– Ya, claro -dijo Sabudu.
– Jon -interrumpió Milner-, nos gustaría que volvieras a presentar la moción, esta vez en serio.
Hansen se arrellanó en su butaca.
– Embajador Hansen -empezó Sabudu.
– Por favor, llámame Jon.
– Está bien, Jon. Como sabes, las cosas han cambiado mucho desde el Desastre y desde la devastación nuclear de Rusia hace dos meses. Muchos de los que formamos el grupo de los setenta y siete creemos que ha llegado el momento de que la ONU cambie también. -En realidad, los países del Tercer Mundo esperaban aquel cambio desde el momento en que habían pasado a ser mayoría en el seno de Naciones Unidas-. Es absolutamente irracional -continuó Sabudu- que cinco naciones ejerzan el dominio que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad ejercen sobre la ONU. -La voz de Sabudu estaba cargada de determinación.
– Permíteme que te diga, Thomas -dijo Hansen tomándose la libertad de llamar a Sabudu por su nombre de pila-, que aunque mi país es uno de los cinco a los que te refieres, personalmente comparto vuestro punto de vista.
– Jon -dijo Milner-. Thomas y yo hemos tanteado a casi todos los miembros del grupo de los setenta y siete y la inmensa mayoría, ciento siete hasta el momento, se ha comprometido a apoyar la moción. Los otros treinta y dos están más de nuestro lado que de ningún otro.
Hansen arqueó las cejas, ligeramente sorprendido ante el grado de apoyo a la proposición.
– Pero ¿por qué he de ser yo quien presente la moción?
– Por tres razones -contestó Milner-. Para empezar y como ya decía Thomas, ya la has presentado antes. Segundo, cuentas con el respeto de todos los miembros, sobre todo con el de los países del Tercer Mundo. Y por último, porque creemos que es absolutamente imperativo que sea el delegado de uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad el que la presente. Algunos con los que he hablado creen que la devastación de la Federación Rusa propiciará de rodas formas algún tipo de reestructuración en los próximos cuatro o cinco años. Y no saben si participar en mover las aguas para adelantar ese cambio. De ahí la importancia de que sea uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad el que haga la moción. Seamos honestos, quieren que sea alguien más importante que ellos el que asuma el fracaso si la proposición no sale adelante. Si Gran Bretaña se presta a proponer la moción, creo que podemos conseguir todos o casi todos los votos de los países del Tercer Mundo que nos son favorables. Si así lo consiguiéramos, sólo necesitaríamos doce votos más para conseguir la mayoría de dos tercios necesaria para aprobar la moción.
– No sé, Bob -interrumpió Hansen-, no tengo ni idea de cómo reaccionará mi gobierno a la propuesta. Una cosa es sugerir la moción cuando no hay probabilidades de que se apruebe, y otra muy diferente, que existan muchas posibilidades de que pase. Ni siquiera sé cuál sería el sentido de nuestro voto con respecto a la moción.
– ¿Y qué opinas personalmente? -preguntó Milner.
– Como ya he dicho antes, estoy de acuerdo en que es injusto que cinco países ejerzan su dominio sobre la ONU, pero tampoco estoy seguro de que exista una fórmula más justa que a la vez nos permita alcanzar los logros que estamos consiguiendo. -Hansen pensó unos instantes y continuó-: Si diésemos con una organización más equitativa, que no estancase el sistema por falta de dirección y liderazgo, entonces, y lo digo extraoficialmente, creo que sí lo haría.
– ¿Colaborarías con nosotros en la búsqueda de esa fórmula, tal vez en una organización de base regional? -preguntó Sabudu-. Y si damos con una fórmula que consideres aceptable, ¿la presentarías a tu gobierno para que la tome en consideración?
Hansen asintió con la cabeza.
– Haré lo que pueda. Pero aun con la fórmula perfecta y el apoyo de mi gobierno, es más que probable que no me permitan presentar la moción si piensan que al hacerlo molestaremos al resto de miembros permanentes. ¿Existe la posibilidad de que algún otro miembro permanente la presente?
