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Cuando hubo finalizado la visita, Christopher buscó a Decker pero en su lugar se encontró con un joven que el embajador Hansen había enviado para recogerle. Cuando llegaron al despacho de Hansen, Decker se disponía a marchar.

– Bueno, Christopher, ¿qué tal la visita? -preguntó John Hansen.

Christopher iba a contestar cuando un hombre calvo y flaco de bigote rojizo entró a toda prisa por la puerta abierta del despacho con una expresión de enorme gravedad. Todos los ojos del despacho contiguo seguían al hombre; en todos los rostros se dibujaron muecas de auténtico pavor. Por lo visto, todos lo reconocían, y aunque nadie había intentado detenerlo, era evidente que su llegada era algo que había que temer.

– Jon, lo han hecho -dijo el hombre con un marcado acento alemán-. Acabo de hablar con Fahd y me ha confirmado que Siria, Jordania, Irak y Libia han lanzado un ataque conjunto contra Israel.

– ¡Maldita sea! -exclamó Hansen-. ¿Cuándo ha ocurrido?

– Sólo unos momentos antes de que llamara Fahd. Los sirios han atacado desde el norte, por la frontera con Israel, y a través del Líbano. Los ejércitos jordanos e iraquíes han lanzado un ataque simultáneo desde el este. Siria, Libia e Irak han coordinado ataques aéreos contra campos de aviación israelíes. Todavía no se sabe nada de los daños ni de si los aviones israelíes han tenido tiempo para despegar.

– ¡Maldita sea! -repitió Hansen.

Decker y Christopher, que se habían hecho a un lado para no estorbar, no perdían detalle de la conversación pero no parecía que le importase a nadie. La noticia no tardaría en ser de dominio público.

Hansen y el otro hombre seguían hablando cuando les interrumpió la joven alta de pelo rubio.

– Padre -dijo-, el embajador Rogers está al teléfono y dice que tiene que hablar contigo de inmediato. -Su actitud era tranquila y propia de su refinada educación, pero Decker captó en su voz la preocupación que había traicionado su trato de deferencia hacia el embajador.

Decker no tenía ni idea de quién podía ser el embajador Roger, pero Hansen y el alemán se mostraron ansiosos por hablar con él.

– Hola, Frank -dijo Hansen-, soy Jon. El embajador Reichman está aquí conmigo. Tengo entendido que por ahí las cosas han tocado fondo. ¿Qué puedes contarnos sobre la situación? -Hansen hizo una pausa para escuchar, pero por su rostro supieron enseguida que no estaba preparado para la respuesta de Rogers.

– ¡Tel Aviv! ¿En el casco urbano? -dijo consternado-. ¿Estás seguro que no ha sido solamente a las bases militares de la zona?

Decker aguzó el oído con renovado interés.

Hansen volvió a hacer una pausa y luego tapó el auricular y se dirigió a Reichman.

– Están bombardeando zonas civiles de Tel Aviv. Rogers dice que ya han caído decenas de bombas.

Hasta ese momento, Decker se había conformado con escuchar la conversación de los embajadores, pero ahora aquello le concernía personalmente, así que, saltándose él también todo formalismo, se acercó a los dos hombres. Hansen ni siquiera pareció enterarse de aquella violación del protocolo, y continuó escuchando al embajador Rogers al otro lado del teléfono.

– Frank, ¿estás bien? -preguntó Hansen con preocupación-. ¿Corre la embajada peligro? -La respuesta de Rogers tranquilizó a Hansen en lo que a la seguridad del personal de la embajada se refería.

– De acuerdo, Frank -dijo después de otra pausa-. Espera un momento, lo haré ahora mismo. ¡Jackie! -dijo volviéndose hacia su hija-. ¡Ponme con el embajador sirio, el embajador ruso y el embajador iraquí de inmediato, y en ese orden!

Durante esta interrupción momentánea, la mirada de Hansen vagó por la habitación hasta cruzarse con la de Decker, oportunidad que éste aprovechó para exclamar: «¡Tom Donafin sigue ingresado allí en el hospital!».

