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– Eso haré -contestó Hansen.

Los tres hombres se dieron sendos apretones de manos y Milner y Sabudu salieron del despacho. A continuación, Hansen pidió a Jackie que convocara a sus asesores a una reunión a las cuatro y media y que les informara de que acabarían tarde.

– Bueno -dijo Jackie a Christopher cuando el embajador Hansen hubo cerrado la puerta-, parece que vas a tener todo el tiempo del mundo para visitar la exposición saudí. Le daré a Decker el recado.

– Gracias -dijo Christopher encaminándose hacia la puerta. Pero antes de alcanzarla, ésta se abrió de nuevo. Era Milner.

– Christopher, ¿estarás en la exposición saudí esta tarde? -preguntó.

– Sí, señor. Ahora mismo voy para allá.

– Perfecto, pues nos veremos allí. Han montado una magnifica sección sobre el islam que incluye magníficas maquetas de las mezquitas de la Meca y de Medina.

Seis semanas después. Tel Aviv, Israel

Tom Donafin dio unos golpecitos con el dedo sobre las cerdas del cepillo de dientes para comprobar que había aplicado suficiente pasta de dientes. Satisfecho, devolvió el tubo a su espacio asignado en la repisa junto al lavabo. Llevaba ciego seis meses y empezaba a hacerse a la situación. Por fortuna siempre había preferido llevar barba, así que no tenía que preocuparse por el afeitado. Y cuando alquiló un apartamento en la misma planta que Rhoda, ésta le había ayudado a colocar la ropa en el vestidor y los cajones para que pudiese combinar bien las prendas.

Pensó que tal vez era demasiado temprano todavía, pero tan pronto se hubo vestido, cerró la puerta con llave y recorrió el pasillo hacia el apartamento de Rhoda. Tanteando con su largo bastón blanco, alcanzó el final del pasillo, giró y contó los pasos hasta la puerta. Lo había hecho muchas veces él solo, y era casi imposible que se equivocara de puerta. Con todo, le había sugerido a Rhoda que grabaran un corazón con sus iniciales en la puerta y así él siempre sabría que llamaba al apartamento correcto. Rhoda había cambiado de idea después de pensarlo un poco.

Tom llamó a la puerta y fue recibido un instante después con un cálido beso, que devolvió con gusto.

– Llegas temprano -dijo Rhoda-. Pasa, me iba a cambiar.

– ¿Me tapo los ojos? -bromeó Tom.

– No son tus ojos los que me preocupan, más bien tu imaginación. Espera aquí, enseguida vuelvo.

Tom siempre había evitado involucrarse demasiado en una relación por temor al rechazo que podía provocar su aspecto desfigurado. Curiosamente, ahora que no podía ver, aquello había dejado de ser un problema.

Tom se abrió camino hasta el sillón y se sentó. En la mesita de delante del sillón, Rhoda tenía siempre un libro para estudiantes primerizos de Braille. Al cogerlo con intención de practicar un poco, advirtió que había apoyada sobre él una hoja suelta de papel. Recorrió con las yemas de los dedos la superficie irregular del papel y descifró el mensaje. «Te quiero», decía.

Cuando Rhoda regresó de su dormitorio, Tom no le hizo comentario alguno sobre la nota.

– Lista -dijo ella.

Tom se levantó y se dirigió hacia la puerta. Rhoda le interceptó a medio camino y colocó su mano en aquel punto ya tan familiar de su brazo.

– El rabino no va a saber qué pensar cuando vea que llegamos pronto a la havdalá -dijo ella.

– No será la única sorpresa que reciba esta noche -añadió Tom, y aunque no podía ver, sabía que ella sonreía.

* * *

Una vez concluida la cena en casa del rabino Cohen, los comensales se retiraron al salón. Benjamin Cohen, que junto con su padre había sido el único de la familia del rabino en sobrevivir al Desastre, apagó las luces mientras su padre rezaba y prendía las tres mechas de la alta vela trenzada azul y blanca de la havdalá. La havdalá o «separación» marca el final del sabbat y el comienzo del resto de los días de la semana, separando lo sagrado de lo secular. Acompañaban a los Cohen y a Tom y a Rhoda otros nueve invitados. La congregación de Cohen había sido mucho más numerosa al principio, pero el Desastre la había reducido en más de ciento cincuenta miembros. Ahora cabían perfectamente en el salón de Cohen. Algunos de los presentes habían empezado, como Rhoda, a atender a los servicios religiosos de Cohen tan sólo unas semanas o meses antes del Desastre. Otros se habían unido al grupo después.

