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– ¡Es increíble! -espetó Tom-. Los rusos ya cometieron ese error en 1950 cuando boicotearon a Naciones Unidas por excluir a la China comunista. Gracias a eso el Consejo de Seguridad pudo actuar contra los aliados de Rusia en Corea. Es imposible que hayan vuelto a cometer el mismo error.

– Bueno, pues por incomprensible que parezca, lo volvieron a hacer -dijo Rhoda.

– Pues no sé qué es lo que os extraña tanto -dijo Joel sarcásticamente-. Seguro que lo tenían todo planeado de antemano.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Tom.

– Joel, deja que cuente yo lo que pasó -dijo Rhoda-. Ya nos contarás tus teorías después.

– Vale, adelante. Pero lo va a deducir él solito si tiene dos dedos de frente.

– Bueno, ¿por dónde iba? Has hecho que pierda el hilo -dijo Rhoda reprendiendo a su hermano.

– La ONU votó a favor del bloqueo -le recordó Joel.

– Eso es. Así que después de un periodo de intercambio de acusaciones, los rusos accedieron a no proporcionar más armamento a los árabes, y Naciones Unidas accedió a no imponer el bloqueo. A los pocos días pareció que las tornas se volvían del lado de Israel. Habíamos recuperado buena parte del territorio perdido y los pocos efectivos de las Fuerzas Aéreas que nos quedaban estaban aplastando a los ejércitos árabes de tierra y aire.

»Llegado este punto, el servicio secreto israelí -el Mosad- descubrió que los libios, ante la interrupción del suministro de armas convencionales por parte de Rusia, planeaban un ataque con armas químicas. Para evitarlo, las Fuerzas Aéreas israelíes lanzaron un ataque preventivo contra las instalaciones libias de armamento químico, pero los libios se anticiparon y la incursión israelí no obtuvo los resultados deseados.

»Cuando resultó evidente que Israel no tenía otra forma de detener el ataque químico, el primer ministro Greenberg envió un mensaje a los libios amenazándoles con la guerra nuclear si empleaban armas químicas contra Israel.

– ¿Así que Israel admitió por fin que tiene armas nucleares? -preguntó Tom.

– El contenido exacto del mensaje nunca llegó a hacerse público, pero al parecer no daba lugar a segundas interpretaciones -contestó Joel.

– Bueno -continuó Rhoda-, el caso es que a pesar del acuerdo alcanzado con Naciones Unidas, los rusos accedieron a vender más armamento convencional a los árabes bajo el pretexto de evitar así una guerra química nuclear.

– Sí -interrumpió Joel-. La excusa perfecta para que los rusos pudieran hacer lo que tenían intención de hacer desde un principio.

Tom seguía sin adivinar a qué apuntaba Joel, pero por el momento lo dejó pasar. Rhoda continuó con su relato.

– Entonces el Mosad localizó los barcos rusos que pensaba iban a entregar el armamento a Libia, y justo antes de que entraran en aguas libias, nuestras Fuerzas Aéreas los atacaron. Hundieron cuatro barcos cargueros y un puñado de naves escolta, pero al final resultó ser una operación de distracción. Mientras casi la totalidad de la Fuerza Aérea israelí estaba ocupada en el Mediterráneo y el ejército luchaba contra los árabes en la frontera, varios comandos rusos aterrizaron al norte de Tel Aviv y tomaron una pista de aterrizaje. Debían de tenerlo todo planeado a la perfección, porque tan pronto se hicieron con el control de la pista empezaron a aterrizar soldados y material rusos.

– Un momento -dijo Tom-. ¿Está diciendo que es verdad lo que me contaba Joel de que Tel Aviv está ocupado por los rusos?

– No sólo Tel Aviv -contestó Joel-. El país entero.

– ¡En menudo mundo me despierto!

– Ya ve, al parecer había rusos a los que no les gustaba cómo iban las cosas desde la caída de la Unión Soviética -dijo Joel-. Algunos todavía quieren dominar el mundo. Y claro, en Naciones Unidas dijeron que no era más que una respuesta a nuestro ataque «no provocado» sobre sus embarcaciones y que en realidad no eran más que una fuerza de paz. Dijeron que con la ocupación de Israel pretendían evitar una guerra química nuclear. Y para hacerla más legítima se trajeron unas cuantas tropas de Etiopía, de Somalia y de un puñado de países más a fin de poder demostrar que se trataba de una fuerza de paz «internacional». El problema es que ahora se niegan a abandonar el país.

