Si Decker necesitaba que le confirmaran qué era aquel olor, ahora ya lo sabía.
– Sí, una idea genial -dijo el taxista retomando su discurso-. La parienta dice que el coche apesta, así que acabo de parar en el Seven Eleven y he comprado este ambientador. -El taxista señaló el pino de cartón que colgaba balanceándose del retrovisor-. Y se acabó el problema. Claro que al principio daba bastante cosa, pero puedo sacarme hasta doscientos dólares por cabeza por recoger los cuerpos, depende del estado de descomposición en el que estén. Y claro, a la mayoría de los fiambres del Desastre ya los han recogido, pero aun así todavía me llaman dos o tres veces al día, casi siempre para cargar suicidas. Gente que lo perdió todo en el Desastre y deciden unirse a sus muertos. Pero al principio es que me forraba. He llegado a meter aquí dentro a doce fiambres al mismo tiempo.
El taxista hizo entonces una pausa que animó a Decker a albergar falsas esperanzas de que por fin fuera a callarse.
– Y luego hay otra cosa -dijo una vez recuperado el resuello-. Fijo que ahora es mucho más fácil conseguir piso por aquí. Hombre, la mayoría de los apartamentos que uno encuentra siguen apestando a muerto pero, oye, dejas que corra el aire unas horas y, nada, como en casa.
El taxista se volvió y, levantando la barbilla, señaló hacia una tienda de empeños por la que pasaban.
– Y le diré quién más está haciendo su agosto con los muertos aparte del enterrador y yo: el prestamista. ¿Ven este anillo? -dijo alzando la mano derecha-. ¿Bonito, eh? Lo conseguí tirado de barato en una casa de empeños la semana pasada. Pero me apuesto lo que sea a que pagué cuatro veces más de lo que el prestamista dio por él. Y el tipo al que él se lo compró seguro que lo consiguió gratis de algún fiambre. Hay gente a la que no le gusta llevar cosas de un muerto, pero es lo que digo, oiga, ellos ya no las van a necesitar, ¿no?
– ¿Hubo mucho pillaje? -preguntó Christopher al taxista, al parecer, ajeno al deseo de Decker de que éste cerrara la boca y se limitase a hacer su trabajo.
– Oh, sí, un montón. Le diré, había saqueadores rompiendo escaparates y vaciando tiendas a diestro y siniestro. Los tenderos mataron a unos cuantos a tiros, pero al día siguiente los saqueadores también andaban pegando tiros. Pero eso sólo duró unos pocos días. Luego Hizzoner, el alcalde, declaró abierta la veda para todo el que se encontrara en la calle después del toque de queda. Hasta el momento, he oído que la poli se ha cargado a más de treinta. Bueno, ya hemos llegado -concluyó el taxista mientras detenía el coche junto al edificio de la Asamblea General de Naciones Unidas.
Decker pagó a toda prisa, para no permanecer más de lo necesario en aquel coche. El taxista les dio las gracias y volvió a advertirles que tuvieran cuidado.
– Espero que te hayas dado cuenta de que ese taxista no sabía de lo que hablaba -le dijo Decker a Christopher de camino a la entrada del edificio de la ONU.
– ¿Por lo de los rusos y los árabes? -preguntó Christopher.
– Bueno, sí, por eso también. Pero no sólo por eso.
– Claro, señor Hawthorne, ya lo sé. Pero de todas formas ha sido una experiencia interesante.
Decker se rió para sus adentros.
– Serías un buen periodista -le dijo.
Decker y Christopher atravesaron el Patio Norte hasta la entrada del edificio de la Asamblea General de Naciones Unidas. Tras pasar el control de seguridad, se acercaron al mostrador de información y seguridad y allí recogieron los pases para el comedor de delegados. Ambos disfrutaron muchísimo del bufé del almuerzo. La variedad era mayor de lo que ninguno había visto jamás en una sola comida y les gustó casi todo lo que probaron.
Después de comer, mientras estaban en el vestíbulo devolviendo los pases, oyeron como alguien llamaba a Decker. Se volvieron hacia la voz y, detrás de un grupo de gente con ropas de colores, vieron a un hombre alto y rubio que les sonreía y saludaba con un gesto. Era Jon Hansen.
Decker le devolvió la sonrisa y cruzó el vestíbulo hacia él.
