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– Hola, qué hay -dijo Tom con media sonrisa contestando a la pregunta de ella.

– Oh -dijo ella algo sorprendida-. ¿Cómo se encuentra?

– Pues bueno, tengo una jaqueca espantosa y cuando he intentado abrir los ojos ha sido como si alguien me cortara con cuchillas de afeitar.

– Vaya, pensaba que había extraído todos los cristales -dijo Rhoda Felsberg, y dejó escapar un chasquido que Tom interpretó como resultado de la evaluación negativa de su estado físico-. Cuando ha abierto los ojos, ¿podía ver?

Tom comprendió de inmediato las implicaciones de la pregunta.

– Creo que no -dijo pausadamente-. ¿Me he quedado… ciego?

– De momento no estamos seguros -contestó. Su tono no tenía ninguna carga emocional pero sí quería ser tranquilizador-. Quiero que vuelva a abrirlos lentamente para poder examinarlos. A partir de ahí, veremos qué pasa.

Tom sintió como se sentaba a su lado en la cama. Abrió los ojos con un gesto de dolor, deseando con todas sus fuerzas ver algo. Pero no veía nada. Las manos de la doctora Felsberg le sujetaban la cara mientras le examinaba. Eran fuertes pero suaves, y a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, percibió el tenue dulzor de su perfume cuando se inclinó sobre él y se asomó a sus ojos a través de su oftalmoscopio.

– ¿Puede ver la luz en mi mano?

– Puedo ver un punto de luz.

– Bueno, por lo menos tenemos algo -dijo ella-. Las pupilas parece que siguen en perfecto estado. Pero me temo que deben quedar todavía algunas virutas de cristal. -Tom sintió cómo le aplicaba unas gotas en los ojos que le aliviaron rápidamente el dolor-. Le voy a vendar los ojos para que los mantenga cerrados hasta que consiga que pueda examinarle un oftalmólogo.

– ¿Volveré a ver?

– Es demasiado pronto para saberlo -contestó ella mientras le ayudaba a incorporarse en la cama para poder vendarle los ojos-. Debería alegrarse de seguir vivo. Cuando le trajeron le retiré varias virutas de cristal de los ojos. Lo cierto es que tuvo mucha suerte. Si el cristal llega a penetrar algo más, se habría derramado el humor vítreo y habría perdido los globos oculares.

Tom no tenía ni idea de qué era el humor vítreo, pero la idea de perder los glóbulos oculares era más que alarmante y pensó que por lo menos en esto sí que había tenido suerte.

– Las córneas presentan numerosas cicatrices -continuó-. Y tiene las retinas quemadas. ¿Se produjo algún resplandor intenso cuando cayó herido?

– Sí, creo que sí -dijo Tom pensando en lo último que recordaba.

– Lo que más nos tiene que preocupar son las quemaduras de las retinas. Las córneas pueden trasplantarse, pero las lesiones de retina son imposibles de reparar. Es posible que yo misma pueda retirar los cristales que quedan, pero me quedaría mucho más tranquila si lo hace un oftalmólogo cualificado.

– Y ¿cuándo podrá ser eso?

– Bueno, a lo mejor tenemos que esperar un poco. -Por el tono de su voz aquel «poco» sonaba a mucho tiempo.

– Pero ¿por qué? Y de todas formas, ¿qué es lo que sucede? ¿Puede explicarme por qué razón estoy aquí en lugar de en un hospital? -Tom apenas conseguía controlar el pánico. Acababan de explicarle con todo lujo de detalles que posiblemente había perdido la visión para siempre.

– Por favor, señor Donafin. Somos amigos. Queremos ayudarle, pero debe ser consciente de lo mucho que ha cambiado todo desde su accidente. Israel es ahora un país ocupado. Si tiene paciencia, se lo explicaré todo. Pero primero es necesario que intente comer algo.

Tom se dio cuenta entonces de que estaba hambriento, así que no puso más objeciones.

* * *

Rhoda Felsberg y su hermano Joel hablaban en voz baja en la cocina.

– Bueno, y ahora que ha despertado, ¿vas a trasladarle por fin con el resto de tus pacientes o no? -preguntó Joel Felsberg.

