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Asher, que conocía a Harry Goodman de los artículos de Decker, empezó a atar cabos:

– ¿Tu tío es el profesor Goodman de Los Ángeles?

– Sí -contestó Christopher-. ¿Le conocía?

– Conozco su trabajo. ¿Qué haces tú en Washington?

– El tío Harry me dijo que buscara al señor Hawthorne si alguna vez les pasaba algo a él y a la tía Martha -repitió-. No tengo más familia y el señor Hawthorne era amigo de mi tío.

– ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí desde Los Ángeles?

Christopher hizo una pausa como tratando de evitar una respuesta comprometedora.

– He venido conduciendo el coche de mi tío -admitió por fin.

– ¿Has venido en coche desde Los Ángeles? -dijo Asher sorprendido-. ¿Cuántos años tienes, muchacho?

– Catorce -dijo Christopher-. No tenía otra forma de llegar hasta aquí.

Asher sacudió la cabeza incrédulo.

– Pero ¿cómo has conseguido hacer un viaje tan largo sin que te parara la poli?

– Supongo que están demasiado ocupados con los saqueadores.

– Sí, eso será. Bueno, mira, muchacho. Siento mucho que hayas tenido que conducir hasta aquí en balde, pero el señor Hawthorne no va a poder ayudar a nadie durante un tiempo.

Christopher miró a Decker.

– Es más -continuó Asher-. Voy a tener que buscar a alguien que cuide de él.

– Pero no tengo otro sito adonde ir. Casi todos los amigos de la tía Martha están muertos y el señor Hawthorne es, bueno… -Christopher se detuvo un momento para pensar-. ¿Puedo quedarme un tiempo aquí? Tal vez pueda echar una mano cuidando de él.

– ¡Me parece una idea estupenda! -irrumpió Sheryl, que aún temía tener que encargarse de Decker por obligación-. Que se quede.

– Que se quede -repitió una voz ronca.

Asher, Sheryl y Christopher se giraron a la vez hacia la única otra persona que había en la habitación.

– Que se quede -repitió Decker.

11

LA PROMESA DEL MAESTRO

Tres semanas después. Derwood, Maryland

La fresca humedad matinal caló lentamente los pantalones de Decker cuando se sentó en la hierba junto a la tumba de su familia. Con la mente en blanco, se quedó mirando fijamente la tierra removida, aturdido todavía por la pérdida. La primavera llegaría antes de que la hierba empezara a invadir el montículo de tierra desnuda.

Decker había encargado tres lápidas, pero le habían dicho que conseguirlas personalizadas con los nombres podía tardar hasta un año y medio. Las lápidas con mensajes impersonales como «Amada esposa», «Amado esposo», «Amada hija», y sin fecha de nacimiento se podían conseguir en la mitad de tiempo por aproximadamente la mitad de precio que una lápida personalizada y con servicio de entrega incluido. Otros ofrecían entrega en cuatro semanas de lápidas de plástico reforzado con un acabado «imitación mármol». Decker había preferido esperar para conseguir una lápida auténtica.

Mujer e hijas no eran lo único que había perdido. Poco después de la llegada de Christopher, se enteró de que su madre y su hermano habían muerto también. Su tío se había encargado de enterrarlos, junto a otros, en su granja de Tennessee.

Aun así, los había en situaciones mucho peores. Los muertos sin nadie que los enterrase habían sido depositados en miles en fosas comunes. En la ciudad de Washington, los pobres habían intentado enterrar sus muertos en el Mall, el parque que se extiende desde el Capitolio hasta el monumento a Lincoln, y en otros parques de la ciudad, pero la Policía de Parques y la Guardia Nacional se habían encargado de echarlos. Como muestra de su frustración y protesta, hubo algunos que dejaron a los muertos en los bordillos junto a la basura.

Entre las víctimas se contaban numerosos personajes ilustres de uno u otro campo: políticos, líderes religiosos, jefes de Estado y varios actores y actrices. Estados Unidos había perdido a doce senadores, a más de sesenta congresistas, a tres miembros del gabinete del presidente y al vicepresidente. Todo el mundo había perdido a alguien: esposas, maridos, hijos, padres.

