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– ¿Tu rabino? -preguntó.

– Te va a gustar -dijo ella confirmando la pregunta de Tom-. Me pidió que le visitáramos cuando estuvieras en pie.

– Sí, bueno, supongo que va siendo hora de que le agradezca que me rescatara y me trajera hasta ti.

Aunque reacio, Tom dejó libre la mano de Rhoda para que pudiera conducir.

15

AZADONES EN ESPADAS

Dos meses después. Tel Aviv, Israel

Scott Rosen esperaba a su amigo Joel Felsberg a la mesa de un pequeño café, tomando un tazón de sopa. Joel no tardó en llegar. Se quitó el abrigo y tomó asiento sin mediar palabra.

– Pareces disgustado -dijo Scott en un tono que a Joel le sonó bastante irritado.

– Odio a esos rusos arrogantes; siempre parándote en la calle para pedir la documentación. -Joel exageraba; la mayoría de la gente pasaba días sin que les dieran el alto-. No se van a ir jamás, lo sabes, ¿no?

– Sí, lo sé -contestó Scott con una resignación poco habitual en él mientras sorbía su sopa-. Pero no todo está tan negro -añadió con una alegría igual de rara en él-. He oído que la resistencia interceptó un camión de suministro, robó la carga y luego lo lanzó por control remoto contra un campamento ruso. Al parecer mató a cerca de mil rusos.

Joel pidió su almuerzo antes de contestar.

– He oído esa historia veinte veces en las últimas tres semanas y cada versión suena más increíble.

– ¿No te lo crees?

– Sí, lo creo. Pero me quedo con la primera versión; que la resistencia interceptó un camión y lo lanzó contra un campamento ruso, donde se estrelló contra una torre de agua y poco más.

– Bueno, por lo menos hay una resistencia.

– Sí, y están sin armas y completamente desorganizados. ¡Si Ben Gurion llega a emplear sus tácticas todavía seríamos un protectorado británico! Lo pintes como lo pintes, Scott -continuó Joel después de remover el café-, ¡seguimos bajo ocupación! ¡A quién le importa cuántas torres de agua derribemos o cuántos camiones de suministro interceptamos! ¡Éramos un Estado libre e independiente y ahora no lo somos!

– Entonces, ¿qué cambios crees que debería introducir la resistencia en su táctica? -preguntó Scott, como si la opinión de Joel fuera a servir de algo.

– No lo sé. -Joel sacudió la cabeza con resignación-. Supongo que ninguno. Ése es el problema; no hay nada que podamos hacer. Ni siquiera aunque echáramos a los rusos, porque tan pronto abandonaran el país nos atacarían los árabes y entonces no tendríamos nada con que hacerles frente.

– Sí, pero…

– ¡Déjalo, Scott! ¿Para esto me has hecho venir hasta aquí? ¿¡Para que me revuelque en mi ira y mi frustración!?

Joel y Scott eran fervientes defensores de su país y cuando se trataba de Israel era muy fácil llevarlos al límite de sus sentimientos. En esta ocasión, no obstante, sólo a Joel había llegado a hervirle la sangre. Scott hablaba con una calma desacostumbrada, pero Joel no lo advirtió. Tampoco se fijó en que nadie había entrado ni salido del café después de su entrada, ni en que el dueño había colgado el cartel de «Cerrado». A Joel también le pasaron desapercibidos los dos hombres que montaban guardia a la puerta del café.

Entonces Scott pareció animarse repentinamente.

– ¡Hay que echar a los rusos de Israel! ¡Tenemos que machacarlos para que no vuelvan a poner el pie aquí jamás! -exclamó.

– Palabras. Palabras -respondió Joel-. ¿Tú te crees que la resistencia lo va a conseguir con sus ridículos ataques a las vías de suministro rusas? ¿Y cómo sugieres que lidiemos con los árabes cuando se vayan los rusos, si es que se van?

Scott miraba fijamente su tazón de sopa.

– Ah, si hubiésemos empleado nuestras armas nucleares contra los rusos en lugar de enseñar las cartas para amenazar a los libios…

– ¡Eres un iluso, Rosen! Cuando nos enteramos de que nos invadían, ya había rusos por todas partes. La única forma de haberles atacado con armas nucleares habría sido bombardeando nuestro propio territorio -dijo Joel, cada vez más enojado.

