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Moscú, Rusia
Mil ochocientos kilómetros al norte de Tel Aviv, el Consejo de Seguridad ruso celebraba una reunión para discutir sobre los sucesos acaecidos en Israel. Eran las doce y cinco en Moscú, las cuatro y cinco en Nueva York y las once y cinco en Israel.
A sus ochenta y seis años, el ministro de Defensa Vladimir Leon Josef Khromchenkov era el mayor de los trece hombres que se hallaban reunidos en el gabinete de guerra del Kremlin. Khromchenkov había nacido en los albores de la Revolución rusa. Su padre no había asistido al alumbramiento y ese día se encontraba luchando en Petrogrado. Durante la revolución y los años que siguieron, el padre de Khromchenkov se las había ingeniado para mantenerse siempre cerca de Lenin, de Stalin y de Trotsky, aunque nunca se acercó tanto a ninguno como para que los otros dos le consideraran una amenaza. Su hijo había heredado aquella habilidad para moverse por las traicioneras aguas de la política. Tras pasar casi cuarenta años al servicio del Ejército Soviético, Vladimir Khromchenkov había accedido al Kremlin al comienzo del gobierno Gorbachov como candidato de la facción dura contraria a las reformas del presidente y temerosa de que éste acabara por vender el país.
Boris Yeltzin y Vladimir Putin habían intentado infructuosamente debilitar su influencia política e incluso echarle del Consejo de Seguridad. Pero Khromchenkov conocía bien la maquinaria del poder y había sabido emplearla en su beneficio. Si hubiese querido podría haber accedido a la presidencia, pero prefería manipular antes que ser manipulado. Se decía de Khromchenkov que estaba convencido de que era su destino no morir hasta el restablecimiento de la Unión Soviética como potencia mundial. Y aunque atribuía el mérito a otros, era él quien había ideado la invasión de Israel como un paso clave hacia el advenimiento de su destino.
– Camaradas -empezó el ministro de Defensa Khromchenkov con aquel arcaico estilo soviético que tanto irritaba a algunos de quienes le rodeaban pero que también alegraba los corazones de otros-, nuestro servicio de información nos confirma que el ataque que esta mañana han sufrido nuestras fuerzas internacionales de paz ha sido concebido y lanzado por insurgentes israelíes. Hace un rato recuperábamos la comunicación con el general Serov, que está al frente del Centro de Operaciones de Defensa Estratégica de Mizpe Ramon. Nos informa de que, al parecer, los israelíes consiguieron hacerse con el control sobre el armamento nuclear desde una instalación remota para luego lanzar el ataque de esta mañana. En este momento, los insurgentes luchan contra las tropas que tenemos apostadas en las ciudades, y un pequeño destacamento de israelíes ha acampado en el exterior del centro de operaciones. El general Serov ha sellado las puertas blindadas para proteger a sus hombres de los insurgentes e intenta detectar el puerto de acceso al sistema para recuperar de nuevo el control. Otra cosa -dijo Khromchenkov, como restando importancia a lo que en realidad era lo más importante-, además de controlar las instalaciones de lanzamiento, los israelíes han conseguido hacerse también con el control de su defensa estratégica.
El ministro de Exteriores Cherov advirtió la trascendencia del último comentario de Khromchenkov. El control de la defensa estratégica en manos israelíes limitaba enormemente las opciones de respuesta de Rusia.
– La estimación de daños revela que se ha tratado de un ataque con misiles Gideon cargados con bombas de neutrones de cinco megatones. El objetivo era el límite exterior del perímetro de cada una de nuestras seis instalaciones temporales. Creemos que las pérdidas humanas en los campamentos han sido masivas.
– ¿Qué hay del material? -preguntó el ministro de Economía, más interesado en los depósitos de armamento que en los miles de vidas perdidas.
– Por el momento no disponemos de información sobre los daños sufridos por el armamento, pero cabe la probabilidad de que haya sobrevivido al ataque.
