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Pasaron veinte minutos antes de que Milner divisara al otro lado de la plaza de Naciones Unidas la pelirroja cabellera de Alice Bernley, que regresaba a la oficina. Andaba apresuradamente, nerviosa, pero no tan deprisa como hubiera querido Milner, que corrió a su encuentro. Cuando le vio dirigirse hacia ella, aceleró el paso. Casi al unísono se llamaron uno al otro.

– ¡Alice!

– ¡Bob!

Y luego a un tiempo: «¡Le he visto!».

– ¿Dónde? ¿Cuándo? -preguntó ella casi sin aliento debido a la carrera.

– ¡En el edificio de Naciones Unidas, no hace más de media hora! Me ha pasado casi rozando. ¡Si llego a alargar el brazo, podía haberle tocado! Pero corre, dime, ¿dónde lo has visto tú?

– Hace un momento, en la calle Segunda, delante del número uno de Dag Hammarskjöld. Iba con un hombre y han cogido un taxi. He intentado… -Alice Bernley dejó la frase inacabada al observar como la sonrisa de Milner colmaba su rostro con la emoción de ver cumplida una promesa. Sólo entonces fue consciente de la importancia del momento, y por un minuto se quedaron allí los dos, quietos, mirándose.

– Le hemos visto -dijo ella por fin.

– Le hemos visto -confirmó él-. Justo como prometió el maestro Djwlij Kajm.

12

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Tel Aviv, Israel

Tom Donafin se sentó al borde de su cama en el hospital Tel Hashomer de Tel Aviv y ajustó la bandolera de la cámara nueva que Hank Asher le había regalado deseándole una pronta recuperación. Al otro lado de la ventana se representaba en el cielo un impresionante espectáculo que el resplandor del fuego en tierra convertía en un cuadro surrealista. El destello de la artillería antiaérea dibujaba finos trazos en el cielo y de cuando en cuando el luminoso fogonazo de una explosión añadía otro terrorífico brochazo de color al lienzo. Tom lo había fotografiado todo desde que empezaron las primeras ráfagas. Incluso había conseguido instantáneas del combate aéreo entre un escuadrón de MiGs 25 libios y varios F-15 Eagle israelíes.

Se acercó de nuevo a la ventana abierta y oteó el horizonte en busca de más combates. Al igual que el resto de la ciudad, el hospital había apagado todas sus luces para no atraer la atención de los pilotos enemigos, lo que casualmente resultaba idóneo para hacer fotografías nocturnas. Tom oyó que alguien llamaba a la puerta de la habitación detrás de él y se volvió de un salto.

Al girarse Tom en la oscuridad de la habitación, el visitante, de pie en el vano de la puerta, se encontró de repente con un cañón que apuntaba directamente hacia él. El hombre se lanzó al suelo instintivamente, pero mientras lo hacía cayó en la cuenta de que el siniestro cañón que en un primer instante había confundido con alguna clase de lanzagranadas en miniatura o rifle antitanques no era más que el teleobjetivo de la cámara del americano.

– ¡Cuánto lo siento! -dijo Tom mientras bajaba la cámara y corría a ayudar a levantarse a su inesperado visitante-. ¿Está usted bien?

– Estoy bien -murmuró azorado y con acento británico el hombre mientras se sacudía la ropa-. ¿Es usted Donafin?

– Sí, soy Tom Donafin -contestó Tom ofreciendo de nuevo su mano, esta vez como saludo-. ¿Y usted quién es?

– Soy Polucki, de la embajada británica -dijo solícito-. En nombre de los embajadores Rogers y Hansen, estoy aquí para ofrecerle la ayuda del gobierno de su majestad con el fin de acelerar su evacuación del Estado de Israel. Le ruego acepte mis disculpas por no haberle notificado mi visita con antelación. Intentamos alertarle sobre la situación, pero no funcionan las líneas telefónicas. Siguiendo las indicaciones del embajador Rogers, me he tomado la libertad de interrogar a su médico sobre su estado y si puede viajar. Me ha dicho que lo mejor para acelerar su recuperación, dadas las circunstancias, es que abandone de inmediato la zona del conflicto. Además -dijo algo menos formalmente-, van a necesitar la cama para los heridos.

