicio legal al que aferrarse para no tener que pagar los seguros de las víctimas del Desastre. Si no daban con él, los expertos afirmaban que todas las compañías de seguros de vida de Estados Unidos tendrían que declararse en bancarrota, y los analistas coincidían en que las acciones de las aseguradoras no iban a resistir ni una hora en el mercado si las bolsas abrían antes de que el Congreso y el presidente tomaran cartas en el asunto. Los que estaban en contra de este tipo de intervencionismo del gobierno y otros críticos argumentaban que las de seguros no eran las únicas compañías en peligro. Todas habían sufrido y era imposible predecir lo que ocurriría cuando reabrieran las bolsas. El gobierno no podía salvar a todas y cada una de ellas.

* * *

Una vez concluido el enterramiento, Asher entró en la casa y se dejó caer en un sillón del salón frente a Decker.

– ¿Ha dicho algo? -preguntó.

– Ni una palabra. Sólo mira al vacío -contestó Sheryl mientras bajaba el volumen del televisor-. ¿Qué vamos a hacer con él?

– Necesita que alguien se ocupe de él, pero los hospitales están abarrotados. Supongo que no querrás llevártelo a casa.

Sheryl miró primero a Decker y luego dé nuevo a Asher. Era evidente que la idea la espantaba y que no se atrevía a dar un «no» a su jefe. Asher percibió cómo se debatía por dar con la respuesta, pero dejó que Sheryl siguiera sufriendo. Él sabía que aquélla era una petición muy poco corriente, pero los tiempos que corrían también lo eran.

Justo en ese momento llamaron a la puerta.

– Ya voy yo -dijo Sheryl poniéndose en pie de un brinco e intentando evadir así la pregunta de su jefe. Asher estaba demasiado cansado para discutir.

Un momento después estaba de vuelta.

– Es un muchacho -dijo-. Dice que quiere ver al señor Hawthorne.

– ¡Dile a ese vago que se vaya, que no va a sacarme ni un centavo más! Bueno, no, ¡espera! Ya se lo digo yo personalmente.

Con las energías renovadas debido al enfado, Asher se levantó con esfuerzo del sillón y se dirigió hacia la puerta de entrada.

– Mira, no pienso… -Asher se detuvo a mitad de la frase al ver que aquél no era el chico del patio trasero-. Oh, perdona, muchacho. Pensaba que eras otra persona. Mira, el señor Hawthorne ahora mismo no se encuentra bien. ¿Puedes volver más tarde? -preguntó intentando deshacerse del chico.

– Lo siento, pero es necesario que hable con el señor Hawthorne -insistió el chico.

– Ya te lo he dicho, muchacho, el señor Hawthorne no se encuentra bien. Vuelve mañana.

El chico no se movió.

– Está bien -dijo Asher-, a lo mejor puedo ayudarte. ¿De qué es de lo que tienes que hablar con el señor Hawthorne?

Desde el salón les llegó la voz de Sheryl Stanford dirigiéndose a Asher.

– ¡Eh! ¡Ha movido un poco los ojos!

Asher se acercó hasta su amigo y le miró, pero no detectó ningún signo de que estuviera consciente.

– Señor Hawthorne, soy yo, Christopher Goodman.

Asher se volvió y descubrió que el chico le había seguido hasta el salón.

– Señor Hawthorne, por favor, dígales a estas personas que me conoce. He viajado desde muy lejos y no tengo otro sitio adonde ir. El tío Harry y la tía Martha han muerto en un accidente de avión. No tengo más familia. El tío Harry me dijo que recurriera a usted si alguna vez les pasaba algo. Pero usted no contestaba al teléfono.