Cuando creció la llama, Saul Cohen tomó la vela y la alzó ante sí. Conforme a la tradición, los que formaban el círculo se levantaron e izaron las manos ahuecadas en forma de taza hacia la luz. Aunque no podía ver la llama, Tom pudo sentir el calor de la vela e hizo lo que Rhoda le había enseñado. Para él no se trataba más que de una tradición, pero significaba mucho para Rhoda, así que lo hizo.

* * *

Tal y como lo habían planeado, Tom y Rhoda esperaron a que todos se hubieran ido después de la havdalá para poder hablar con el rabino Cohen a solas.

– Y dime, Tom -dijo Cohen-, ¿qué le ha parecido a mi escéptico favorito el mensaje de esta noche?

– Bueno -dijo Tom-, comprendo lo que quería decir, pero ¿no le parece un poco radical afirmar que sólo hay un camino para entrar en el Reino de los Cielos?

– Lo sería, Tom -contestó Cohen-, si no fuera porque el camino que ofrece Dios es un camino sin restricciones, completamente libre y totalmente accesible para todas y cada una de las personas que pueblan este planeta. Dios siempre está ahí esperando nuestra llamada. ¿Sería radical decir que sólo existe un elemento que todo el mundo debe respirar para vivir?

– Pero el aire está disponible para todos -argumentó Tom.

– Tom, también Dios lo está. La Biblia dice en el libro de los Romanos que Dios se ha dado a conocer a todo el mundo. No importa quién seas o dónde vivas o cuál sea tu experiencia religiosa anterior. Está en la mano de cada uno contestar a la llamada de Dios. Y Tom, lo más grande de todo esto es que una vez se contesta a la llamada todo resulta muy natural. Más natural incluso -dijo Cohen riéndose ante la inesperada resolución de la frase- que respirar.

El asunto merecía discutirse a fondo, pero Tom tenía otra cosa en mente. Para cambiar de tema, Tom decidió preguntar al rabino sobre algo que le intrigaba desde hacía algún tiempo.

– Rabí -dijo-, hay algo que no acabo de entender. Si ya no cree lo que los otros jasidíes creen, ¿porqué luce todavía el atuendo y los tirabuzones de los jasidíes?

Rhoda desvió la mirada avergonzada; ella jamás se habría atrevido a formular la pregunta, pero era algo que la intrigaba muy a menudo. Estaba convencida de que el rabino se daría cuenta de que ella se lo había mencionado a Tom. Después de todo, ¿cómo iba a saber Tom cómo iba vestido el rabino?

– Es mi herencia -contestó Cohen-. Ni siquiera el apóstol Pablo, a quien el Mesías encargó que llevase su palabra a los gentiles, cambió sus costumbres salvo cuando fue necesario para cumplir con su misión. Además -añadió Cohen-, estas ropas todavía pueden durar unos cuantos años más. ¿Por qué iba a comprar otras nuevas?

Cohen sonrió, pero Tom, que pensaba que Cohen hablaba en serio, tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada.

– Pero bueno, ¿qué es lo que puedo hacer por vosotros? -preguntó Cohen figurándose que Tom y Rhoda no estaban allí para preguntarle por su ropero.

– Bueno -dijo Tom aliviado ante la oportunidad que le brindaban para abordar el tema que le interesaba-. A Rhoda y a mí nos gustaría que oficiara nuestra boda.

Cohen no respondió.

– ¿Ocurre algo, rabí? -preguntó Rhoda.

Cohen vaciló.

– Disculpadme. Rhoda, ¿podría hablar contigo a solas un momento?

Cohen empezó a retirarse y Rhoda, a seguirle sin que Tom tuviera tiempo de oponerse. En un instante tan breve que no pudo articular palabra, ambos habían desaparecido y Tom oyó como una de las puertas de la parte interior de la casa se cerraba tras ellos.