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– El caso es que sí que he ideado una recomendación alternativa. Puede que te interese echarle un vistazo. -Khromchenkov entregó un gran sobre blanco a su camarada y salió de la habitación.

Nueva York, Nueva York

Eran las ocho de la mañana en Nueva York cuando el mundo empezó a enterarse de lo que realmente había sucedido en Israel. Las primeras informaciones apuntaban a un bombardeo ruso accidental. Y muchos rusos lo habían creído así. Pero ahora que había quedado claro que los artífices del ataque no habían sido otros que los propios israelíes, la inquietud en Naciones Unidas se concentró rápidamente en hacer llamamientos a la tranquilidad a los rusos.

La experiencia política de Jon Hansen le había enseñado ya de joven que la diplomacia más efectiva es la que se hace en privado; la tribuna de oradores del salón de la Asamblea General estaba para dar espectáculo. Con todo, había momentos en los que la tribuna era indispensable, como ya había ocurrido con su efectista llamamiento a la reorganización del Consejo de Seguridad. En esta ocasión habría que recurrir a ambas.

La maniobra de los israelíes había sido increíblemente ingeniosa, en opinión de Hansen; era casi inconcebible que hubiesen conseguido llevarla a cabo. Y nadie podía aventurar cómo planeaban los rusos responder al ataque. Hansen conocía a fondo la política rusa y sabía que tomarían seriamente en consideración la posibilidad de lanzar algún tipo de ataque nuclear limitado como respuesta, pero tenía la esperanza de que los moderados ganaran la batalla. Lamentablemente, no iba a poder sacarle nada al embajador ruso Yuri Kruszkegin, que sabía jugar bien sus cartas.

Pero lo que Hansen no sabía es que la partida estaba en manos del pequeño grupo de personas atrincheradas bajo las calles de Tel Aviv. Eran ellos los que tenían la historia en sus manos, además del control de la capacidad nuclear israelí y de su defensa estratégica.

Moscú, Rusia

El ministro de Defensa Vladimir Khromchenkov acababa de entrar en el aseo y se dirigía a uno de los urinarios cuando cayó en la cuenta de que alguien había entrado detrás de él. Por el rabillo del ojo reconoció al ministro de Exteriores Cherov. Khromchenkov supo al instante que aquél no era un encuentro casual; podía contar con los dedos de su mano libre el número de veces que había visto a Cherov en el ala del edificio en la que se encontraban. No obstante, era de sabios no dar nada por sentado.

– Buenas tardes -dijo Khromchenkov.

Cherov se limitó a asentir con la cabeza.

– ¿Has tenido oportunidad de examinar mi propuesta alternativa?

– Sí -contestó Cherov-. Ofrece interesantes posibilidades para los objetivos de nuestro país a corto y largo plazo. -El tono revelaba que estaba interesado y Khromchenkov lo sabía.

– Claro está -dijo Khromchenkov- que el plan dependería enormemente de la respuesta de los americanos. Me he atrevido a hacer algunas suposiciones, y bueno, no son más que conjeturas; no soy un experto en estas cosas. -Cherov era consciente de que con aquellas palabras Khromchenkov cumplía con la obligada deferencia a su cargo como ministro de Exteriores y a la vez se protegía de posteriores reproches si sus suposiciones sobre el asunto resultaban no ser las acertadas-. Tal vez prefieras asesorarte mejor -sugirió Khromchenkov separándose del urinario para ir a lavarse las manos.

– No. Tu evaluación parece correcta -dijo Cherov uniéndose a él en los lavabos-. Pero, bueno, nunca lo sabremos. En este asunto va a ser imposible actuar en contra de los deseos del presidente Perelyakin. -El tono de Cherov pedía más información, si es que la había.

– Supongo que estás en lo cierto -dijo Khromchenkov, que suspiró teatralmente y añadió-: Por otra parte, estoy seguro de que si la alternativa la propone la persona acertada dentro del Consejo de Seguridad, hay otros que sin duda se pondrán de su parte.

– ¿La persona acertada? -preguntó Cherov buscando en Khromchenkov la confirmación de lo que parecía sugerir.