– Creemos que no -dijo Milner.
– Entiendo.
Milner abrió su maletín y extrajo de su interior un documento.
– Para ir abriendo boca -dijo-, he traído una propuesta de reestructuración del Consejo de Seguridad basada en entidades regionales. Tal vez pueda servirnos, por lo menos, como punto de partida para el desarrollo del proyecto final.
Hansen echó un vistazo al documento y lo colocó en la mesa junto a él.
– Embajador, lo que te decía el subsecretario Milner sobre tu buenísima reputación entre los miembros del Tercer Mundo no era adulación -dijo Sabudu en un tono más formal.
– Gracias, embajador -contestó Hansen en el mismo tono.
– Jon -dijo Milner-, hay otro asunto sobre el que queríamos hablar contigo y que creo tal vez suavice el golpe que pueda suponer a tu gobierno perder su lugar permanente en el Consejo. Como sabes, a fin de garantizar la imparcialidad, el secretario general ha sido siempre elegido entre los miembros de la ONU que no tenían lazos con ninguno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Ésta ha sido durante años la manera de contrarrestar el poder de los cinco miembros permanentes del consejo de Seguridad. Pero si la organización de éste fuera reestructurada, entonces no habría razón para mantener este requisito. Ya no habría problema alguno para que el secretario general no fuera británico, estadounidense o de cualquier otro de los antiguos miembros permanentes de Consejo.
»Jon, el secretario general ya ha anunciado su intención de retirarse al final de este periodo de sesiones. Si eres el único que presenta la moción y conseguimos los votos necesarios para que se apruebe, entonces creemos que tú eres el candidato más plausible para ocupar su lugar.
Jon Hansen respiró hondo y se recostó en el sillón.
Fuera del despacho, Jackie Hansen trabajaba en el ordenador cuando levantó la vista y se encontró a Christopher Goodman entrando por la puerta.
– ¡Hola, Christopher! -dijo-. ¿Qué tal las clases?
– Bien -contestó él-. ¿Está el señor Hawthorne?
– Pues ha salido, pero no tardará mucho en volver. Si quieres, puedes esperarle en su despacho.
– No, no hace falta -dijo-. Sólo quería decirle que llegaré un poco más tarde esta noche. Voy al seminario y a la exposición que patrocina el gobierno saudí. ¿Se lo puede decir de mi parte?
– Por supuesto, Christopher -contestó Jackie-. No te pierdes ni una, ¿eh?
– No, es fantástico. Cada dos semanas o así hay un seminario o una exposición o un programa nuevos a los que asistir. Y hay exposiciones para las que se necesitan varios días.
– Te envidio -dijo ella-. Ojalá tuviera tiempo para aprovechar todos los programas educativos que ofrece la ONU.
Jackie vio que se abría la puerta del despacho del embajador y se llevó un dedo a los labios indicando que tendrían que continuar su conversación después de marcharse la visita del embajador Hansen.
Christopher cogió una revista para pasar el rato, pero antes de que pudiera empezar a echarle un vistazo, oyó que alguien le llamaba. Al levantar la vista, vio al ex subsecretario general Milner que, de pie junto al embajador Hansen, le miraba fijamente.
– Oh, hola, subsecretario Milner -contestó Christopher.
– ¿Os conocéis? -preguntó Hansen a Milner.
– Sí. Hemos coincidido más de una vez en alguna exposición, pero no nos presentaron formalmente hasta hace unos días, cuando di una conferencia en el instituto de Christopher sobre mi proyecto de Agenda Mundial y los objetivos de Naciones Unidas. Me dice su profesora que no es nada mal estudiante. No me sorprendería que llegue algún día a trabajar para la ONU -concluyó Milner volviéndose hacia Hansen y Sabudu para concentrar ahora en ellos su atención-. Tan pronto como hayas tenido tiempo de examinar el documento y pensar en algunas sugerencias para mejorarlo, llámame y volveremos a reunimos -dijo dirigiéndose a Hansen.