* * *

El sol había empezado a despuntar sobre las tablas de la tapia a la derecha de Decker y cada brizna de hierba liberaba al aire de la mañana su húmedo manto de rocío. Oyó abrirse la puerta corredera de cristal pero continuó con los ojos fijos en el suelo.

Christopher Goodman se dirigió hacia Decker y se detuvo a pocos metros de él. Como no obtenía reacción alguna, decidió que tendría que ser él quien hablase primero.

– El desayuno está listo -dijo con suavidad, antes de añadir con voz radiante que había preparado el plato preferido de Decker, gofres con mucho beicon y sirope ardiendo.

Decker miró hacia arriba un instante después, sonrió agradecido y extendió la mano hacia Christopher.

– Échame una mano, anda -le dijo. Christopher nunca preguntaba a Decker sobre las horas que pasaba sentado junto a la tumba en el patio de atrás. Sólo aparentaba entenderlo y respetaba los pensamientos de Decker.

– ¿Qué hay de tu familia? -preguntó Decker, como retomando una conversación jamás iniciada.

Christopher nunca vacilaba y contestó como si supiera y comprendiera con exactitud qué era lo que Decker había estado pensando.

– Como no regresaban a casa ni tampoco llamaban, decidí telefonear a la compañía aérea: me dijeron que el tío Harry y la tía Martha figuraban en la lista de pasajeros de uno de los aviones que se habían estrellado cuando el Desastre. Me dijeron que no tenían gente suficiente para atender a todas las llamadas, y menos aún para ir al lugar de cada accidente a rescatar los cuerpos y notificar a los familiares más próximos -Christopher hizo una pausa-. Pero sí me dijeron dónde se había estrellado el avión -dijo haciendo una nueva pausa-. Intenté localizar el lugar de camino hacia aquí, pero estaba muy apartado de cualquier carretera. -Christopher pareció consternado ante el recuerdo de la decisión de dejar a sus tíos allí, en el lugar del accidente.

A Decker le conmovió el dolor que estaba seguro sentía Christopher. Ya hacía tres semanas que le hacía compañía y hasta ahora no había pronunciado palabra sobre su propia desgracia. Decker pensó que tal vez era hora de empezar a pensar en los demás. Y así, sin pensárselo dos veces, le lanzó la pregunta a Christopher.

– ¿Quieres que vayamos juntos a buscarlos? Podríamos llevarlos de vuelta a casa, a Los Ángeles, y enterrarlos allí, o podríamos traerlos aquí y enterrarlos en el patio de atrás junto a Elizabeth, Hope y Louisa.

Pareció que Christopher agradecía el ofrecimiento, pero respondió que no creía que fuera una buena idea.

– No, verá, es que… está demasiado lejos -contestó.

– No te preocupes, nos podemos turnar al volante -bromeó Decker sin captar en el tono del precoz adolescente que éste prefería no hablar más del tema.

– Señor Hawthorne -dijo Christopher sin rodeos-, sus cuerpos llevan en esa montaña expuestos a los elementos y a las alimañas casi un mes. No creo que…

Decker se quedó turbado ante su propia estupidez. ¿Cómo no lo había tenido en cuenta?

– Lo siento, Christopher. No había pensado en eso.

– No se preocupe, señor Hawthorne -dijo Christopher. Y le miró con un gesto de comprensión que Decker percibió como realmente sincero. Al parecer, había aceptado la cruda realidad con determinación de seguir adelante-. Vamos -le urgió-, el desayuno se enfría.

Decker empezaba a entender el temor de Harry Goodman a revelar el origen de Christopher. Durante aquellas últimas semanas había empezado, sin saberlo, a pensar en Christopher casi como en un hijo. Podía ser una reacción a la pérdida de Elizabeth, Hope y Louisa, pero aquel sentimiento se debía en buena parte al carácter genuinamente desprendido de Christopher, que lo daba todo y no pedía otra cosa a cambio que habitación y comida. Fue entonces cuando decidió por fin y para siempre que la tierra podía seguir girando sin necesidad de revelar el origen de Christopher.