* * *

A la mañana siguiente, Tom se despertó con el aroma del desayuno y con el sonido de la voz de Rhoda Felsberg que le llamaba.

– Señor Donafin, ¿está despierto? -Era difícil de adivinar teniendo él los ojos vendados.

– Sí -contestó Tom.

– ¿Le apetece desayunar?

– Sí, por supuesto, gracias. Pero creo que primero iré al aseo.

– Le puedo traer una cuña, pero si se siente capaz, le llevaré hasta allí.

Tom ya estaba de pie, aunque sentía las piernas muy debilitadas.

– Creo que estoy preparado para hacerlo como es debido -dijo.

– Pues vamos -dijo ella cogiéndole de la mano y apoyándola en su brazo para guiarle por el apartamento.

– Ya sigo yo solo -dijo Tom cuando sus pies desnudos sintieron que acababa la alfombra y empezaba el suelo de baldosas.

– ¿Encontrará el camino de vuelta a la habitación? Tengo que ver cómo va el desayuno.

– Sí, claro -dijo Tom-. Seguro que hasta puedo dar con la cocina.

Cuando terminó se dirigió a tientas hasta la cocina, donde Rhoda había puesto la mesa para dos y ya había terminado de preparar el desayuno.

– Un poquito a la izquierda -dijo al ver que Tom chocaba contra el marco de la puerta.

Tom encontró la mesa y se sentó. Rhoda advirtió un extraño gesto en su rostro.

– Verá… esto… -dijo Tom.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Rhoda.

– Bueno, no estoy muy seguro -dijo él-. En el aseo he notado algo que… bueno, que no está como antes… Verá, yo, bueno… -tartamudeó Tom. Si hubiera podido ver, habría visto cómo Rhoda se sonrojaba al darse cuenta de a qué se refería-. Da lo mismo -dijo finalmente.

Rhoda se alegró de que dejara caer el tema.

– Tengo buenas noticias -dijo cambiando rápidamente de asunto-. He llamado a un amigo oftalmólogo y me ha dicho que podrá verle mañana a primera hora.

– ¡Estupendo! -dijo Tom.

– Bueno, no se haga demasiadas ilusiones. Sólo ha dicho que podía examinarle e intentar extraer lo que quede de cristal, no ha dicho que le pueda operar.

– Oh. Bueno, tal vez pueda por lo menos decirme qué posibilidades tengo de recuperar la visión.

– Sí, lo mismo espero yo.

– Pero, claro -añadió Tom-, no hay necesidad de que me opere aquí, ¿verdad? Puedo regresar a Estados Unidos.

– Bueno, sí, claro que puede -titubeó Rhoda-. El aeropuerto Ben Gurion está en bastante mal estado, pero, por lo que sé, los rusos permiten la salida de algunos vuelos.

Tom notó un inesperado tono de decepción en su voz.

– Por cierto, hablando de Estados Unidos -continuó Rhoda-. ¿No hay nadie a quien tenga que llamar para hacerle saber que sigue vivo?

Era evidente que intentaba enterarse de algo sobre lo que no se atrevía a preguntar directamente. Tom fingió no darse cuenta y contestó sin rodeos.

– No tengo familia -dijo-. Mis padres, mis dos hermanos y mi hermana fallecieron en un accidente de coche cuando tenía seis años. De ahí el extraño aspecto de mi cráneo. Fui el único que sobrevivió.

– Al parecer ha vuelto a nacer unas cuantas veces -dijo ella.

– Sí. Eso parece.

– ¿Le operaron? -preguntó ella por pura curiosidad profesional.

Tom soltó una extraña risita.

– Sí. Pero esperaron un poco. Pensaron que moriría a los pocos días y que si sobrevivía sería un vegetal. Supongo que tuve suerte de que ocurriera hace tanto tiempo. Por entonces todavía no se apresuraban a desconectar la sonda de alimentación para ahorrarte camino. El caso es que cuatro días después del accidente desperté y me puse a hablarle a la enfermera. Aquello les convenció de que lo conseguiría -dijo secamente-, así que me abrieron, escarbaron un poco y me sacaron unos cuantos pedazos de cráneo roto y un poco de cerebro que supongo me sobraba. Me dejaron con una placa de acero que acostumbra hacer sonar los detectores de metales de los aeropuertos.