»Pero volvamos a la primera razón por la que hemos escogido el Gideon. Esta ojiva tiene un radio de acción letal de tan sólo un kilómetro, al que se suma un segundo radio de acción de otros tres kilómetros. En la mayoría de los casos, esos límites nos permitirán golpear a los rusos y evitar daños colaterales entre nuestra población. No obstante, hay dos emplazamientos donde no será posible debido a la cercanía de poblados y kibutz a los objetivos. En estos casos, y en aquellos en los que haya campesinos en las cercanías, se activará un equipo de evacuación que dispondrá de ocho horas para limpiar la zona de civiles antes del ataque. Este equipo habrá de actuar al amparo de la noche, y para evitar poner a nuestros enemigos sobre aviso, la unidad de evacuación no recibirá órdenes de iniciar la operación hasta que no nos hayamos hecho con el control operativo del CODE.
»La neutralización del CODE y la transferencia de operaciones a estas instalaciones, digamos que es la parte más sencilla; para eso se creó este centro. Lo difícil es conseguir que los rusos crean que mantienen el control el tiempo suficiente para que podamos evacuar a nuestra gente y lanzar los seis Gideon. Ahí es donde entras tú. Te necesitamos para que nos des esas ocho horas. Tendrás que engañar a los ordenadores del CODE para que crean que sus sistemas siguen operativos.
»Una vez transferido el control a estas instalaciones, tardaremos unos veinte minutos en introducir las coordenadas de los nuevos objetivos en los misiles. Si los rusos se dan cuenta de lo ocurrido, su primera reacción será intentar recuperar el control y proceder de inmediato a dispersar sus tropas de las montañas. Si así sucediera, no tendremos otra elección que lanzar el ataque de forma inmediata, matando a más de mil civiles israelíes y a los miembros de los equipos de evacuación.
Joel meditó sobre todo lo que acababa de escuchar. No era fácil digerir tanta información en tan poco tiempo.
– ¿Y qué me dices de los rusos que hay en las ciudades? -preguntó.
– Inmediatamente después del lanzamiento entrarán en acción varias unidades de comandos israelíes que tomarán todas las emisoras de radio y estudios de televisión que se hallan en poder de los rusos. En aquellos lugares donde la operación tenga éxito habrá otras unidades que se encargarán de destruir las antenas de esas estaciones. El éxito del ataque pasa por que el pueblo israelí se una para atacar a los rusos en las ciudades, pero también es esencial que el resto del mundo, y sobre todo los árabes, no sepan exactamente qué es lo que ocurre. Si damos muchas pistas a los nuestros, también se las estaremos dando a los árabes, que sea o no tiempo de Hajj pueden aprovechar la oportunidad para atacar mientras seguimos desorganizados y antes de que nos hagamos con el control de los depósitos secretos de armas rusos. En lugar de retransmitir avances informativos que puedan ser interceptados por los árabes, las radios y televisiones emitirán sin cesar un mismo y único mensaje, las palabras del profeta Joel, que aparecen en el capítulo tercero, versículo diez, del libro de Joel.
Scott hizo una pausa. Al igual que su padre, él era zelota antes que científico, aunque su causa era diferente. Esperaba que su amigo hubiese al menos estudiado lo suficiente las Escrituras como para estar familiarizado con el mensaje del profeta cuyo nombre llevaba. Pero si Joel conocía el versículo, no daba muestras de ello. Scott emitió un suspiro de evidente decepción y continuó.
– Forjad espadas de vuestros azadones y lanzas de vuestras podaderas -citó.
– No es que eso de muchas pistas, ¿no crees? -preguntó Joel ignorando que la idea había sido de Scott.
Scott sintió el impulso de saltar en su defensa pero se contuvo.
– Puede ser -admitió-. Pero es la señal que hemos pasado a la resistencia. Esperemos que el resto se una cuando empiece la lucha en las calles.
Durante las dos horas siguientes, cada uno de los ocho miembros de la sala de operaciones explicó a Joel los detalles sobre la parte que cada uno desempeñaba en el proyecto.
