Hansen ocupó su lugar ante la gran asamblea de naciones dispuesto a pronunciar el discurso más importante de su vida; la adrenalina le corría por las venas. Día y noche, había empleado las últimas semanas para reunirse con unos y con otros buscando apoyo a la moción. Había llegado la hora del espectáculo, pero sabía que inmediatamente después de finalizado, se reanudarían de nuevo los contactos y las presiones. Hansen se aproximó con un paso a la tribuna e inició el discurso.
«Queridos delegados y compatriotas del mundo, me presento hoy ante vosotros como embajador de un imperio ya desposeído de sus colonias. Y no lo digo con pesar, sino con orgullo. Orgulloso de que el tiempo nos ha hecho grandes para reconocer el derecho de un pueblo soberano a fijar su propio camino en la historia del planeta. Orgulloso de que mi amada Gran Bretaña, a pesar del precio que tendrá que pagar por la aprobación, haya dado prioridad a la justicia sobre el poder y autorizado la presentación y el apoyo de esta moción.
»Desde la fundación de esta augusta organización, cinco países, Gran Bretaña entre ellos, han ejercido su domino sobre el resto de las naciones del mundo. Hoy, la historia de las naciones emprende un nuevo camino.
»Un nuevo camino, que no un destino, pues no hay parada final.
»Un nuevo camino, que no una encrucijada, pues en verdad no hay otro camino posible para los hombres justos.
»Un nuevo camino, que no un desvío, pues el camino por el que andábamos nos ha llevado tan lejos como podía.
»Un nuevo camino, que no un callejón sin salida, pues no hay vuelta atrás.
»Una gran tragedia nos ha empujado de golpe hasta el final del camino, pero aun no habiendo ocurrido así, habríamos llegado a este punto de la historia de todas formas. Desde los primeros días de existencia de Naciones Unidas, ha sido siempre el sueño de muchos que un día todas las naciones convivieran como iguales en esta institución. Estamos demasiado cerca de cumplir ese sueño como para negarnos a seguir avanzando y hacerlo realidad.
»Es tiempo de que los pueblos del mundo rompan las ataduras que nos ligan al pasado. Los días del imperio llegaron a su fin, y también han de finalizar los días de subordinación a aquellos nacidos del poder. La justicia no reside en el gobierno de quienes se consideran mejores que nosotros, sino en la voluntad común de nuestros iguales. La grandeza de una nación no deriva de la superioridad de su armamento, sino de su disposición a permitir y a colaborar en la grandeza de otros.»
Decker escuchaba atentamente, anticipándose a las pausas y deseando que a cada línea estallara la ovación esperada. Aunque la traducción a otros idiomas retrasaba de manera desconcertante los aplausos en Naciones Unidas, Decker no quedó decepcionado. Era evidente que la moción iba a tener éxito.
Como tantas veces ocurre en la historia, la balanza de la votación se inclinó finalmente de un lado debido a un irónico golpe del destino. Cuando la fundación de Naciones Unidas, la Unión Soviética había insistido en que se garantizara el ingreso de dos de sus Estados, Bielorrusia y Ucrania, con todos los mismos derechos que una nación soberana. Por aquel entonces fue la forma que había tenido la URSS de conseguir dos votos más en la Asamblea General. En esta ocasión, la Ucrania independiente emitió el voto decisivo para la expropiación del asiento de Rusia en el Consejo de Seguridad. La moción fue aprobada.
Una semana después
La votación a favor de la reorganización del Consejo de Seguridad no marcó el final del esfuerzo, sino el comienzo de una nueva fase. Ahora que la moción había salido adelante, representantes de prensa de todos los rincones del mundo no dejaban de llamar y pedir información sobre el hombre que con toda probabilidad iba a convertirse en el nuevo secretario general. Decker consiguió personal de refuerzo para que se encargara de la parte más rutinaria del trabajo, pero le costaba delegar. Estaba repasando por tercera vez la nota de prensa, cuando se dio cuenta de que era incapaz de concentrase en lo que leía. Estaba demasiado cansado. Cerró los ojos, se repantingó en la silla y pensó en los días del Knoxville Express. Hacía mucho tiempo que no trabajaba tanto.
Sin que él lo notara, Jackie Hansen había entrado en el despacho y se encontraba de pie justo detrás de él. Al verle allí sentado con los ojos cerrados, Jackie se inclinó ligeramente hacia delante y apoyó sus dedos, largos y finos, sobre sus hombros. Decker dio un respingo, pero al abrir los ojos y ver la sonrisa de Jackie, se relajó para disfrutar del masaje que ella había empezado a aplicarle sobre sus músculos agarrotados y cansados.
– ¡Qué gusto! -dijo agradecido-. Creo que con veinte minutos será suficiente. -Era un chiste muy viejo, pero Jackie se rió de todas formas.
– Tienes la espalda completamente agarrotada -dijo Jackie condescendiente-. Debes de estar agotado.
Decker empezó a asentir con la cabeza, pero pensó que con ello interrumpiría el masaje y en su lugar soltó un pequeño gruñido a modo de afirmación.
– Mi padre valora mucho todo lo que estás haciendo. Me ha dicho que trabajas tan duro que a veces no está muy seguro de quién de los dos intenta salir elegido.
Decker agradecía el cumplido. Le gustaba saber que se reconocía su trabajo. Levantó el rostro con una sonrisa hacia Jackie y volvió a cerrar los ojos para concentrarse en el relajante contacto de sus manos. De repente se detuvo.
– ¿Sabes lo que tendrías que hacer para relajarte de verdad? -preguntó.
– ¿El qué? -contestó Decker.
– Verás. Yo lo que hago cuando estoy muy tensa es meditar. -Jackie reanudó el masaje de hombros-: Aunque te parezca que siempre estoy muy relajada, yo solía ser un manojo de nervios. Cuando empecé a trabajar aquí estaba obsesionada con hacerlo todo a la perfección. No quería que nadie pensara que la única razón por la que había conseguido el puesto era porque mi padre era el embajador. -Jackie encontró un nudo muscular y empezó a frotar en círculos para deshacerlo-: Fue por entonces cuando conocí a Lorraine, de la misión francesa. Me invitó a asistir a una clase de meditación en el Lucius Trust. -Jackie paró de nuevo y echó un vistazo al reloj-: ¡Oh! Vaya -dijo con sorpresa-, hablando del Lucius Trust, son las ocho menos cinco. Tendré que darme prisa si no quiero llegar tarde. Con tanto trabajo llevo tres semanas sin ir, y no me gustaría perderme lo de esta tarde.
– ¿Perderte el qué? -preguntó Decker.
– La clase de meditación -contestó Jackie-. Nos reunimos en el Lucius Trust todos los miércoles. Esta noche la directora del Trust, Alice Bernley, va a enseñar a los nuevos miembros a acceder a la conciencia interior, fuente de la creatividad. Es como una guía interior.
– Ah -dijo Decker sin tratar de disimular que no tenía ni idea de lo que hablaba Jackie.
– Vente.
– Uf… No sé, Jackie. No es que me vaya mucho esto de la Nueva Era. Supongo que estoy chapado a la antigua.
– Oh, venga, vamos -insistió ella tomándole de la mano y dándole un tirón-. De verdad que estoy convencida de que lo disfrutarás. Cuando salgas de allí esta noche, estarás más relajado de lo que lo has estado en semanas. A mí me ayuda a alcanzar un nivel superior de pensamiento. Me libera los procesos creativos mentales.