– Déjelo -dijo el segundo médico al reconocer a Christopher del día antes.
– ¿Dónde está el subsecretario Milner? -insistió Christopher.
– Está en el aseo -dijo el segundo médico.
– ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Se encuentra bien? -preguntó Christopher algo más tranquilo.
– Compruébalo tú mismo -dijo una voz a su izquierda. Allí, en el vano de la puerta del aseo, estaba el ex subsecretario Milner ataviado con su pijama de hospital. Por su aspecto nadie hubiese dicho que necesitase estar ingresado. Tenía los ojos cristalinos y brillantes, la tez había recuperado su color sonrojado y se sostenía alto y erguido, con los hombros y el pecho anchos y robustos.
Decker agitó la cabeza para comprobar que veía bien. Christopher se limitaba a mirar.
– ¿Qué aspecto tengo? -preguntó Milner orgulloso.
– Bueno, pues… tiene un aspecto estupendo -contestó Christopher-. ¿Qué ha pasado?
Milner volvió la mirada hacia los médicos, pero pareció que en lugar de una respuesta quisiera regocijarse con la turbación de éstos al no hallar una explicación.
– No estamos seguros -reconoció uno de los médicos-. Parece estar perfectamente sano. No es que sea un jovencito, pero cualquiera diría que tiene veinte años menos que cuando ingresó.
– No están seguros -dijo Milner repitiendo con regocijo el comentario del médico-. Es más, no tienen ni la más remota idea.
– Tiene razón -confesó uno de ellos.
– ¿Por qué no se van a sus despachos a seguir estudiando esas tablas mientras yo charlo tranquilamente con estos amigos? -dijo Milner guiando a sus médicos hacia la puerta.
Los médicos no se resistieron pero aconsejaron a Milner que no hiciera esfuerzos innecesarios.
– Claro que no -contestó Milner nada convincentemente.
En cuanto hubieron salido, Milner comprobó que tenía bien atados los lazos del pijama del hospital, se echó en el suelo y empezó a hacer flexiones.
– Cuéntalas, Christopher -dijo al empezar. Aunque algo reacio, Christopher las contó de todas formas y Milner, que no estaba dispuesto a que la hazaña se quedara sin contabilizar, empezó a contarlas también. Cuando llevaba veintitrés, Christopher le insistió en que cesara, y así lo hizo después de dos flexiones más.
Decker estaba demasiado ocupado riéndose de la insólita escena como para hablar, pero Christopher volvió a preguntar.
– ¿Qué está pasando? ¿Qué ha ocurrido?
– ¿Cómo que qué ha ocurrido? -contestó Milner-. ¿No lo ves? Estoy sano y me siento con ganas de comerme el mundo.
– Pero ¿cómo ha ocurrido? -insistió Christopher.
– ¿No lo ves? -repitió Milner con toda tranquilidad a pesar de la presión de Christopher-. Todo empezó desde que me trasfundieron la sangre que donaste.
Decker se quedó por un momento sin habla no sólo por el efecto que había producido la sangre de Christopher, sino por el tono prosaico de la contestación de Milner. ¿Acaso sabía lo de Christopher? Y si así era, ¿cómo era posible? Se quedó pensativo contemplando la posibilidad de indagar más en la cuestión y arriesgarse a que el secreto de Christopher quedara al descubierto.
– ¿Cómo dice? -preguntó, incapaz de controlar su curiosidad.
– Señor Hawthorne -dijo Milner en tono formal-, sé lo de Christopher desde la primera vez que le vi. Y también conozco algunos detalles de su futuro, pero no puedo revelarlos, ni siquiera a él. No puedo decir que supiera que esto iba a ocurrir -dijo refiriéndose a su milagrosa recuperación-, ¡pero tampoco es que me sorprenda lo más mínimo!
