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Decker hablaba completamente en serio, pero por primera vez en el transcurso de aquella conversación Christopher soltó una carcajada.

– ¿De qué te ríes? -preguntó Decker sorprendido ante aquella reacción.

– En el fondo siempre he esperado que fueses tú el que un día respondiera a esa pregunta -contestó Christopher. Decker le miró desconcertado. -Después de todo, lo de la clonación no fue idea mía.

Tampoco lo había sido de Decker, pero en ausencia del profesor Goodman, Decker sintió de repente sobre sí el peso de una responsabilidad que nunca había considerado como propia.

Christopher se encargó de romper aquella pausa breve y difícil.

– Sólo intento acomodarme a una situación de lo más extraña -dijo-. También podría preguntarte si conoces la razón por la que estás aquí. Ninguno hemos elegido estarlo. Estamos aquí, eso es todo. -Christopher volvió a hacer una pausa-. He ahí la gran diferencia entre yo y el original. Al parecer, él sí que tuvo elección a la hora de venir a este planeta. Yo no. Y esa falta de elección es la que, después de todo, me hace más humano. -El tono de Christopher revelaba un cierto anhelo, el anhelo sincero a ser igual que los demás.

– No soy del todo humano, lo sé -continuó-. Nunca estoy enfermo y mis lesiones se curan rápidamente. Pero siento lo mismo que los demás. Puedo herir a otros como los demás. Sangro como los demás. Y también puedo morir. -Christopher hizo una pausa-. O eso creo. -Hizo otra pausa. Decker no quiso interrumpir. -Si fuese a morir, no estoy seguro de lo que ocurriría. ¿Resucitaría como Jesús? No lo sé. ¿Qué fue lo que resucitó a Jesús? ¿Acaso era algo propio de su naturaleza? ¿De mi naturaleza? ¿O acaso se debió a la intervención de Dios? No lo sé.

Decker había sido testigo de la humanidad de Christopher incontables veces. En su dolor por la pérdida de sus tíos adoptivos, en la compasión que mostrara hacia él tras la muerte de Elizabeth, Hope y Louisa, en su ansia por dedicar su vida y su profesión a ayudar a los menos afortunados, y en el interés que había mostrado por el bienestar de su amigo y mentor, el subsecretario Milner. Y ahora estaba esta nueva muestra de humanidad, una que Decker no había visto jamás en Christopher y que no era otra que la de sentirse perdido y solo en una vida y en un mundo no elegidos por él.

– No creo que esté aquí por una razón en particular -concluyó Christopher-, excepto tal vez para dar lo mejor de mí mismo, como todos los demás.

Christopher se acordó entonces de Milner, casi como si el pensamiento de Decker le hubiese lanzado en aquella dirección.

– Estoy muy preocupado por él -dijo.

Decker supo al instante de quién hablaba Christopher. Hubiese preferido seguir hablando sobre los sueños y los recuerdos del muchacho, pero era un tema al que siempre podían volver. Ahora Christopher volvía a exhibir la humanidad sobre la que Decker había estado meditando. No había duda de que estaba más preocupado por la salud de Milner que por su propia situación.

– Cuando fui a verle al hospital me recibió pletórico -continuó Christopher-, pero creo que está mucho peor de lo que simula. Pregunté a los médicos, pero me dijeron que tenían prohibido referirse al caso, salvo para decir que la operación había ido bien.

– Es la política habitual -dijo Decker-, eso no debería preocuparte. Lo mismo les pido yo a los médicos del secretario general Hansen. No hacen comentarios a la prensa ni a nadie sin mi consentimiento.

– Ya lo sé -dijo Christopher algo molesto-. Es que tengo una extraña sensación. Nunca le había visto así. Sé que se hace mayor, pero siempre ha sido muy fuerte. Sencillamente, no esperaba encontrármelo tan pálido y falto de aliento. Ojalá hubieses estado allí conmigo.