– ¿Qué sugiere? -preguntó el presidente Perelyakin al ministro de Defensa.
– Debemos asumir -empezó Khromchenkov- que el empleo de bombas de neutrones de escasa carga tenía como objeto matar a nuestros soldados y permitir a los israelíes hacerse con nuestro armamento para defenderse contra los árabes. Aunque todavía hay esperanzas de que el general Serov recupere el control sobre el armamento nuclear y la defensa estratégica, debemos planear nuestra respuesta en caso de que los intentos del general resulten infructuosos. Por lo tanto, además de la restitución inmediata de nuestras fuerzas de paz, recomiendo preparar una respuesta nuclear y otra convencional. Primero, si recuperamos el control de la defensa estratégica, la respuesta al ataque nuclear israelí debe ser del mismo tipo. Recomiendo el lanzamiento de seis bombas de neutrones de bajo impacto sobre objetivos israelíes como respuesta al ataque no provocado contra nuestras tropas. Segundo, si no conseguimos recuperar el control de la defensa estratégica, debemos lanzar en el espacio de veinticuatro horas, antes de que Israel pueda hacerse con nuestro armamento, un ataque aéreo contra los mismos seis objetivos que establezcamos, seguidos de otros ataques contra cualquier destacamento israelí que intente hacerse con nuestro equipo. La segunda opción no es tan llamativa, pero cumplirá su función.
– Ministro Khromchenkov -dijo el ministro de Interior Stefan Ulinov-, si recuperamos el control sobre la capacidad nuclear de Israel, sugiero que el lanzamiento se ejecute desde sus propios silos.
– Excelente idea -aprobó el presidente Perelyakin.
Todos los presentes asintieron.
– En cuanto a la posibilidad de una respuesta nuclear -continuó Ulinov-, si la defensa estratégica israelí es tan efectiva como revelan los informes del servicio secreto, entonces creo que el ministro Khromchenkov tiene toda la razón. No debemos lanzar una respuesta nuclear si no estamos seguros de que las ojivas alcanzarán sus objetivos. No podemos permitirnos ofrecer al mundo una demostración de lo que un buen escudo de misiles puede conseguir. Sería -dijo Ulinov midiendo sus palabras para mayor efecto- un error colosal que el resultado final de este incidente fuera el de animar definitivamente a Occidente a dotarse de un sistema de defensa estratégica. -Ulinov hizo una pausa para que los miembros del Consejo de Seguridad tomaran en consideración la sabiduría de sus palabras y a continuación miró al ministro de Defensa Khromchenkov para devolverle el protagonismo.
– Por último -dijo Khromchenkov-, en el caso de que fallaran nuestros intentos de recuperar el control sobre las capacidades nucleares o la defensa estratégica, tendremos que emplear importantes contingentes de fuerzas para la desactivación de los silos de misiles mediante ataques aéreos. Estoy convencido de que, desprovisto una vez más de su armamento nuclear; Israel entregará el control sobre la defensa estratégica.
– Excelente -repitió el presidente-. Señor ministro de Defensa, estimo encomiables su clarividencia y su concepción de una respuesta razonable al incidente.
El ministro de Defensa Khromchenkov se rezagó terminada la reunión para quedarse a solas con el ministro de Exteriores Cherov. Khromchenkov estaba casi convencido de cuál sería la respuesta de Cherov a la pregunta que estaba a punto de hacer, pero uno no debía bajar la guardia jamás.
– Dime, camarada Cherov -dijo después de asegurarse de que nadie oiría su conversación-, ¿qué opinas de mis recomendaciones de una respuesta limitada?
– No podrían ser mejores… si tu intención era satisfacer los deseos del presidente Perelyakin, claro está. -Cherov no ocultaba nada en su tono; era obvio que no le satisfacía el plan de Khromchenkov.
– ¿Tal vez esperabas una respuesta algo más… dura? ¿Tal vez una que aprovechara mejor la oportunidad?
– Eso esperaba, sí.