Durante una fracción de segundo, Hansen retuvo la mirada, sus ojos fijos en los de Decker. En su rostro se reflejó un sentimiento de sincera preocupación, pero no contestó. En ese momento tenía mayores y más urgentes preocupaciones y responsabilidades. De nuevo se dirigió a su interlocutor.

– Frank, voy a ejercer toda la presión de la que sea capaz desde aquí para que detengan los bombardeos sobre objetivos civiles, pero no sé si servirá de algo. Me ayudaría mucho que me proporcionases más datos sobre qué zonas de la ciudad exactamente están siendo bombardeadas y cuáles son los daños registrados. -Cogió bolígrafo y papel de la mesa y empezó a tomar notas mientras asentía a cada dato.

Decker se dio cuenta de lo trivial que era su ruego en comparación y se retiró a un lado.

– Embajador, tengo a alguien del despacho del embajador sirio al teléfono -dijo la hija de Hansen recordando esta vez el protocolo-. Le pasarán con él tan pronto coja el teléfono.

Hansen prosiguió tomando notas al teléfono mientras levantaba la mirada hacia su hija.

– Frank, me pasan al embajador Murabi por la otra línea. Hablaré primero con él y luego haré el resto de llamadas. Si no te he llamado dentro de un cuarto de hora, llámame tú.

Hansen estaba a punto de colgar cuando recordó algo y volvió a llevarse el auricular a la oreja.

– Frank -dijo en voz muy alta para evitar que el embajador Rogers colgara. Tras un breve y angustioso silencio, Hansen continuó hablando-: Frank, otra cosa. Es un favor personal. ¿Recuerdas a los dos yanquis que me traje del Líbano? Verás, uno de ellos está aquí conmigo en el despacho y me dice que el otro sigue ingresado en un hospital de Tel Aviv. -Mientras Hansen escuchaba, Decker escuchaba también-. Sí, eso es. -El embajador Hansen miró a Decker; obviamente, necesitaba más datos.

– El hospital Tel Hashomer de Tel Aviv -contestó Decker.

– Tel Hashomer -repitió Hansen-. Su nombre es Tom Donafin. ¿Cuánto tiempo más se supone que tiene que estar ingresado? -preguntó volviéndose hacia Decker.

– Tienen que estar a punto de darle el alta. Sólo tenía que estar unos días en observación después de la última operación, y esto fue la semana pasada -contestó Decker.

– Frank -dijo Hansen regresando a su interlocutor telefónico-, al parecer puede abandonar ya el hospital. Si puedes, que le hagan un chequeo, y si está bien para viajar, métele en un avión y sácalo de ahí.

Hansen colgó y reconoció la mirada de agradecimiento de Decker.

– Rogers es un buen hombre. Hará todo lo que esté en su mano. -Decker no tuvo oportunidad de contestar antes de que Hansen continuara-: Y ahora -dijo con un dedo suspendido sobre la luz parpadeante del teléfono-, me temo que he de pediros que salgáis. -Decker empezó a andar hacia la puerta-. Déjale tu teléfono a Jackie y te llamaremos si tenemos alguna noticia de Tom.

* * *

Robert Milner, ex subsecretario de Naciones Unidas, cruzó la puerta del Lucius Trust con la energía de un hombre con la mitad de sus años.

– Debo hablar con Alice -le dijo apresuradamente a la recepcionista-. ¿Dónde está? -Y sin esperar una respuesta, sorteó la mesa de la joven y se dirigió hacia el despacho de Alice Bernley.

– Lo siento, subsecretario, la señora Bernley no está -dijo la recepcionista sin poder impedir que Milner, en su impulso, terminara de recorrer el espacio que le separaba de la puerta del despacho de Bernley.

– ¿Dónde está? ¡He de hablar con ella inmediatamente! -dijo mientras hacía un brusco giro de ciento ochenta grados y volvía a la mesa de la recepcionista.

– No ha dicho adónde iba, pero debe de estar a punto de volver.

La energía de Milner se desvanecía a medida que recorría inquieto de un lado a otro la recepción de la Fundación. La recepcionista ofreció a Milner una infusión de hierbas que él aceptó pero no probó.