– Sí, alguien que pudiese ofrecer la capacidad de liderazgo necesaria para ponerse a la cabeza de la Federación Rusa en caso de que al presidente le resultara… digamos que imposible apoyar el punto de vista de la mayoría.

Ahora no había duda de lo que sugería. El plan de Khromchenkov era obvio; Cherov era «la persona acertada». Era evidente que el presidente Perelyakin se opondría al plan. Hasta ahí, la cosa era sencilla. Lo difícil, por no decir imposible, a no ser que pudiera acordarse de antemano, era que la mayoría apoyara a Cherov. Perelyakin no perdonaba. Y si el plan fallaba, Cherov lo pagaría muy caro.

– ¿Está garantizado el apoyo? -preguntó Cherov con cautela.

– Más que eso -dijo Khromchenkov secándose las manos-. Tres de los miembros que apoyaron a Perelyakin en el pasado me han comentado confidencialmente que no desean que semejante oportunidad pase de largo sin la respuesta que merece.

Cherov hizo un rápido cálculo mental de los apoyos. De repente se le ocurrió que, a pesar de la precisión matemática de Khromchenkov, las cosas no casaban a la perfección. ¿Por qué esos tres miembros del Consejo no habían presionado directamente a Perelyakin exigiéndole una respuesta más contundente al problema?

– Y esos tres miembros, ¿han expuesto su punto de vista ante el presidente? -preguntó Cherov.

– Sí, por supuesto.

– ¿Y él se niega a escucharles?

– Escuchar, escucha, lo que ocurre es que no oye. Es un hombre extremadamente cauteloso.

– Excelente virtud -contestó Cherov.

– Sí, pero hará que deje pasar nuestro destino ante sus ojos, desechando una oportunidad que devolvería a Rusia al lugar que le corresponde como potencia mundial.

– Hablas de oportunidad, pero no habrá oportunidad a no ser que tu general Serov consiga recuperar el control sobre la defensa estratégica israelí.

– Cierto -admitió Khromchenkov-. Si no lo hace, no se presentará la recomendación alternativa y no se habrá perdido nada. Pero si lo consigue… entonces debemos estar preparados para actuar.

Cherov meditó unos instantes sobre el comentario de Khromchenkov.

– Lo pensaré -dijo finalmente.

Tel Aviv, Israel

Los miembros del equipo del coronel White hacían turnos para dormir en el centro de Control de Ensayos. Habían pasado treinta horas desde que se lanzaron con éxito los misiles Gideon, y ahora tendrían que esperar días, semanas incluso, para volver a salir al exterior. Joel picaba de una bolsa de patatas fritas Tapu delante de un ordenador y Scott se acababa de recostar en un camastro para descansar. De repente ocurrió algo inesperado.

– ¿Qué es esto? -susurró Joel-. Coronel White -llamó solicitando la presencia del jefe del equipo.

El coronel White se acabó de un sorbo el café y se dirigió a donde Joel estaba sentado.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

Joel se inclinó sobre la mesa para estudiar más de cerca el monitor del ordenador.

– Un fallo de lectura, espero. El icono del panel de defensa se ha puesto rojo.

El coronel White echó un vistazo y no le gustó lo que vio.

– Danny, ven aquí, rápido -le gritó a una de las dos mujeres del equipo.

Danielle Metzger era quien, después de White, más experiencia tenía en el CE, pero, a diferencia del coronel, su trabajo había sido siempre de carácter práctico. Conocía las instalaciones de arriba abajo.

– ¡Oh, no! -exclamó. El grito despertó a los tres miembros del equipo que en ese momento dormían.

– ¡Rápido! -gritó Metzger haciéndose con el control de la situación-. ¡Atención todos, tenemos un problema!

– Cuéntame qué sucede -ordenó White.

– Hemos perdido el control -contestó Danielle al tiempo que ejecutaba varios programas para verificar que las lecturas eran correctas.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntaron varias voces al unísono.

Danielle continuaba trabajando en su frenético intento por restablecer el control. Por fin confirmó al resto del equipo que no se trataba de un fallo de lectura.