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Pasarán unos pocos años y parecerá que en nada ha afectado a nuestras vidas el suceso que ahora llamamos el Desastre. Pero tras experimentarlo, ¿quién será capaz de saludar al nuevo día sin pensar que tal vez sea el último? ¿Quién puede volver a mirar a unos niños jugar, a una planta crecer o a unos amigos charlar y no volver la vista atrás y dar gracias a su suerte por seguir vivo para presenciarlo?

Quizá esta vez sea diferente. Quizá esta vez el golpe haya sido tan fuerte que dejará una huella perdurable. El tiempo lo dirá. Todo lo que podemos decir por ahora es que ya nunca más volveremos a ser los mismos.

Aquél no era el típico editorial corrosivo de Hank Asher que Decker estaba habituado a leer. Pasó un rato en silencio, durante el cual meditó sobre las palabras de Asher. Luego sonó el teléfono.

– Residencia del señor Hawthorne -contestó Christopher más como un sirviente que como un chico de catorce años-. Sí, un momento, enseguida se pone. -Decker se levantó y se dirigió hacia el teléfono mientras Christopher le anunciaba que era el señor Asher, que llamaba desde News World.

– Hank, ¿cómo estás? -preguntó Decker con afabilidad.

– Yo bien. ¿Y tú qué tal? -Asher dejó claro por su tono que esperaba una respuesta detallada.

– Pues mucho mejor, la verdad. En serio, estoy bien -dijo Decker con arrojo.

Asher captó la determinación en su voz. Estaba convencido de que a Decker le faltaba bastante para estar bien del todo, pero sabía que estaba resuelto a recuperarse y eso ya era un gran paso.

– Bien -dijo Asher-. Y ¿cómo está el chico?

– Oh, es fantástico. Me está ayudando un montón.

– Mira, ya sé que no hemos hablado sobre los planes que tienes de volver al trabajo, pero necesito que me hagas un favor. Necesito que cubras una noticia en Nueva York el lunes.

– ¡El lunes! -le espetó Decker-. Pero ¿por qué no mandas a alguien de la oficina de Nueva York? Para eso están, ¿no?

– En la oficina de Nueva York están bajo mínimos desde el Desastre. Y de verdad que es un encargo diminuto. Te vendrá bien. Podrás ir y volver el mismo día. Verás, enviaría a otro, pero se trata de una entrevista a Jon Hansen y tú eres el único que puede sonsacarle lo que me interesa.

– ¿El embajador británico ante la ONU? -preguntó Decker sorprendido.

– La entrevista está concertada para el lunes por la tarde y ya te he comprado el billete.

– No sé, Hank -dijo Decker reticente pero cediendo algo de terreno al hombre al que tanto debía-. De todas formas, ¿de qué se trata? ¿Cuál es la noticia?

– Se trata del informe de Hansen sobre la situación en Oriente Próximo. La ONU perdió casi dos mil hombres destinados en la zona a causa del Desastre. Han intentado cubrir el vacío con refuerzos, pero el Desastre azotó con igual intensidad a muchos de los países que proporcionan soldados a la ONU. Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Suiza, todos han sufrido graves bajas. Con la amenaza de guerra en Oriente Medio debido a las obras iniciadas por los judíos para la construcción de un templo en el antiguo emplazamiento de la cúpula de la Roca, existen serias dudas sobre si las fuerzas de la ONU podrán mantener la paz.

– ¿Cuánta gente está enterada de la situación? -preguntó Decker mientras sentía desvanecerse su resistencia.

– Se rumorea y sospecha mucho, pero nadie conoce los datos con certeza. Hansen se ha negado a hacer declaraciones a la prensa, pero he conseguido que acceda a hablar contigo. Venga, Decker. En tu vida se te ha presentado mejor ocasión para estar «en el sitio adecuado en el momento oportuno».

Decker rió hacia sus adentros, pero Asher interpretó la pausa como que hacía falta un último empujón para que aceptara el trabajo.

– Entonces, ¿qué? ¿Lo harás o no? -preguntó por fin.

