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El hombre se detuvo por fin delante de un edificio de viviendas de diez plantas de la calle Ramat Aviz y se acercó al portal. Las puertas de cristal, que una explosión había hecho añicos la noche antes, habían sido reemplazadas por planchas de contrachapado. Golpeó con los nudillos en la madera. Al rato, la puerta se abrió una rendija y desde ella le escudriñaron un par de ojos. Pasado el reconocimiento, la puerta volvió a cerrarse y se oyó como corrían una mesa para poder abrirla del todo. Una mujer más bien sencilla, entrada en los treinta y con un pijama de quirófano manchado de sangre, invitó a su inesperado huésped a entrar.

– Bienvenido, rabí -dijo haciéndole pasar a una zona del vestíbulo transformada en clínica temporal. Aquí y allí se veía a gente acampada junto a familiares convalecientes.

– No con los demás -dijo el rabino con una voz llamativamente resonante y templada-. Debes subirlo a tu apartamento.

Fue entonces cuando ella se fijó por primera vez en el rostro del hombre que el rabino llevaba cargado al hombro. La sangre que le cubría el rostro y empapaba sus ropas no pronosticaba nada bueno; el estado que presentaba el cráneo le hizo pensar que aquello era como aceptar a un paciente muerto, y lo cierto es que más le hubiese valido estarlo a aquel hombre.

– Rabí, creo que con éste perdemos el tiempo -dijo.

– Pues encárgate de que no lo hagamos -contestó él con firmeza mientras se volvía y ponía rumbo a las escaleras-. Eres un buen médico. Confío totalmente en tu capacidad.

– Pero, rabí, está casi muerto, si no lo está ya del todo.

– No está muerto -dijo el rabino. Abrió la puerta y comenzó a subir el primer tramo de escaleras; ella le siguió de cerca. En un par de rápidos movimientos, la mujer se agachó, adelantó al rabino en su ascenso y se detuvo en las escaleras delante de él impidiéndole el paso. El rabino la miró fijamente, exigiéndole con sus ojos que se apartara.

– ¡Por lo menos deje que vea si tiene pulso! -rogó.

El rabino la dejó hacer mientras cogía al hombre de la muñeca y le tomaba el pulso. La miró a los ojos y leyó en su mirada la determinación de quien se sabe en lo cierto. Para su sorpresa, el pulso era razonablemente fuerte. El rabino la esquivó y continuó su ascenso.

– Está bien -dijo ella-, ¿y qué si está vivo? Ya ha visto cómo tiene la cabeza. Seguramente sufre lesiones cerebrales irreversibles.

– A su cerebro no le pasa nada. Es una herida de cuando era niño. -El rabino llegó a la tercera planta y abrió la puerta del descansillo.

– Está bien, está bien, a lo mejor sobrevive y todo. -Cuanto más se acercaban a su apartamento, más acuciante era su necesidad de detener al rabino y a aquel paciente tan inoportuno. La mujer sabía que la única esperanza era convencerle de que desechara su plan. Pero si insistía tendría que ceder; después de todo, él era el rabino. El problema era que no tenía noticia de que hasta ahora nadie hubiese conseguido que el rabino no se saliese con la suya.

– Pero ¿por qué tiene que quedarse en mi apartamento? ¿Es que no puede alojarse abajo con los demás?

El rabino, que para entonces ya había llegado al apartamento, se volvió para contestar mientras esperaba a que ella abriera la puerta.

– No está limpio -susurró a pesar de que no había nadie que le pudiera escuchar-. No está circuncidado -añadió a modo de aclaración-. Además, va a necesitar que te ocupes personalmente de él.

La mujer sabía que era inútil resistirse, así que cedió y abrió la puerta.

– Déjele en el segundo dormitorio -dijo. Abrió el armario de la ropa y tiró de un juego de sábanas viejas-: ¿Es un gentil? -preguntó mientras estiraba una sábana sobre la cama.