– ¿Adónde exactamente tienen pensado trasladarme? -preguntó Tom.

– Tengo instrucciones de llevarle en coche hasta la embajada británica, donde dispondrán de todo lo necesario para que pueda abandonar el país en el próximo avión o barco del Reino Unido, Estados Unidos o Naciones Unidas. Si usted así lo prefiere, tengo órdenes de dejarle en la embajada de Estados Unidos, donde dispondrán de preparativos parecidos.

Hacía tiempo que ansiaba salir del hospital, así que aceptó con vehemencia la oferta del embajador Rogers. A los diez minutos salían por la puerta principal. Aquella noche no se veían en Tel Aviv otras luces que las de los edificios en llamas, cuyo fulgor se reflejaba en el cielo lleno de humo y cubría la ciudad con un manto siniestramente brillante.

– Polucki -dijo Tom mientras su joven acompañante británico conducía lentamente el Mercedes por las calles abandonadas, encendiendo las luces sólo cuando era estrictamente necesario y sólo durante unos segundos cada vez-, ¿cuál es su nombre de pila?

– Nigel, señor -contestó Polucki.

– Polucki es polaco, ¿verdad? -preguntó Tom.

– Sí, señor. Mis abuelos consiguieron huir a Gran Bretaña cuando la invasión alemana al principio de la Segunda Guerra Mundial. Formaron parte del gobierno polaco en el exilio que los británicos reconocieron oficialmente como gobierno legítimo de Polonia.

En ese momento sintieron el aire retumbar y temblar a su alrededor y un segundo después escucharon el sonido de una explosión, seguida casi inmediatamente por el agudo silbido de un avión a reacción israelí que tras ser alcanzado se precipitaba en espiral hacia el suelo. Desde el interior del coche era imposible determinar la naturaleza de aquel sonido, pero por el fragor inaudito que hizo temblar el suelo a su alrededor, era cómo si se abriesen las puertas del infierno.

El piloto ya había muerto cuando el avión se estrelló contra la fachada de un edificio de oficinas de seis plantas a tan sólo dos manzanas del lugar donde Polucki había detenido el coche de un chirriante frenazo. El pie apretaba todavía a fondo el pedal del freno y los dedos se aferraban al volante, aunque ello no impedía que le temblaran las manos.

Tom también estaba temblando, pero agarró la cámara y salió del coche de un salto para conseguir una instantánea de la devastadora escena.

– Espera aquí -le dijo a su joven acompañante. Nigel no protestó; iba a necesitar unos minutos para calmar sus nervios y recuperar las ganas de seguir conduciendo. Tom había recorrido poco más de veinticinco metros cuando volvió a oír el rugir de motores a reacción. A su izquierda, el horizonte desapareció detrás de la envergadura de un F-35 israelí que se acercaba.

El avión volaba a ras de los tejados; el motor, absorbiendo grandes bocanadas de aire al pasar por encima de la cabeza de Tom, perseguido muy de cerca por un MiG-31 libio. El F-35, mucho más manejable, alabeó bruscamente a la derecha, pero sorprendentemente el libio le siguió. El israelí ladeó entonces a la izquierda, pero el libio le seguía de cerca. Entonces, mientras Tom recogía las imágenes del duelo en su cámara digital, el israelí cometió lo que a Tom le pareció un error fataclass="underline" empezó a ascender. Tom sabía que el F-35 no podía competir con un MiG-31 en velocidad de ascenso. El libio se acercó a su objetivo. Los dos aviones rasgaban el cielo en su vertical ascenso, cuando el MiG disparó un misil aire-aire AA-6 (Acrid).

El Acrid se aproximaba en su trayectoria mortal y Tom preparó la cámara para captar el impacto. En lo que pareció era el último segundo, el F-35 ejecutó un rizo y empezó a descender en picado. La maniobra era buena, pero llegaba un instante demasiado tarde. El misil detectó con sus sensores de calor la estela del avión y viró con él. El israelí se precipitaba hacia el suelo en una vertiginosa carrera por salvar la vida contra el pertinaz Acrid. El piloto tendría que iniciar el ascenso enseguida, y cuando lo hiciera, el misil no tardaría en alcanzarlo.