19
Ocho años después. Sur de Francfort, Alemania
El tren de Heidelberg a Francfort atravesaba veloz y silencioso la noche estival alemana. A unos cientos de metros a la izquierda, las estribaciones de los montes Odenwald se elevaban desde la llanura del valle del Rin para formar la pared occidental del que milenios atrás había sido un vasto mar. Cada ocho o diez kilómetros se elevaban en la cresta de las montañas castillos en diferente estado de conservación, unos en ruinas, otros todavía habitados. Al pie de las montañas, los bonitos pueblos y aldeas de la Bergstrasse aparecían salpicados aquí y allá por los casi inevitables campanarios y las cúpulas de bulbo de las iglesias oficiales católicas y luteranas. Más allá, al oeste, pero visibles desde el tren, los campanarios de la aldea de Biblis Lorsch aparecían eclipsados por las siete gigantescas torres de refrigeración de la central nuclear más grande de Alemania.
Inmediatamente detrás de la potente locomotora eléctrica que tiraba del descolorido tren amarillo y azul iban los tres vagones particulares reservados para el secretario general de Naciones Unidas, su comitiva y, cómo no, los representantes de la prensa. Dos horas antes, el secretario general Jon Hansen había pronunciado ante un grupo de destacados líderes de la economía mundial reunidos en el castillo de Heidelberg, un discurso sobre los beneficios de la reciente decisión de Naciones Unidas de romper con las últimas barreras comerciales entre Estados. El oyente accidental no habría calificado el discurso como impactante, pero Hansen predicaba a los ya convencidos, a un público internacional que hacía tiempo luchaba por la eliminación de las barreras comerciales. La paz mundial alcanzada bajo el mandato de Hansen le había venido muy bien al capitalismo y a los capitalistas.
Entre los ricos y poderosos allí presentes estaba el millonario David Bragford, quien a su vez había sido el encargado de presentar ante la asamblea al secretario general. Existía la opinión generalizada de que Bragford había sido, cinco años antes, el responsable de propulsar la eliminación de buena parte de las barreras comerciales establecidas por la Unión Europea. Que intentara erradicarlas totalmente no era más que cuestión de tiempo.
Éste era el cuarto año del tercer mandato consecutivo de Jon Hansen como secretario general, posición que había ganado relevancia desde que jurara el cargo por primera vez. Ahora que el poder de Hansen y del reestructurado Consejo de Seguridad iba en aumento, la velocidad de consolidación de ambos crecía proporcionalmente. Años atrás, políticos y comentadores de actualidad habían discutido sobre la posibilidad de que llegase a existir un gobierno único mundial en el futuro. Pero ese momento había pasado y ahora se discutía sobre cuáles eran las mejores formas de administrar ese gobierno. No obstante, quedaban importantes obstáculos por superar antes de su consecución definitiva. Ninguna de las voces más influyentes había sugerido la completa disolución de las naciones independientes, al menos no públicamente, pero el camino pasaba inevitablemente por ello.
No es que la humanidad hubiese amanecido un día en un mundo en el que los intereses nacionales habían dejado de importar y el poder pasado a residir en una dictadura global con sede en Nueva York. Al contrario, la centralización de la gestión de los asuntos internacionales en Naciones Unidas, bajo el auspicio de Hansen y del Consejo de Seguridad, había permitido avanzar a pasos agigantados al hacer posible que surgiesen entre las naciones un compromiso y una cooperación impensables hacía tan solo unas décadas. La estructura regional del Consejo de Seguridad y el liderazgo de equidad de Jon Hansen habían equilibrado el trato que recibían todas las naciones y habían logrado traer una paz generalizada acompañada de prosperidad en prácticamente el mundo entero. Tal y como Hansen acostumbraba a señalar, ahora que los asuntos internacionales se gestionaban en el ámbito internacional, los Gobiernos de los países podían concentrarse en sus intereses domésticos.
Sobra decir que había excepciones a esta prosperidad generalizada, pues ningún gobierno, por bueno que sea, puede preservar a la nación de los desastres naturales. Una de estas excepciones era el subcontinente indio, y en particular el norte de India y Pakistán, donde la hambruna empeoraba por momentos debido a la sequía combinada con una plaga de roya que amenazaba la cosecha de trigo.