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– Rhoda -dijo Cohen tan pronto estuvo a solas con ella-, ¿recuerdas lo que te dije cuando te llevé a Tom?

– ¿Se refiere a la profecía? -preguntó ella.

– Sí.

– ¿Cómo lo iba a olvidar? Pienso en ello todos los días.

– Entonces sabes que éste no será un matrimonio fácil. Disfrutarás de unos años de paz, no sé cuántos, pero luego le perderás. La profecía es clara: «Él ha de traer la muerte y morir para que llegue el fin y sobrevenga el comienzo».

– Lo sé y lo comprendo -contestó Rhoda.

– ¿Y a pesar de todo quieres llevar adelante el matrimonio? -la voz de Cohen sonaba preocupada pero no mostraba tintes de desaprobación.

– Sí, rabí. Más que nada en el mundo.

Cohen le lanzó una mirada de desaprobación por sus últimas palabras.

Rhoda advirtió la mirada y se apresuró a rectificar.

– Más que nada en el mundo, si Dios lo quiere así, por supuesto.

Cohen lo dejó pasar.

– Está bien, entonces. Pero siempre y cuando seas plenamente consciente de dónde te metes.

– Lo sé, rabí -le aseguró Rhoda.

– Bueno, luego está lo de la unión a un no creyente, pero siempre he sabido que con Tom iba a ser cuestión de tiempo. Tendremos que ocuparnos de eso inmediatamente, y solucionarlo antes de la boda.

Rhoda asintió voluntariosamente.

– Ah, por cierto -dijo Cohen como si se le acabase de ocurrir-, ¿le has contado a Tom lo de la profecía?

– No, rabí. Creí que no debía hacerlo.

Cohen asintió pensativo.

– Sí, probablemente es lo correcto. Lo mejor es que dejemos que Dios actúe a su debido tiempo y que no influyamos en Tom dándole ideas.

Cohen y Rhoda regresaron adonde Tom los esperaba.

– Bueno, Tom -empezó Cohen para ofrecerle una explicación-, Rhoda me dice que ha tomado esta decisión con los ojos completamente abiertos.

Tom conocía el valor que Rhoda concedía a la opinión de Cohen, pero no le gustaba nada que hablaran de él sin estar presente para poder defenderse, y tampoco acababa de ser de su agrado el escrutinio al que Cohen había sometido aparentemente sus planes. No obstante, decidió mantener la boca cerrada. Y pronto se alegraría de haberlo hecho.

– Y hablando de dar pasos con los ojos abiertos -dijo Cohen-, Tom, tengo un regalo de boda para ti. Bueno, la verdad es que el regalo no es mío exactamente. Me dijeron que te lo diera cuando te encontré entre los escombros. El momento de dártelo quedaba a mi elección, y supongo que éste es tan bueno como cualquier otro. -Cohen se acercó a Tom, extendió el brazo y colocó la mano sobre sus ojos-. No por mis poderes -dijo Cohen antes de que Tom pudiera hacerse conjeturas de lo que allí ocurría-, sino en el nombre y por el poder del mesías Yeshua: abre los ojos y mira.

Dos semanas después. Nueva York, Nueva York

El embajador británico Jon Hansen recibió una gran ovación cuando se levantó para dirigirse a la tribuna de oradores de la Asamblea General de Naciones Unidas. Su discurso se traduciría simultáneamente al árabe, al chino, al francés, al ruso y al español, que junto con el inglés son las seis lenguas oficiales de Naciones Unidas. Hansen había tocado el tema de la reorganización del Consejo de Seguridad de la ONU en dos ocasiones anteriores, pero no había duda de que esta vez la moción iba en serio.

Durante las tres semanas anteriores, Decker había dedicado incontables horas a la preparación del discurso, elaboración de borradores y condensar, ampliar, añadir, borrar, pulir y consultar con los lingüistas cada palabra en inglés, a fin de que su traducción tuviera el mismo impacto. Lo que Hansen estaba a punto de proponer entrañaba la completa reestructuración de Naciones Unidas y sus palabras tenían que ser claras y precisas.

El contenido de la intervención de Hansen no iba a ser una sorpresa. La prensa ya se había desplegado para cubrir el discurso y las intervenciones posteriores. La mayoría de dos tercios necesaria para sacar adelante la moción no estaba del todo garantizada; había demasiados países que se negaban a comprometer su voto por adelantado.