– Sí, lo haré. -Decker se volvió hacia Christopher, que había seguido atentamente toda la conversación-. Pero voy a necesitar dos billetes. -Christopher comprendió y asintió entusiasmado-. Y, otra cosa, ¿podrías organizarle una visita guiada al edificio de Naciones Unidas a Christopher?

– Me parece una idea excelente -dijo Asher-. El muchacho tiene que estar desesperado después de tanta encerrona. Os reservaré mesa también en el comedor de delegados para el almuerzo. Tu cita con Hansen es el lunes a las dos de la tarde.

Nueva York, Nueva York

– ¿Adónde vamos? -preguntó el taxista.

– Al edificio de Naciones Unidas -contestó Decker mientras dejaba que Christopher subiera primero al taxi.

Al reunirse con él en el interior, advirtió en el rostro del chico una extraña mueca, para la que no tardó en encontrar explicación. Una vez dentro del taxi les invadió un olor especial ya familiar. No era insoportable, pero lo llenaba todo y no resultaba nada agradable. Decker pensó en bajarse y pedir otro taxi, pero era demasiado tarde. El taxista pisó el acelerador, cruzó dos carriles y puso rumbo a su destino.

Se miraron y Christopher articuló en silencio «¿puedo bajar la ventanilla?».

Decker levantó la mano con el pulgar y el índice bastante separados, indicando que ocho centímetros serían aceptables. En el exterior hacía bastante frío, pero le pareció una concesión tolerable al hedor.

A los pocos minutos, Decker bajó también una rendija su ventanilla. Se percató entonces de que el taxista los observaba por el retrovisor. «Si me dice que suba la ventanilla -pensó Decker-, le digo que pare y nos bajamos.» Sus ojos se encontraron en el espejo y el taxista se dio cuenta de que Decker le había estado mirando mientras los observaba. Rápidamente llevó la mano al espejo, como comprobando que estaba bien ajustado.

– Bueno, ¿y para qué van a la ONU? -preguntó al rato.

– Sólo de visita -contestó Decker.

– Ah, ¿sí? -dijo-. Pues no es que se vean muchos turistas por aquí últimamente.

Decker prefirió no contestar.

Un momento después, el taxista añadió:

– Pues ya pueden tener cuidado.

– ¿Por qué lo dice?

– A mí, como si me llaman paranoico, pero yo ahí no entro sin máscara de gas.

A Decker le costó no soltar algún comentario sobre la necesidad de llevar una dentro del taxi. En su lugar, dijo:

– No le entiendo.

– Bueno, me da lo mismo lo que digan. Para mí que lo del Desastre fue todo cosa de terroristas árabes. Y si no, pues los rusos, porque no me va a decir usted que toda esa gente se quedó tiesa así por las buenas. Y, bueno, no sé si habrán estado alguna vez en el edificio de la ONU, pero ahí hay extranjeros por todas las esquinas. Claro que eso pasa en todo Nueva York, pero más en la ONU.

– Y si los árabes o los rusos son los responsables del Desastre -respondió Decker-, ¿por qué iban a matar a su propia gente?

– Ya, eso es lo que dice todo el mundo, pero ¿cómo sabemos cuántos de ellos murieron? Ésos mienten más que hablan. Además, los accidentes existen.

Decker se dio cuenta de que no tenía sentido intentar razonar con aquel hombre, así que se reclinó en el asiento para disfrutar del viaje en silencio. Pero el taxista no necesitaba un interlocutor para seguir conversando.

– Y claro que quiero que cojan a esos cabrones, como el que más y no es por ser cruel ni nada, pero qué quiere, si me pregunta, yo le diría que estamos mucho mejor sin tanta gente en el mundo. Y claro, ahora en la calle ya no hay ni la mitad de clientela. Por lo menos viva. Pero para un tío emprendedor como yo, pues qué le voy a decir, no hay mal que unos machacantes no traigan. Así que me pregunté: ¿cómo puede un tipo como yo sacar algo de pasta mientras no haya clientela? Y en nada se me ocurrió la idea. Si hay pocos vivos, ¡por qué no coger a los muertos! Así que llamé a un tipo que conozco que trabaja en un vertedero en Jersey, y a los dos días ya tenía montado el negocio.