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Decker suspiró.

– Bueno, la verdad es que no me vendría nada mal un poco de esa medicina, pero tendremos que llegar un poco tarde. Me niego a correr.

* * *

Cuando llegaron, la clase ya había comenzado. Jackie se abrió paso silenciosamente entre las cerca de ciento cincuenta personas allí reunidas y tiró de Decker hasta dos butacas libres. La gente escuchaba atentamente al orador en silencio y con los ojos cerrados, algunos con las piernas cruzadas. Parecían completamente abstraídos de cuanto les rodeaba. A pesar de la débil iluminación, Decker reconoció a casi dos docenas de los allí presentes como delegados de la ONU. La oradora era Alice Bernley, una mujer atractiva bien entrada en los cuarenta con una larga melena pelirroja.

– Sólo tienes que sentarte, cerrar los ojos y escuchar -le susurró Jackie.

Era fácil relajarse en las hondas y cómodas butacas. Decker empezó a escuchar a la oradora al tiempo que intentaba dilucidar qué era lo que se suponía que debía hacer. «En la oscuridad que se despliega ante vosotros -estaba diciendo Bernley-, aparece un diminuto punto de luz. Según camináis hacia la luz, la distancia se hace más pequeña, y la luz crece en intensidad y calidez.» Decker oyó entonces un suave zumbido, apenas audible, casi como el ronroneo de un gato, que procedía de los que le rodeaban. Cerró los ojos y para su sorpresa también pudo ver una luz. Estaba muy lejos, pero la veía con claridad. Se quedó maravillado ante la visión, y en su mente sí que parecía que la luz se acercara cada vez más, o tal vez fuera él quien se acercaba a ella. Estaba convencido de que no se trataba más que de una imagen mental forjada por la mujer, pero le sorprendía haberse sugestionado tan fácilmente. «Será por la falta de sueño», pensó brevemente. La delicada voz de la mujer parecía acariciar sus oídos. «Acercaos a la luz», continuó diciendo la mujer, y Decker lo hizo. «Pronto descubriréis que os ha conducido hasta un hermoso lugar, un jardín.» En su mente, Decker siguió sus palabras y pronto pudo verlo.

Bernley se explayó un rato describiendo cada detalle del jardín. Todo era tan claro, resultaba tan real y estaba tan minuciosamente descrito que cuando Decker rememoraba la experiencia tiempo después y pensaba en el resto de los presentes en la sala, lo que más le sobrecogía -aunque, evidentemente, no acababa de creérselo- era que tantas personas pudieran estar compartiendo la misma visión con tanta claridad y al mismo tiempo encontrarse absolutamente solas cada una en su jardín particular. Al recordar el lugar, le parecía tan real que esperaba encontrar a otros de la sala con él.

«Ahora veréis que desde el otro lado del rutilante estanque de agua se acerca alguien.» Decker miró pero no vio a nadie. «Puede tratarse de una persona -continuó Bernley-, pero muchos veréis un animal, tal vez un pájaro o un conejo, o a lo mejor un caballo o incluso un unicornio. La forma que adopte carece de importancia. No os asustéis, ni siquiera si se trata de un león. No os hará daño. Está ahí para ayudaros, para guiaros cuando tengáis preguntas.»

Decker seguía sin ver a nada ni a nadie. «Cuando se haya aproximado lo suficiente, habladle, preguntadle cualquier cosa que queráis saber y os contestará. Podéis empezar preguntándole cómo se llama. Como algunos de vosotros ya sabéis, mi guía espiritual es un maestro tibetano que se hace llamar Djwlij Kajm. Algunos descubriréis que vuestro guía espiritual es algo tímido. Puede que tengáis que desinhibirle no hablando, sino escuchando. Así que escuchad. Escuchad atentamente.» Decker escuchó. Se acercó al estanque intentando escuchar. Bernley permanecía en silencio para que aquellos con espíritus tímidos pudieran escuchar con atención. Pero él seguía sin ver ni oír nada.

No es que no hubiera nada allí. Si hubieran hablado algo más alto, seguro que les habría podido oír.

«¿Por qué nadie se le acerca?», susurró una de las voces.

