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– Una táctica del tipo «puño de hierro en guante de seda» -añadió Tom-. ¿Ocurre lo mismo en las otras ciudades?

– Sí, que yo sepa. En Jerusalén han detenido las obras del Templo para apaciguar a los árabes. Pero quieren complacer a todos, así que para tener contentos a los judíos no han destruido lo ya levantado.

– ¿Hay algún tipo de resistencia organizada? -preguntó Tom.

– Nos llegan noticias de la existencia de pequeñas guerrillas en las montañas, pero no creo que estén bien organizados. En las ciudades la gente es menos violenta, pero no por ello son menos resistentes.

– ¿Y qué hay del objetivo de los rusos? Joel cree que todo esto estaba planeado desde el principio. ¿Sabe alguien qué quieren hacer los rusos con Israel? ¿Ha habido alguna declaración pública de intenciones?

– Dicen que abandonarán el país tan pronto desaparezca la amenaza de una guerra química nuclear en la región. Pero Joel dice que ya se han hecho con el control de las armas nucleares de Israel. Si tuvieran la intención de desmantelarlas, ya habrían empezado a hacerlo. Por otro lado, si deciden retirarse, entonces quedaremos a merced de los árabes. Los rusos han confiscado y embargado todos los suministros y equipo militar y también han desarmado a buena parte de la población. La situación es calamitosa, pero si los rusos se retiraran en este momento nos tendríamos que defender con picos y palas.

»No es que sea una visión muy optimista, pero me parece que en el mejor de los casos todo seguirá como hasta ahora durante bastante tiempo. Si las cosas van mal, los rusos darán por finalizada la ocupación y dejarán que los árabes nos borren del mapa. La estrategia es muy buena, la verdad, pues les proporciona la excusa perfecta para permanecer aquí indefinidamente.

– Me pregunto cuándo saldrá el próximo avión a Estados Unidos -bromeó Tom. Pero Rhoda no se rió.

* * *

Al llegar a la consulta del oftalmólogo, Tom tomó a Rhoda del brazo y ésta le guió hasta la entrada. En el interior la recepcionista la saludó como a una vieja amiga.

– Así que éste es el paciente especial del que nos hablabas. ¿Cómo está?

– Bueno, pues precisamente para averiguarlo es para lo que hemos venido. ¿Tardará mucho el doctor Weinstat en recibirnos? -preguntó Rhoda echando un vistazo a la abarrotada sala de espera.

– El doctor Weinstat me ha dado instrucciones de daros prioridad, ya que es posible que el paciente todavía tenga cuerpos extraños en los ojos. Está acabando con un paciente, así que os recibirá enseguida.

Tom permaneció cogido del brazo de Rhoda mientras se sentaban a esperar. Las sillas estaban colocadas muy próximas unas de otras y era natural que siguieran tocándose. Tom tardó un instante en darse cuenta de que no había soltado el brazo de ella. En un primer momento pensó en retirar la mano, pero no parecía que a Rhoda le molestara. A través del suave tejido de la blusa, la calidez de su piel parecía penetrar la fría oscuridad que le rodeaba.

Permanecieron allí sentados en silencio. Tom no había pasado por alto el comentario de la recepcionista sobre que él era un paciente «especial». Tampoco quería darle más importancia de la necesaria, pero le entraron ganas de preguntar a Rhoda sobre ello. «No», pensó. Si hablaba ahora rompería el encanto del momento, ella se vería forzada a retirar el brazo por decoro, y él no tendría más remedio que soltarlo. Lo mejor era dejar las cosas como estaban.

Entonces ella habló inesperadamente.

– El doctor Weinstat es un buen médico.

– Bien -contestó Tom como un tonto.

No eran más que palabras vacías. Al parecer, ella también era consciente del silencio. Lo que importaba era que estuvieran manteniendo una conversación, por anodina que fuera, y que ella no daba señales de querer que él retirase la mano de su brazo.

* * *

Cuando pasaron a la consulta, el oftalmólogo sólo tuvo que echar un vistazo a cada ojo para establecer su diagnóstico.

– Lo siento, señor Donafin. Las córneas están severamente dañadas. Las cicatrices de las heridas producidas por las virutas de cristal y las quemaduras de la córnea han formado una película casi opaca sobre el noventa por ciento del cristalino, y el otro diez por ciento no está mucho mejor. Lo cierto es que me sorprende que en su estado siga percibiendo algo de luz. Lo lógico sería proceder al trasplante de las córneas, pero dada la gravedad de las quemaduras de las retinas, creo que en su caso la operación no haría sino alargar el sufrimiento, pues no hay perspectivas de que con ella vaya a mejorar la visión.

Fue así de rápido. De rápido y tajante. Un puñado de palabras era todo lo que el médico había necesitado para decretar con severa franqueza clínica que se había quedado ciego para siempre.

– Recuéstese, voy a echarle unas gotas de fluoresceína en los ojos para localizar las virutas de cristal que siguen molestándole -dijo el doctor. Cuando hubo terminado, le aplicó una crema antibiótica y volvió a vendarle los ojos para evitar que pudiera mover los párpados-. Déjese el vendaje y vuelva mañana para ver cómo evoluciona. Doctora Felsberg -continuó dirigiéndose a Rhoda-, ¿puede traer mañana al señor Donafin?

Rhoda asintió y luego respondió afirmativamente a viva voz en atención a Tom.

– Hable con Betty a la salida para concertar la cita a la hora que le convenga.

– Gracias.

– Oh, y pídale algunos folletos informativos sobre cómo aprender a vivir con ceguera.

Tom sabía que era práctica habitual entre los médicos mantener conversaciones como si sus pacientes no estuvieran delante, pero en ese momento aquello no cambiaba nada. Sumido en la oscuridad que ahora sabía sería su hogar permanente, sentía que hablaban acerca de él y no a él directamente. Era como si al quedarse ciego hubiese dejado de ser una persona real. Aquello no era más que el principio. Había conocido a personas ciegas y sabía cómo la ceguera les obligaba a esperar a que los demás se dirigieran a ellos. Incluso en salas llenas de gente había visto a ciegos esperar en silencio hasta que alguien se acercaba a hablar con ellos. Aunque la víspera había bromeado sobre ello, la certeza del fin de su profesión como fotógrafo cayó sobre él como un duro mazazo.

Tom permaneció en silencio mientras Rhoda ocupaba su asiento en el coche.

– ¿Cómo estás? -preguntó con condescendencia apoyando su mano sobre la de él.

– No muy bien -contestó él-. Y lo peor es que creo que todavía no soy consciente de lo que esto supone. No hago más que pensar en que cuando me quiten los vendajes volveré a ver.

– Bueno -empezó ella acariciándole la mano para confortarle. Pero, obviamente, no podía pensar en qué más decir.

Tom giró la mano para coger la de ella; ahora necesitaba todo el apoyo que pudiese conseguir.

– No sé qué hacer ahora -dijo-. No puedo trabajar. Tengo algunos ahorros y tres años de sueldo de News World en el banco. Con eso aguantaré un tiempo, pero luego ¿qué? -Le apetecía soltar alguna frase hecha del tipo «estaría mejor muerto», pero el calor de la mano de Rhoda le decía que no era cierto.

– Tom, sé que ahora mismo te sientes enojado y traicionado, pero hay cosas en la vida que debemos aceptar sin más, porque aunque no lo hagamos van a seguir igual. -A Tom le pareció que hablaba por experiencia propia.

Permanecieron unos minutos en silencio cogidos de la mano.

– Tom -dijo Rhoda por fin-, hay alguien a quien quiero que conozcas.

Tom creyó adivinar a quién se refería.