A diferencia de las dos ocasiones anteriores, cuando nadie se había tomado en serio la moción de Hansen, esta vez los recientes acontecimientos en Rusia hacían posible que la propuesta llegara a ser aprobada. Tras el holocausto nuclear, la Federación Rusa no era más que un espectro de sí misma. Incluso su entidad como país era puesta en peligro cada día por los supervivientes que, en cada región federada, surgían de entre los escombros y declaraban la suya una república independiente; como ya ocurrió con la caída de la URSS décadas atrás. Aquéllos eran los afortunados; en otras zonas de Rusia no había supervivientes suficientes para preocuparse siquiera de la política.

Poco tenía que ver este mundo con el del 24 de octubre de 1945, fecha de constitución de Naciones Unidas. La Segunda Guerra Mundial acababa de llegar a su fin y las cinco grandes potencias vencedoras -Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Unión Soviética y China- se convirtieron en miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con poder de veto. Desde entonces, Gran Bretaña había sido despojada de sus colonias y, aunque influyente, su grandeza había quedado reducida al nombre. Ahora pensaba cambiar su poder en el Consejo de Seguridad por el control temporal de la Secretaría General bajo el mandato de Hansen y la oportunidad de dirigir la reorganización de Naciones Unidas. «Mejor comerciar hoy con lo que bien pueden quitarnos mañana», había dicho Hansen ante el Parlamento británico. Gran Bretaña sabía que la evolución de Naciones Unidas era imparable, y dirigir aquella evolución era una responsabilidad para la que se sentía excepcionalmente cualificado.

Francia, país indisciplinado que nunca había llegado a convertirse en verdadera potencia económica tras la Segunda Guerra Mundial, había apostado por el neoaislacionismo y renunciado voluntariamente a su posición como líder mundial. Pero no por ello iba a entregar tan fácilmente su parcela de poder. E incluso una vez hubo empezado Hansen a pronunciar su discurso, Francia persistía en su intento de convencer a otros miembros de que votaran en contra de la propuesta.

China era un caso aparte. Era uno de los países más pobres, pero conservaba su condición de potencia mundial aunque sólo fuera por su capacidad militar y su enorme población. China era la única de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad que tenía asegurada su presencia en el nuevo Consejo debido a su tamaño, pero aun así votaría en contra de la moción para no ver su poder reducido a la mitad en el nuevo consejo de diez miembros. Su enorme territorio no iba a proporcionarle un peso mayor en la Asamblea General. Dos años antes el grupo de los cinco había hecho una serie de concesiones y renunciado al poder de vetar enmiendas a la Carta de Naciones Unidas. China tendría ahora un único voto, como el más diminuto de los países.

La Federación Rusa, a pesar de las protestas que pudiera formular, había perdido la legitimidad de ser miembro permanente del Consejo de Seguridad y también el poder de veto sobre las decisiones de éste.

Solamente Estados Unidos podía reclamar el derecho a ser miembro permanente debido a su condición de potencia mundial. Pero en sentido estricto, la propuesta podía ser interpretada como un paso más hacia el «Nuevo Orden Mundial» que propuso por vez primera el antiguo presidente de Estados Unidos George H. Bush, y al parecer contaba con el apoyo, si no de la mayoría, sí por lo menos de una vasta minoría de ciudadanos americanos y de la mayoría del Congreso. Estados Unidos no iba a interponerse en la reorganización de Naciones Unidas, si era eso lo que deseaban sus miembros.

La propuesta de Hansen proyectaba eliminar el carácter permanente del grupo de los cinco y en su lugar dotar de una estructura completamente nueva al Consejo de Seguridad, que pasaría a estar compuesto por representantes de cada una de las diez grandes regiones del mundo. Aunque faltaba por discutir los detalles con todas las naciones miembro, se esperaba que estas regiones fueran Norteamérica, Suramérica, Europa e Islandia, África oriental, África occidental, Oriente Próximo, el subcontinente indio, Norte de Asia, China y las naciones asiáticas de la cuenca del Pacífico, desde Japón y Corea al sudeste asiático, Indonesia y Nueva Guinea, y Australia y Nueva Zelanda. Cada región tendría un miembro con derecho a voto y un miembro temporal en el Consejo de Seguridad.