– Embajador -dijo Decker mientras se acercaba tendiendo la mano-. Me alegro de verle de nuevo. No hacía falta que saliera a recibirnos.
– No es molestia -contestó Hansen con una simpática sonrisa-. Aunque para ser sincero, tenía cosas que hacer en el edificio. ¿Cómo estás? Te encuentro mucho mejor que cuando nos conocimos.
– Sí, bueno, eso es fácil -bromeó Decker-. Pero sí que como bastante mejor últimamente. Christopher es todo un cocinero.
Hansen miró con curiosidad a Christopher, que les escuchaba atento.
– Embajador Hansen, le presento a Christopher Goodman -dijo Decker en respuesta a la mirada de Hansen-. Vive conmigo desde el Desastre. Su tío abuelo era el profesor Harry Goodman de la UCLA, que de no haber muerto habría recibido el Premio Nobel en medicina.
– Bueno, Christopher, es un placer conocerte -dijo Hansen dándole un apretón de mano-. He leído sobre el trabajo de investigación que realizó tu tío en el campo del cáncer. Era un científico brillante. El mundo le echará de menos. Tal vez algún día continúes tú su labor.
– El profesor Goodman y yo éramos amigos desde mis tiempos en la facultad -continuó Decker-. Yo perdí… -Decker se mordió el labio para contener sus emociones. Por un momento había pensado que iba a poder decirlo sin más, pero cuando estaba a punto de pronunciar las palabras, le empezaron a temblar los labios y a dolerle las mejillas. Decker liberó el labio y lo intentó nuevamente-. Yo perdí a mi mujer y mis dos hijas. -Pausó brevemente y respiró hondo-. Así que cuando Christopher llamó a mi puerta, le invité a que se quedara. El profesor y la señora Goodman eran toda la familia que tenía.
– Lo siento de veras -dijo Hansen. Decker asintió en agradecimiento.
– Señor embajador -empezó Christopher educadamente.
– Dime, Christopher -contestó Hansen.
– Me interesa mucho lo que se pueda estar haciendo desde la Organización Mundial de la Salud para ayudar a averiguar la causa del desastre. ¿Están más cerca de dar con una respuesta?
– Bueno, Christopher -empezó Hansen agradado por el interés del chico-, me dicen que se han descartado ya cientos de factores. Así que supongo que eso es todo un progreso. Pero todavía no saben cuál fue la causa. Con todo, tengo fe en ellos. Darán con ella muy pronto, estoy convencido.
A Christopher pareció satisfacerle la respuesta.
– Entonces -dijo Hansen dirigiéndose a Christopher-, ¿ésta es la primera vez que vienes a la ONU?
– Sí, señor -contestó Christopher-. ¿Tiene el despacho en este edificio?
– Oh, no. Me parece que casi todo el mundo cree que los despachos de los delegados están aquí en el edificio de Naciones Unidas, pero lo cierto es que las sedes de las misiones permanentes de cada país ante las Naciones Unidas se encuentran repartidas por toda la ciudad. La sede de la misión permanente de Gran Bretaña está a unas cuatro manzanas de aquí, en la plaza Dag Hammarskjöld, en la calle Segunda, vamos.
– Christopher es un gran admirador de la ONU, así que decidí que me acompañara -explicó Decker-. Va a hacer la visita guiada de la una y media.
– Bueno, pues entonces podemos acompañar a Christopher hasta el punto desde donde sale la visita y luego ir nosotros a mi despacho.
Cuando Decker y Hansen llegaron a la misión británica, en la planta veintiocho del número uno de la plaza Dag Hammarskjöld, les recibió una atractiva joven de pelo rubio de veinte y bastantes años y un metro ochenta y ocho de estatura por lo menos, sólo cinco centímetros menos que Hansen. A Decker le chocó, más que la altura, su extraordinario parecido con el embajador. Los rasgos no eran tan marcados y la piel más suave y joven, pero el parentesco era más que evidente.
– Señor embajador -dijo apresuradamente mientras Hansen y Decker entraban al vestíbulo tras dejar atrás el control de seguridad-, ha llamado el embajador Fahd. Necesita hablar urgentemente con usted. Ha dejado un número de teléfono pero me ha dicho que si no le llamaba pronto luego no iba a poder localizarle. Ahora mismo le paso la llamada -dijo mientras se dirigía rápidamente hacia su mesa y Hansen entraba en el despacho.