«El Maestro así lo prohíbe -contestó otra voz-. Tiene planes especiales para éste.»

* * *

Bernley se mantuvo en silencio otros ocho o diez minutos. Decker permaneció un rato intentando escuchar o ver el guía del que hablaba Bernley, pero cuando ésta volvió a hablar, abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado dormido. «Ahora despedíos de vuestro nuevo amigo, pero dadle las gracias y hacedle saber que volveréis pronto.»

Decker observó al resto del grupo mientras Bernley les guiaba de regreso desde esta expedición por la mente. Unos momentos después abrían sus ojos y miraban a su alrededor. Todos sonreían. Algunos abrazaban a quienes estaban sentados junto a ellos. Unos pocos sollozaban abiertamente. Decker miró a Jackie Hansen, que parecía estar en una nube. En un rincón de la sala alguien empezó a aplaudir y pronto la sala entera era una gran ovación.

– Gracias, gracias -dijo Bernley cordialmente-, pero tendríais que aplaudiros a vosotros mismos por tener el valor de abrir la mente a lo desconocido. A partir de ahora, cuando necesitéis consejo sobre algo que no sepáis cómo manejar, sólo tenéis que cerrar los ojos y abrir la mente. Buscad a vuestro guía siempre que podáis y planteadle las preguntas a las que no halláis respuesta. Lo que estaréis haciendo es permitir que la naturaleza creativa latente en todos y cada uno de nosotros haga lo que más desea hacer, que no es otra cosa que proporcionar soluciones visionarias a los problemas vitales de cada uno.

Algunos de los ayudantes de Bernley sirvieron entonces un refrigerio, mientras los presentes formaban pequeños grupos y charlaban animadamente sobre la experiencia recién vivida. Decker agradeció cortésmente la invitación a Jackie, le dijo que le había parecido una experiencia interesante, y se excusó diciendo que tenía que regresar de inmediato a la oficina. A ella pareció sorprenderle que él se fuera, pero no intentó detenerle.

* * *

Tan pronto hubo salido Decker, Alice Bernley llamó a Jackie, quien rápidamente se abrió paso por la sala hasta ella. Sin pronunciar palabra, Bernley la tomó del brazo y la condujo hasta un tranquilo rincón donde nadie pudiera oírlas.

– ¿Era ese Decker Hawthorne? -preguntó Bernley con un tono algo preocupado.

– Sí -contestó Jackie-. Le he invitado a que presenciara una sesión, ¿he hecho algo mal?

– No. Está bien. Es culpa mía, debía haberte avisado. El tibetano ha dejado muy claro que Decker Hawthorne no debe formar parte del Trust. El Maestro tiene otros planes para el señor Hawthorne.

Dos días después

Jon Hansen fue conducido hasta el despacho de Aviel Hartzog en la misión israelí de Nueva York. El embajador estaba sentado a su mesa hablando por teléfono, pero no miró ni hizo gesto alguno de saludo cuando Hansen entró en la sala. Era un desaire, no cabía duda. Mientras esperaba, Hansen no pudo evitar oír la conversación de Hartzog y comprobar que discutía sobre un tema trivial. Ello agravaba el desaire. Era inexcusable hacer esperar a un embajador para discutir de un asunto sin importancia con algún burócrata. Y lo que era peor es que Hartzog sabía que Hansen no era un delegado más, sino con toda probabilidad el futuro secretario general.

El embajador israelí colgó por fin unos tres minutos después y se unió a Hansen. No le ofreció sus excusas y se dirigió directamente a Hansen por su nombre de pila, a pesar de que no habían sido presentados formalmente, puesto que el embajador israelí acababa de ser asignado a Naciones Unidas. «Menudo impertinente», pensó Hansen.

– Bueno, Jon, entonces, ¿qué viene a ofrecernos?

Hansen se contuvo como buen caballero inglés.

– Sensatez, embajador. Sensatez.

– ¿Viene a decirme que es sensato que Israel se arroje a los leones? -ironizó Hartzog.

– No. He venido…

El embajador Hartzog interrumpió a Hansen antes de que éste siquiera pudiera empezar.