Scott Rosen no permitió que la ira de su amigo le distrajera. Tenía una misión que cumplir y todo estaba saliendo como planeado.

– Sí, supongo que tienes razón. -Scott parecía resignado, pero continuó-: Es una pena que ya no podamos hacernos con el control sobre nuestro armamento nuclear. Los rusos están todos concentrados en las montañas y podríamos eliminar al noventa por ciento con sólo unos cuantos misiles bien emplazados. Del otro diez por ciento de las ciudades se podría encargar la resistencia.

– De verdad que eres un iluso -dijo Joel-. ¿Y qué me dices de Moscú? ¿Crees que iban a quedarse ahí sentados sin responder al ataque? ¿Por qué razón no iban a pagarnos con la misma moneda atacando nuestras ciudades?

Aquélla era la pregunta que Scott estaba esperando. Su semblante adquirió de repente una expresión mucho más seria. La gravedad de lo que estaba a punto de decir era evidente, incluso para Joel.

– Por nuestro escudo antimisiles -susurró por fin.

Joel fijó su fría mirada en Scott, estudiando su semblante. Abrió la boca dos veces para hablar y llamarle una vez más, pero las dos veces se echó atrás. Scott parecía hablar en serio y cuando se trataba de la defensa estratégica había que escucharle. Junto con su difunto padre, Joshua Rosen, Scott sabía más que nadie sobre el proyecto de defensa estratégica israelí. Finalmente Joel se decidió a hablar.

– Hablas de un imposible. Aun cuando un plan semejante pudiera llevarse a cabo, no veo cómo iba nuestra débil y desorganizada resistencia a hacerse con el mando del Centro de Operaciones de Defensa Estratégica.

– No hace falta ni acercarse a las instalaciones -dijo Scott seguro de sí mismo.

De repente Joel cayó en la cuenta de que estaban en un lugar público. Mientras discutían no le había importado quién les pudiese oír. No era inusual ver a dos israelíes quejándose de la ocupación rusa. Todo Israel lo hacía. Es más, lo raro habría sido que hablaran de otra cosa. Pero habían cruzado la línea; ahora hacían algo más que quejarse. De haberles estado escuchando la persona equivocada, ésta podría haber tomado la conversación por una conspiración. Echó un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie les escuchaba.

Scott no le interrumpió para decirle que no había de que preocuparse; cada una de las siete personas que en ese momento se encontraban en el café habían sido escogidas para la ocasión.

– ¿Estás hablando de un centro de control remoto? -preguntó Joel por fin en un susurro.

Scott asintió con la mirada.

Joel había oído hablar de la existencia de un centro de control remoto, un centro de ensayos desde el que podía regularse el funcionamiento del Centro de Operaciones de Defensa Estratégica (CODE), pero siempre lo había descartado como producto de la especulación. Si era cierto que había un Centro de Ensayos (CE), entonces los puertos de comunicaciones necesarios para su operatividad habrían dejado al descubierto su existencia. Cabía la posibilidad de que dichos dispositivos hubiesen sido desconectados intencionadamente para no revelar su existencia, pero Joel había trabajado en el CODE durante más de cinco años y se había encargado de ejecutar numerosos escenarios de configuración en su sistema informático. Si el CE existía de verdad, tendría que haber aparecido en alguno de los procesos de simulación.

Joel estaba muy familiarizado con el funcionamiento de un CE. Años atrás, antes de abandonar Estados Unidos, había trabajado de técnico analista de software en Ford Aerospace, compañía asociada al Mando de la Defensa Aérea de América del Norte (NORAD). Recordaba los largos paseos por los fríos túneles de la montaña Cheyenne para testar actualizaciones de software. Había estado en la montaña aquel 9 de noviembre de 1979, cuando durante unos terribles minutos todo pareció indicar que la Unión Soviética había lanzado un ataque nuclear a gran escala contra Estados Unidos. El Mando Aéreo Estratégico de Estados Unidos (SAC) había hecho despegar a sus bombarderos y situado sus misiles nucleares en nivel de alerta, a la espera de órdenes del presidente. Al final resultó ser una falsa alarma provocada por un programa de simulación cargado inadvertidamente en el sistema informático del NORAD. Como resultado de este accidente, el Congreso de Estados Unidos autorizó de inmediato la construcción del Centro de Control Remoto del NORAD en pleno casco urbano de Colorado Springs.