– No -contestó Rhoda-. No pienso hacerlo.

– Pero ¿por qué?

– Porque el rabino Cohen dijo que tenía que quedarse aquí.

– No hay razón para que insista en que cuides personalmente de este hombre.

– Es el rabino -contestó Rhoda, como si fuera razón suficiente.

– Sí, ya. Bueno, parece jasidim con esos tirabuzones y siempre vestido de negro, pero me he enterado de que los otros rabinos jasídicos no quieren saber nada de él. -Rhoda se alegró de que Joel no estuviera más al día; de estarlo, habría sabido que la situación entre Cohen y el resto de los rabinos era mucho peor de lo que imaginaba. Pero no siempre había sido así. En el pasado, muchos pensaban en Cohen como el sucesor del Lubavitcher Rebbe, el rabino Menachem Mendel Schneerson, considerado el rabino con mayor influencia política del mundo. Ahora, sin embargo, no eran solamente los rabinos jasídicos los que no querían saber nada de él; ningún otro rabino, ni siquiera los más liberales, pronunciaba su nombre sin escupir a un lado como muestra de su repugnancia.

– ¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo te interesa a ti lo que piensan los rabinos? -preguntó Rhoda a su hermano eludiendo el tema.

– El caso es que es un bicho raro.

– Venga, come -dijo ella sin ánimos para seguir discutiendo sobre el asunto.

– ¡Rhoda! -dijo Joel intentando mantener la conversación mientras ella cogía la sopera y unos cuencos y se dirigía hacia Tom.

– Venga, come -repitió con un tono más severo-. Ya hablaremos de esto más tarde -añadió. Pero ella ya había dado el tema por zanjado y no iba a dejar que volviera a surgir.

* * *

Rhoda le dio una cuchara a Tom y colocó su cuenco de sopa en una bandeja delante de él. Tom descubrió que era bastante complicado comer a ciegas, y le costó tomar las primeras cucharadas. Rhoda le pasó una servilleta y cuando fue a limpiarse la boca sintió bajo los dedos las cicatrices que la explosión había dejado en su rostro. Sin pronunciar palabra, recorrió las cicatrices con las yemas de los dedos.

– ¿Estoy muy mal?

– Tenía laceraciones prácticamente por toda la parte delantera del cuerpo. La mayoría de las cicatrices desaparecerán con el tiempo -contestó Rhoda-. Más adelante es posible que necesite una pequeña intervención de cirugía plástica para ocultar algunas de las cicatrices de la cara. Es cuestión de esperar y ver cómo evolucionan.

Tom se echó hacia atrás para palparse los brazos, los hombros y el pecho.

– Bueno, tampoco es que haya podido nunca presumir de guapo -dijo intentando ocultar su dolor con humor. Hizo una pausa y continuó-: Bueno, ¿y qué hay de esa explicación sobre qué hago aquí y cuándo podrá verme un oftalmólogo?

– La noche que comenzó la guerra -explicó Rhoda-, el rabino Saul Cohen le encontró debajo de un montón de escombros a unos ocho o nueve kilómetros y le trajo hasta aquí. Desde entonces ha estado inconsciente o desorientado y delirante.

Tom sacudió la cabeza.

– No recuerdo nada desde la explosión -dijo.

– Bueno, lamentablemente, la guerra no fue nada bien -continuó ella-. Israel luchó con todas sus fuerzas, pero pronto resultó evidente que los árabes tenían las de ganar. Estados Unidos y Gran Bretaña intentaron ayudar proporcionando suministros de emergencia y alimentos. Yo creo que podían haber hecho algo más, pero muchos de sus políticos alegaron que no podían permitirse entrar en guerra, sobre todo después de la bajas sufridas a causa del Desastre tan sólo dos meses antes. Luego se supo que los rusos estaban proporcionando armamento a los árabes. Los rusos lo negaron, claro, pero el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó una resolución de bloqueo de los puertos árabes.

– ¡No es posible! ¿Cómo se las ingeniaron para aprobar la resolución contra el veto del delegado ruso en el Consejo de Seguridad? -preguntó Tom.

– Pues eso es lo raro. El delegado ruso no se presentó a la votación -contestó Rhoda.