– Mira, si con ello te quedas más tranquilo, podemos pasarnos por el hospital de camino a casa. -Decker se dio cuenta de que estaba dando demasiado por sentado y preguntó-: ¿Vas a dormir en el apartamento?

– Sí, si te viene bien, claro está.

– Por supuesto que me viene bien. Tu habitación está tal como la dejaste.

* * *

Decker y Christopher se dirigieron directamente a la habitación de Milner nada más llegar al hospital. Cuando subían en el ascensor, una expresión de extremada turbación nubló el rostro de Christopher.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Decker.

Christopher sacudió la cabeza como intentando despertar de un hechizo que le hubiese aturdido momentáneamente.

– Es esa sensación otra vez; esa de la que te hablaba antes en la que siento como si se estuviese librando una batalla muy cerca de mí. Puede que sea por haberte hablado de ella, pero de repente he vuelto a sentir lo mismo. -La conversación concluyó de golpe cuando el ascensor se detuvo en la planta a la que se dirigían y las puertas se abrieron para revelar una escena del todo insólita. Por el pasillo una riada de gente, en su mayoría ancianos, aunque también algún que otro joven, avanzaba tan deprisa como les permitían sus piernas o sus sillas de ruedas, que en el caso de algunos no era ni mucho menos rápido. No huían. Más bien parecían dirigirse a un lugar en concreto.

– ¿Le has visto? -le preguntaba una enfermera a otra en el control de enfermería mientras un tropel de gente pasaba ante ellas a pie, sobre ruedas o a la carrera.

– Sólo una pizca -contestó la otra-. Hay un montón de gente que se ha agolpado a la puerta para verle.

Decker y Christopher avanzaron por el corredor entre la riada de gente y no pudieron evitar que les contagiase el entusiasmo.

– Me pregunto qué estará pasando -dijo Christopher.

– Es como si alguien estuviese regalando dinero y la gente quisiera llegar antes de que se acabe -sugirió Decker.

Cuando giraron por el siguiente pasillo descubrieron que el alboroto se concentraba en una habitación situada al final del corredor. Delante de la puerta se agolpaban unas cuarenta personas, la mayoría con uniforme de hospital, celadores, enfermeras, todos intentaban asomarse a la puerta.

– Es la habitación del subsecretario Milner -dijo Christopher. Aceleraron el paso e intentaron avanzar entre el gentío, pero no tardaron en ser engullidos por la riada. Nada más incorporarse, una corpulenta enfermera que guiaba a cuatro ancianos hacia la riada los empujó y Decker y Christopher se vieron arrastrados por la marea de gente. Podrían haberse plantado y el resto habría intentado rodearles, pero optaron por refugiarse en una habitación vacía mientras la masa pasaba de largo como una estampida de ganado.

– ¿Qué pasa? -preguntó Decker incrédulo. Pero el único que le oyó fue Christopher, que estaba tan extrañado como él.

– ¿Le habrá pasado algo al subsecretario Milner? -preguntó Christopher.

– ¡Qué va! -contestó Decker despreocupadamente-. ¿No has visto a esa gente? No tenían pinta de ir a un funeral. Es más, por la expresión de sus caras, yo me inclinaría a pensar que Milner ha tenido un bebé.

Christopher sonrió. Al poco pasaron los últimos rezagados, seguidos de cerca por la enfermera corpulenta y sus ayudantes. Desde donde estaban no tenían más que salvar el guarda de la puerta, una tarea sencilla para alguien de la experiencia y con las credenciales de Decker. Al abrirse la puerta de Milner vieron a dos médicos muy próximos a la cama, sobre la que se inclinaban como si estuviesen examinando al paciente. Cuando se acercaron, comprobaron que la cama estaba vacía y que los médicos consultaban la historia clínica.

– ¿Dónde está el subsecretario Milner? -preguntó Christopher ansioso.

Los médicos les ignoraron durante un instante; luego uno de ellos llamó al guarda y le pidió que acompañara a los intrusos fuera de la habitación.