Tres semanas después. Nueva York, Nueva York
El teléfono sonó tres veces antes de que el embajador Hansen se despertara para contestar.
– ¿Diga? -dijo consultando la hora en el despertador. Eran poco más de las once.
– Señor embajador -dijo Decker-. Siento molestarle, pero acabo de saber que hace media hora, a las cinco treinta hora israelí, se han producido un número indeterminado de explosiones nucleares en Israel.
Hansen acabó despertándose del todo al tiempo que sus ojos se abrían de par en par.
– ¿Los rusos? -preguntó.
– La información que tenemos hasta el momento es muy confusa. No está del todo claro quién es el responsable, y los rusos no han emitido ningún comunicado oficial.
– Decker, ¿existe alguna posibilidad de que se trate de un error?
– No, señor. No creo. Las detonaciones han sido detectadas por satélites estadounidenses, británicos y chinos. Para empeorar las cosas, a las explosiones les ha seguido un terremoto de gran magnitud en la falla del mar Muerto.
– Está bien, espera un momento mientras enciendo el televisor. -Pasados unos instantes, Decker pudo escuchar al otro lado del teléfono el sonido del televisor de Hansen-. Ya estoy aquí -dijo Hansen, pero él y Decker permanecieron en silencio mientras escuchaban el avance informativo que estaba siendo emitido en ese momento.
«La redacción de noticias Fox acaba de recibir la noticia de que el Comando Estratégico de Estados Unidos (STRATCOM) ha ordenado el despegue urgente de sus bombarderos. El Departamento de Estado insiste en que no es más que una medida preventiva e informa de que el STRATCOM permanecerá en el espacio aéreo estadounidense a la espera de nuevas órdenes.»
– ¿Qué demonios está pasando? -preguntó Hansen.
– No lo sé, señor -contestó Decker expresando lo que era una obviedad.
– ¿Tienes el número de teléfono del embajador ruso?
– Tengo el número del embajador Kruszkegin aquí mismo, señor -dijo Decker y procedió a dictárselo a Hansen.
– De acuerdo -dijo Hansen-. Yo llamaré a Kruszkegin. Tú llama a Jackie, a Peter y a Jack, y que se reúnan todos en la oficina cuanto antes.
El teléfono sonó sólo una vez en la residencia del embajador Kruszkegin.
– Diga -contestó una voz con tono oficial.
– Al habla el embajador Jon Hansen -dijo Hansen-. Necesito hablar con el embajador Kruszkegin de inmediato sobre un asunto de extrema importancia.
– Lo siento, embajador Hansen -contestó la voz-. El embajador Kruszkegin se encuentra reunido en estos momentos y ha pedido que no se le moleste.
– Ya me pongo -oyó Hansen que decía Kruszkegin al fondo. Era obvio que la persona que había contestado al teléfono había mentido.
El embajador Kruszkegin se acercó al teléfono con su elegante pijama de seda negro y dorado y unas cálidas zapatillas italianas que protegían sus pies del frío suelo de mármol.
– Buenas noches, Jon -empezó. A John Hansen le gustaba Kruszkegin como persona y le respetaba como adversario. Kruszkegin, por su parte, tenía costumbre de referirse a Hansen como «un hombre que no alcanza a comprender que Gran Bretaña ya no es la reina y señora del mundo». Kruszkegin se había dado cuenta de que, siempre que fuera posible, con Hansen era más provechoso cooperar que no-. Jon -continuó anticipándose a la pregunta de Hansen-. Te aseguro que no sé qué está ocurriendo en Israel. Acabo de hablar con el ministro de Asuntos Exteriores en Moscú y me jura que no hemos lanzado un ataque. Creo que están tan confusos como nosotros.
A Hansen le había sorprendido que Kruszkegin se pusiera al teléfono, pero aquella respuesta tan directa le resultó aún más inesperada. Hansen conocía al ruso lo suficiente como para saber cuándo mentía y cuándo decía la verdad. Ahora decía la verdad, o al menos eso le pareció.