– Él cree que sí -contestó él-. Dentro de una semana o así, cuando se haya recuperado un poco, lo dispondré todo para que sea circuncidado.

– ¿Quién es? -preguntó ella, ahora que empezaba a aceptar la situación.

– Su nombre es Tom Donafin. -El rabino hizo una pausa mientras la mujer vertía agua en una jofaina y empezaba a limpiarle a Tom las heridas-. Es uno de los que habla la profecía, «Él ha de traer la muerte y morir para que llegue el fin y sobrevenga el comienzo».

Atónita ante la revelación, la mujer se detuvo y se volvió para mirar al rabino.

– Es el último de la línea de Santiago, el hermano del Señor -continuó-. Es el Vengador de Sangre.

13

EL COLOR DEL CABALLO

Derwood, Maryland

Era un día muy agradable de finales de otoño en Washington D.C.; la temperatura superaba los diecinueve grados y el sol lucía en un cielo completamente despejado. Era el día perfecto para saltarse el trabajo. Por otra parte, hacía tres años que Decker no pasaba por la oficina y pensó que era ya hora de hacerlo.

Cuando cogió el metro en la estación de Shady Grove, se dio cuenta de que el tren iba más vacío de lo habitual. Unas cuantas estaciones más adelante los vagones seguían sin llenarse y cayó en la cuenta de que se debía al Desastre. Washington había perdido aproximadamente un catorce por ciento de la población de su área metropolitana, casi un millón y medio de personas, pero no había sido consciente de la envergadura de la cifra hasta ver reflejado su impacto en el microcosmos del metro. Decker continuó dando vueltas al asunto incluso después de bajarse en DuPont Circle y seguir a pie hasta las oficinas de la revista News World.

En el vestíbulo la recepcionista insistió en registrar su entrada y en que esperara a que alguien le acompañara hasta la oficina. Decker era una persona muy educada, pero protegía lo suyo a ultranza. A pesar del tiempo que llevaba fuera, sentía aquél como su territorio y no tenía intención de firmar ni esperar a nadie. Por fortuna para la recepcionista, Sheryl Stanford llegó en el siguiente ascensor.

– No se preocupe -le dijo a la recepcionista-, trabaja aquí.

Aquella mañana Decker no encontró en la oficina muchos rostros familiares. En los últimos tres años, la mayoría de sus compañeros habían sido trasladados a otras delegaciones, se habían jubilado o habían cambiado de trabajo; algunos habían muerto en el Desastre.

Cuando Sheryl volvió a reunirse con Decker, éste miraba desolado a la persona que ahora ocupaba la mesa de su antiguo despacho. Peor fue cuando descubrió a un jovenzuelo en el que había sido el despacho de Tom Donafin.

– Señor Hawthorne -le reclamó Sheryl evitando que éste dijera algo al joven de lo que luego pudiera arrepentirse-, el señor Asher quiere verle.

Decker le echó una última mirada de odio al que ocupaba su despacho y se dirigió hacia el de Hank Asher.

– Quiero que me devuelvan mi despacho -le ladró a Sheryl.

– Hoy no va a ser un buen día -murmuró Sheryl intentando esbozar una sonrisa.

– Quiero que me devuelvan mi despacho -repitió Decker al franquear la puerta del despacho de Asher.

– Precisamente de eso quería hablar contigo -dijo Asher-. Te vamos a dar un despacho nuevo, uno de esquina con ventanas y vistas.

A Decker se le pasó el enfado al instante y empezó a mirar codiciosamente el despacho de Asher. La descripción sólo podía corresponder a un despacho en News World y estaban sentados en él.

– Espera un momento -dijo Asher leyéndole el pensamiento-, no me refiero a este despacho.

– ¿A cuál, entonces?

– Decker, me lo han notificado hoy mismo. Te han dado un ascenso. Vas a encargarte de la delegación de Nueva York.